Pedrito

Saint Cugat, Barcelona, España. 2011

Cuando lo conocí me llamó mucho la atención que estuviera vestido de negro y tuviera una corbata blanca. Nunca había visto algo así y mucho menos en pleno verano. Para ser exactos: el día del solsticio de verano. Sus ojos eran muy expresivos pero su hablar, tímido. Me dijo que se llamaba Pedro y que todos lo conocían por Pedrito. No entendí el diminutivo porque se trataba de un ser muy grande. Nadie sabía de dónde venía. Sólo se sabía que había sido salvado antes de ser entregado a unos extraños cuando era aún muy pequeño.

Al conocernos intercambiamos un par de roces o caricias, todo intermediado por una distancia casi ilógica. Su mirada me hablaba, ¿qué decía? no lo sé pero yo sentía que era conmigo. Mi estadía fue muy breve así que sólo compartimos unos tres días. Me presentó a su amigo Tomás, a quien llamaban Tomasito (creo que en Saint Cugat hay una fascinación por los diminutivos). Su amigo, era algo pequeño y bastante escurridizo. En su tono siempre había un maullido de tristeza. Les tomé varias fotos porque los creí grandes tipos.

Pasaron tres semanas y volví a visitarlos. Estaba de regreso a su pueblo y ese encuentro era de las primeras cosas que tenía en agenda. Al llegar a la casa, me abrió la puerta su más fiel amigo: Rodolfo. Pedrito, al verme, movió su cola y dejó que la emoción pegara un brinco. “Que alegre se ha puesto al verte, Camila, te ha agarrado cariño”.

Si algún día tengo un perro, quiero que sea como Pedrito: mi amor canino de verano barcelonés.

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