Lost in translation

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Cuando viví en París me di cuenta que las emociones tienen su propio idioma y que yo siento en mi idioma. También me di cuenta lo difícil que puede ser estar con alguien que no tenga tu misma lengua materna y como hay situaciones en las que uno puede estar completamente lost in translation.

Julien me escribía a las 7 pm luego de pasar todo el día sin saber de él y me decía “Ça va? On se voit à 22h à Saint Michel?” Yo pensaba: “Hola, ¿cómo estás? ¿Qué tal tu día de trabajo? ¿Nos vemos esta noche?” pero luego de recibir un mensaje (casi un telegrama, una notificación) así de directo, lo único que me quedaba era brincarme la preguntadera latina y decirle “Oui, à bientôt”.

Nunca había sentido que yo era “muy” latina, definiendo “latina” bajo el estereotipo típico. Nunca había sentido que el drama a lo culebra de las 9pm en Venevisión era algo que me caracterizara. Bastó tener un novio francés para darme cuenta que la telenovela la llevamos en la sangre, que la preguntadera a lo mamá preocupada es algo que nos marca y que soy sumamente venezolana.

Podíamos tener conversaciones en las que lleváramos 4 minutos hablando sin entendernos los dos, o podía escuchar hasta 10 veces el mensaje de voz que me había dejado para descifrar palabra por palabra, o incluso, podíamos ver vídeos de humor en los cuales él se riera y yo, aún a sabiendas de lo que decían, no entendiera NADA. Pero a medida que pasaba el tiempo y todo esto iba sucediendo, se fue creando otro idioma, uno inaprensible, que hacía que no importara perdernos en las palabras. Casi un entenderse sin importar la barrera lingüística. Era, ciertamente, una tarea de mucha paciencia. Poco a poco fui entendiendo lo que decía casi de manera intuitiva. Asocié el idioma francés a él, a su hablar y a su tono de voz, a un punto que muchas veces lo mismo que él me decía, si lo escuchaba de otra persona, no lo entendía.

Él también hablaba español, así que intentábamos ir de un idioma a otro y así, intercambiábamos el “ser paciente”. Pero siempre había una parte de mí, algo, algo interior, que sentía que él nunca alcanzaría porque estaba en español. Porque no estaba en su idioma. Ese algo, ese espacio inalcanzable estaba ligado a mi poesía, a mi palabra. Lo confieso: aprendí a ser más breve, más directa, a no preguntar tantas cosas, a condensar. Quizás a callar, también. Pero lo más importante: descubrí que mi pasión, mi metáfora y mi letra llevan una ñ y que se me hace vital compartirla; no sólo desde la comprensión del lenguaje, sino desde el sentimiento que representa esa ñ que los hispanohablantes llevamos a cuesta.

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