Una historia abre

Granada, España. 2011

Entonces ocurre que la hoja cae y da vueltas. Te sientas, la ves y tomas entre tus dedos el azar del viento, el engranaje de la brisa, la cadencia de un vaivén imposible de calcular.
Entonces ocurre que una historia abre, como un capullo de cerezo en pleno abril. Abre recibiendo la luz. Cruzando la mirada con el que se siente a contemplarlo.
Entonces ocurre que hay dos tallos que se rozan, que se tejen, que dejan ver sus zanjas, y comparten la primavera que rasga el cielo.
Entonces ocurre que dos personas ven el mismo haz de luz y deciden extender sus manos para asirlo y al hacerlo, dos manos, dos manos sellan la espera del otro.

Equinoccio primaveral (1)

Giverny, Francia. 2011

 

Variaciones sobre la rosa
Umberto Saba

 

II

Muchos son los colores con que cambia

tu encanto el arte o la naturaleza.

En mí, como es turquesa el mar, existes

por la idea a que te uno, sólo roja.

 

III

Cauta tus tallos recortaba. Triste

me sonrió, y a mi primer regalo.

Dos manos lo ajustaban al suelo.

Me fui lejos, abandoné aquel seno.

Erré, como es humana la condición.

Me superó la vida, la vencí

en parte; al corazón no tanto.

Aún

me canta el ruiseñor y ha florecido

una rosa entre espinas.

Murs parisiens

 

On dit que les murs ont des oreilles, je dis que les murs ont des yeux, des ironies, des mains et même des visages. Mais surtout, les murs ont de poésie. C’est ça que j’ai trouvé en marchant par les rues parisiens.

Quelques photos pour vous illustrer:

 

 

Traducción: Decimos que las paredes tienen oídos, yo digo que las paredes tienen ojos, ironías, manos e incluso, rostros. Pero sobre todo, las paredes tienen poesía. Es eso lo que encontré al caminar por las calles parisinas y esta, una pequeña muestra fotográfica. 

Diálogos triviales entre poetas


Librería Shakespeare and Co, París. 2011

1.

– Él: No es bueno colgarse el tiempo al cuello.

– Ella: Este tiempo es de cuerda. Es un ejercicio de constancia.

 

2.

– Él: Ni siquiera lo pienses muy alto. Podría traerte karma.

– Él 2: Es verdad, el pensamiento también tiene decibeles.

 

3.

– Él con él mismo: Yo mismo creí que dos versos no eran míos, por eso están en bastardilla.

 

4.

– Ella: Contigo es que tengo que hablar, sabes mucho de blogs, ayúdame a arreglar el mío.

– Ella 2: A ver, ¿qué sucede con tu blog?

– Ella: Intenté entrar en el mundo HTML y me perdí.

– Ella 2: Tranquila, dale a HTML y luego “expandir artilugios”.

– Ella: ¿”Expandir artilugios”? ¡Qué poético!

 

5.

– Ella: Me meteré en un gimnasio para recibir mi cuota de endorfinas.

– Él: Jajaja. ¡No, no! Come chocolate, ¡te lo ruego!

– Ella: No es tan efectivo.

– Él: Mmm, bueno, promete que dejarás el gimnasio cuando consigas a un chico inteligible.

 

6.

– Él (refiriéndose a un sueño que Ella le contó): ¡Mierda! ¡Qué fuerte! Eso no es un sueño, es una noticia.

– Ella: ¿Una noticia? ¿De qué? Ay no no, qué pavoso. Ni de broma.

– Él: De la página de sucesos.

– Ella: Ah, ¡una noticia! Ya entendí. Me había asustado.

 

7.

– Ella: ¿Cómo estás?

– Ella 2: Estoy… Estoy buscando el adjetivo… No lo encuentro.

– Ella: No suena bien.

– Ella 2: Ah, ¡ya sé! Estoy… Descomprimiéndome… ¿Esa palabra existe?

 

8.

– Ella: Te amo.

– Él: Corrijo: Amas la parte cruel en mí. Pero está bien, esa es la mejor.

– Ella: Jajaja, amo todas menos la terca y obstinada.

– Él: Amas todas menos la que se parece más a cierta partecita tuya.

 

9.

– Él: Si alguien me escuchara en estos momentos, probablemente se burlaría de toda mi disertación absurda sobre el Medio Oriente.

– Él 2: Menos mal que en esta mesa no hay narradores.

 

10.

– Ella (interrumpiendo una inútil conversación sobre la utilidad del cine): No sé, yo ahora sólo pienso si la tarjeta de crédito que acabo de dar, va a pasar.

– Él: Jaja, muy bien, siempre es bueno hacerse esa pregunta.

– Ella: Es que pagué todas las cosas de mi gata la semana pasada y no sé si luego pagué la tarjeta.

– Él: Bueno, queda el consuelo que siempre es mejor pagarle las cosas a tu gato que a tu novio.

Lost in translation

Google images

Cuando viví en París me di cuenta que las emociones tienen su propio idioma y que yo siento en mi idioma. También me di cuenta lo difícil que puede ser estar con alguien que no tenga tu misma lengua materna y como hay situaciones en las que uno puede estar completamente lost in translation.

Julien me escribía a las 7 pm luego de pasar todo el día sin saber de él y me decía “Ça va? On se voit à 22h à Saint Michel?” Yo pensaba: “Hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal tu día de trabajo? ¿Nos vemos esta noche?” pero luego de recibir un mensaje (casi un telegrama, una notificación) así de directo, lo único que me quedaba era brincarme la preguntadera latina y decirle “Oui, à bientôt”.

Nunca había sentido que yo era “muy” latina, definiendo “latina” bajo el estereotipo típico. Nunca había sentido que el drama a lo culebra de las 9pm en Venevisión era algo que me caracterizara. Bastó tener un novio francés para darme cuenta que la telenovela la llevamos en la sangre, que la preguntadera a lo mamá preocupada es algo que nos marca y que soy sumamente venezolana.

Podíamos tener conversaciones en las que lleváramos 4 minutos hablando sin entendernos los dos, o podía escuchar hasta 10 veces el mensaje de voz que me había dejado para descifrar palabra por palabra, o incluso, podíamos ver vídeos de humor en los cuales él se riera y yo, aún a sabiendas de lo que decían, no entendiera NADA. Pero a medida que pasaba el tiempo y todo esto iba sucediendo, se fue creando otro idioma, uno inaprensible, que hacía que no importara perdernos en las palabras. Casi un entenderse sin importar la barrera lingüística. Era, ciertamente, una tarea de mucha paciencia. Poco a poco fui entendiendo lo que decía casi de manera intuitiva. Asocié el idioma francés a él, a su hablar y a su tono de voz, a un punto que muchas veces lo mismo que él me decía, si lo escuchaba de otra persona, no lo entendía.

Él también hablaba español, así que intentábamos ir de un idioma a otro y así, intercambiábamos el “ser paciente”. Pero siempre había una parte de mí, algo, algo interior, que sentía que él nunca alcanzaría porque estaba en español. Porque no estaba en su idioma. Ese algo, ese espacio inalcanzable estaba ligado a mi poesía, a mi palabra. Lo confieso: aprendí a ser más breve, más directa, a no preguntar tantas cosas, a condensar. Quizás a callar, también. Pero lo más importante: descubrí que mi pasión, mi metáfora y mi letra llevan una ñ y que se me hace vital compartirla; no sólo desde la comprensión del lenguaje, sino desde el sentimiento que representa esa ñ que los hispanohablantes llevamos a cuesta.

Lima en anotaciones breves e inconexas

Mercado, Lima, Perú. 2011

Hoy lunes 19 de diciembre hay sol en el cielo de Lima. Nubes y azul, lo cual escasea en esta ciudad de montaña y mar. Lima te permite sentir lo autóctono y lo extranjero. Deja condensar ese orgullo peruano en las papilas gustativas y te presta la naturaleza paisajes asombrosos.

Manejo.- Los limeños manejan como si es de vida o muerte que lleguen a destino. Si eres peatón y ven tus intenciones de cruzar, aceleran. Esto me lo advirtió Dasza pero yo tuve que comprobarlo por mí misma, no una sino dos veces. Ni se diga de los choferes de los combis (para nosotros: carritos). No has terminado de subir todas las escaleras (que son 2) cuando ya estás luchando con el equilibrio (y contra la gravedad) evitando perder los dientes en una caída o darle un codazo al que sí consiguió sobrevivir y hallar puesto.

Kioskos.- En los kioskos se guindan los periódicos del día con pinzas de manera que queden uno al lado del otro, en forma de cortina – logrando un efecto bastante claustrofóbico para el kioskero que está adentro y facilitándole la costumbre a los limeños de leer los titulares. Al parecer, los titulares aquí son más importantes que las noticias.

Mercados.- Cuando vas a un mercado de artesanías, lo que más escuchas es “pregunte, pregunte, por favor”. En vez de una sugerencia, o una cortesía, a veces sentía que era un pedido, una solicitud desesperada, un ruego. Terminaba comprando cosas que ni sabía qué haría con ellas luego.

Muertes.- Estando aquí han muerto: Eva Ekvall, Cesaria Evora, el primer presidente demócrata checo y Jim King II, rey de Corea del Norte.

Temblores.- Anoche estábamos en la cocina Daria, JP y yo, esperando que llegara Alex de Boston y preparando la cena – un plato polaco riquísimo. Música, vino, bailes, aceite caliente y de pronto JP pregunta “¿sintieron eso?” Cuatro segundos después, el piso, mis pies, temblaron. En esos microsegundos sólo pude pensar “estamos en un piso 12, maldita sea”. Luego imaginé cualquier tipo de escena catastrófica propia de las películas hollywoodenses y amarillistas en las que se acaba el mundo: edificios derrumbándose, gente corriendo, incomunicación. Todo esto en 10 segundos. Ya el temblor había pasado pero la imaginación se había lanzado una indetenible secuencia que sólo pudo ser interrumpida por la comida. El olor a comida me trajo a tierra así como a mi imaginación.

Explosión.- En mi penúltima noche en Lima estábamos Daria, JP, Alex y yo en la sala. Veíamos un video en youtube. De pronto, una explosión retumbó. La sensación fue tan fuerte que hasta creía que los vidrios seguían temblando. A los 5 min, a unas 5 cuadras, unas llamas inmensas. Terrorismo, gritó Daria. A mí la idea de terrorismo ni siquiera me cruzó por la mente. Televisión: noticiero como si nada. Las llamas continuaban. Bomberos, sirenas. Idea: busquemos “explosión miraflores lima” en twitter. Voilà! Había explotado dos bombonas de gas en una casa y afectó a 30 casas de la cuadra.

Comida.- No me bastan mis papilas gustativas para descifrar la condensación de sabores que puede tener un mismo plato. Pescados capitales.  Cena de última noche. A Lima hay que comerla.

Pedrito

Saint Cugat, Barcelona, España. 2011

Cuando lo conocí me llamó mucho la atención que estuviera vestido de negro y tuviera una corbata blanca. Nunca había visto algo así y mucho menos en pleno verano. Para ser exactos: el día del solsticio de verano. Sus ojos eran muy expresivos pero su hablar, tímido. Me dijo que se llamaba Pedro y que todos lo conocían por Pedrito. No entendí el diminutivo porque se trataba de un ser muy grande. Nadie sabía de dónde venía. Sólo se sabía que había sido salvado antes de ser entregado a unos extraños cuando era aún muy pequeño.

Al conocernos intercambiamos un par de roces o caricias, todo intermediado por una distancia casi ilógica. Su mirada me hablaba, ¿qué decía? no lo sé pero yo sentía que era conmigo. Mi estadía fue muy breve así que sólo compartimos unos tres días. Me presentó a su amigo Tomás, a quien llamaban Tomasito (creo que en Saint Cugat hay una fascinación por los diminutivos). Su amigo, era algo pequeño y bastante escurridizo. En su tono siempre había un maullido de tristeza. Les tomé varias fotos porque los creí grandes tipos.

Pasaron tres semanas y volví a visitarlos. Estaba de regreso a su pueblo y ese encuentro era de las primeras cosas que tenía en agenda. Al llegar a la casa, me abrió la puerta su más fiel amigo: Rodolfo. Pedrito, al verme, movió su cola y dejó que la emoción pegara un brinco. “Que alegre se ha puesto al verte, Camila, te ha agarrado cariño”.

Si algún día tengo un perro, quiero que sea como Pedrito: mi amor canino de verano barcelonés.