Mots cachés

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Richard Kalvar, Paris, 1971.

 

I

La lune se cache entre les arbres nus, les branches la touchent en essayant de la traverser. Un touriste (ou peut-être pas) prend des photos avec un Rolleiflex. Il soutient son appareil photo avec la délicatesse de qui sait que dans ses mains est gardé le temps, de qui sait que dans cette machine, la vie s’arrête et continue seulement au moment où quelqu’un regarde les photos.

Le photographe est debout, il regarde tout, il attend. La photo se transforme en désir. Le moment est une invention et ses yeux en cherchent. Le touriste (ou peut-être pas) me regarde aussi, il n’a pas aperçu mes plumes noires. Il n’a pas vu que je suis prête pour le vol et que toute la ville est ma destination.

Je survole son instant. Je le laisse attendre la spontanéité créée. L’artifice. Le regard précis qui se pose sur les autres mais jamais sur moi. Personne ne veut se rencontrer dans le regard perdu de qui est toujours prête à s’évader.

 

 

 

Hace 5 años

DSCN1946Versailles, Paris, 2015.

Hace 5 años todo era descubrimiento. Primera vez en Europa, primera vez en París, primera vez viviendo sola. Hace 5 años veía con ahínco la manera de sentarse de la chica que lloraba en el metro, o la fisura del habla del que pedía dinero. Hace 5 años, las calles de París eran el escenario para descubrirme, para descubrir, para que el mundo, el otro lado del “charco” se me presentara ante mis ojos. Tenia 21 años, entraba en una universidad con un sistema que era completamente desconocido y daba las gracias en otro idioma que no era el mío. Aprendí de vinos, aprendí de quesos, aprendí que a veces una sonrisa puede ser lo más extraño y que pedir comida por teléfono puede resulta en una pesadilla si el mensajero confunde 5 con 100. También aprendí que no todo silencio es negativo, o que no todo callar es sinónimo de tormenta. A veces simplemente no se sabe qué decir. A veces se ama desde la extraña calma de un corazón que no habla. Hace 5 años fue difícil volver a Caracas, vivir de nuevo con los padres. Pensar que se tenía la independencia que era solo propia de un respiro, de una pausa de la “vida real”. Todo lo vivido parecía un cuento, otra historia. Cinco años después estoy en la misma ciudad. Volví. Al mismo sistema que no entendía, a la misma casa en Levallois que mi hermana Dasza me ofrecía. Volvía a donde tenía que decir merci y no gracias. A sonreír cuando se decía algo que no se entendía y a aceptar que no había nada malo en la equivocación de la R. Que no es mi lengua, pues.

Volver 5 años después, amando ese silencio del sentimiento. Esa levedad del cariño. Aceptando la temporalidad y el pertenecer a un lugar que no se posee. Amando en la distancia, pero amando. Soñando con el encuentro, imaginando la mano rozar el traje, desabotonar la blusa. Acortar la distancia. Cinco años después estoy en esta ciudad que no es mía y tampoco de él (sí, un “él” entra en la historia) pero que es de ambos. Nos despedimos en Saint Lazare, lo recuerdo. Yo crucé a la izquierda y él a la derecha, escaleras abajo. Lloré hasta mi vagón, me senté, había una chica al lado que me dijo “ça va aller” y me dio un pañuelo. La vida, siempre, va. Va y tenemos que ir. En ese momento pensé en la distancia, en la incapacidad del cuerpo de tocar la herida pero ahora, dos meses después entiendo que sí, que la vida siempre va, siempre sigue y que hay amores que cruzan océanos, que hay amores que no se acaban en los labios de nadie y que tienen el tiempo de esta nerviosa paloma que hoy en la tarde se posa en mi balcón para recordarme que el día tiene su hora y que mi vuelo va hacia él.

La noche que hoy llevo dentro

Paris, 15 novembre 2015.

París, 15 noviembre 2015.

Hoy el sol sobre París molesta. Yo, que sueño con días en los que el cielo esté azul, y las nubes resalten como algodones. En los que el sol caiga directo y no haya el cielo, gris, blanco, que me hace perder las coordenadas de mi cuerpo pero que es tan común en esta ciudad. Yo, que sueño con decir “día tropical” y sonreír, hoy siento que el sol me sobra. Que el sol, la luz, el cielo azul, entra en conflicto con el sentimiento frío que se apodera de mí. El shock pasa y entra un dolor, una tristeza, que busca una blancura sobre la cual entregarse, sobre el cual verse, como en un espejo, y compartir el duelo. Como si compartiendo el duelo con su cielo, todo tuviera más sentido. Como en una película que llueve cuando el personaje principal está triste, o llueve y luego viene una depresión o momento cumbre. Pero hoy París nos responde con sol, con sol y ganas de salir a sentirlo, con ganas de ver las calles aunque sé que estarán vacías. Reacciono lentamente. A mi cuerpo le ha tomado dos días entender que hace menos de 5 días caminaba yo por calles cercanas con mi novio y mis padres y pasábamos cerca del restaurant en el que, como un testigo dijo, “yacían sentados cuerpos sin vida aún con el vaso de cerveza en la mano, y la cabeza en la mesa”. Me tomó dos días darme cuenta que el viernes anterior, Dasza, Katia y yo habíamos ido a un bar de vinos y quesos a unas cuadras de allí y que la que nos atendió, amiga de mis amigas, vivió el horror de cerca y tuvo que quedarse encerrada en el lugar toda la noche custodiada por la policía. Me tomó dos días procesar que ese terror, es el terror de muchos en otras partes del mundo y que pareciera que hay muertes que importan a unos más que otras. Me tomó dos días decir “pudimos ser nosotras”. Quizás porque viniendo de Caracas, viendo la cantidad de muertos por violencia común, esa frase, esa frase se piensa casi a diario. “Pudimos ser nosotras”. Y no lo fuimos y pienso entonces, en los que sí lo fueron, en sus familias, y en las familias de aquellos que viven bajo una guerra constante. Pienso en los niños y en las víctimas. Pienso que esta vez fue en una zona poco turística, donde en la noche los locales, restaurantes, bares, se llenan de gente variada, bohemia, sobre todo joven. Pienso que no sé si pueda comprender que matar sea para algunos la misión de vida.

Hoy despierto, más triste, por París y por Beirut y por la humanidad entera.  ¿Soy naïf por decir que me duele el mundo?¿O cliché? A veces los sentimientos son así, inocentes. Me permito la inocencia, me permito soñar con un mundo menos violento. Desde Levallois, mirando el Sena, las calles de París se me hacen ajenas. Aquí siempre hay silencio, aquí siempre hay sábados tranquilos y domingos casi sin movimiento pero hoy sé que estoy en una ciudad en duelo, que en este momento son muchos los que lloran.

Salir. Porque las ganas de decir adiós al que se ama y parte son mayores que el pesar. Pasear tomados de las manos y ver que ese sol, ese sol que me molestaba en la mañana y que me hizo ver que sí hay tristeza en mí, que sí hay temor, cae hermosamente sobre la Nôtre Dame, sobre el Pont Neuf, y que la belleza no ha sido alterada. Algunos jugando la pétanque, otros reunidos alrededor de la catedral buscando consuelo, otros turistas perdidos en su mapa. El duelo lo veo en el silencioso río que sigue sereno su cause, y en el atardecer que cae leve sobre los edificios. Me despido con un beso, un beso largo, salado y vuelvo a casa.

Nadie ve mi ventana, vivo en un edificio alto, pero esta noche habrá una vela que ilumine la noche que llevo dentro.

Parc de Sceaux

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Ayer corría sobre hojas secas pero parecía que nadie había hecho ese camino, no había trazo, ni ruta. Pisaba fuerte la hoja, y el sonido de hojarasca me anunciaba que era la primera que caminaba por allí. Me concentré en el ritmo del chasquido, como si así pudiera olvidar que mi pie izquierdo sangraba y que con cada paso dado, había una herida que dejaba soltar la sangre del zapato que días atrás lucía bien pero hacía daño. Al pasar por la orilla del río, más de 10 cisnes dirigían su nado en dirección contraría a mí. Algunos rezagados estiraban sus patas traceras, en símbolo de descanso, flotando ligeramente mientras los patos se acercaban sin interactuar. Los cisnes y patos compartían el agua pero no así el tiempo. Un ratón jugaba a meterse entre las rocas húmedas sin percatarse de la presencia de los otros. De lejos, un perro eufórico ladraba y buscaba llegar a ellos. Continué mi trote, chaz chaz chaz chaz, única música posible. El quiebre del color, la llegada del bronce había anunciado semanas antes el cambio de estación. Ahora era solo preámbulo de los tiempos blancos por venir.
La nube colapsó el instante ante nosotros.
Trajo la lluvia el silencio de la hoja, el silencio del color que se lava la cara con cada gota. El paso antes sonoro se convirtió en barro, y los pies dejaron de ser dos para ser cuatro. El paraguas cubría a media los cuerpos. Se juntaron más. La lluvia invita a la intimidad incluso en un parque. Los mismos patos se paseaban, sin consciencia de sí mismos, pero permitiéndome ver que los días eran dos, que no estaba en la orilla del Sena y que los cisnes esta vez no tenían cuellos sobre los cuales guindar mis deseos.
Mis pensamientos adquirieron forma espiral, al igual que los jardines del castillo. Se hizo mi boca orangerie sin naranjas y solo la fuente, sobre la que otrora el niño perdido jugaba con la angustia de la madre, se me presentó como solución: seguir, fluir como su agua, siempre presente.
De su beso vino la más fuerte convicción de instante.

Sobre el Leviathán de Anish Kapoor [Monumenta 2011]

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Un aire rojo que cubre los pies de los visitantes y una sensación de calor que se destila del color. Un monumento ante nuestros ojos que me lleva a los instantes en que acostada en la arena de alguna playa, cerraba los ojos y quedaba ahí latiendo una incadescencia. En el folleto que me dieron, Anish Kapoor dice que él espera que entrar en su espacio dentro del espacio sea una experiencia contemplativa y poética. Para mí, lo fue. Hay una poesía encerrada entre las líneas difusas y dependientes del sol. Hay una poesía entre los cóncavos que se crean y las sombras que se proyectan reflejando las vigas del Grand Palais. Contemplo el gran potencial del negro que tiene el rojo, como él dijo. Pero de pronto es un rosado leve el que ilumina estas páginas. Una luz que me hace trascender estando aún sentada. Pienso entonces en las fotografías del cosmos o de alguna estrella.

Vigas Grand Palais, Leviathán de Anish Kapoor. París, 2011.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

El título de la obra, “Leviathán” me lleva al monstruo bíblico, también al Estado de Hobbes. A la fuerza de la obra que, a la manera imponente como se te presenta luego de que aceptas entrar en su interior. Es darle a la obra el poder de hacer de ti parte de ella misma. La gente aplaude y se crean ecos de ecos. Sientes como van a las concavidades y regresan multiplicados. Cuando no hay sol, son las líneas negras propias de las lona de la obra que nuestros ojos miran. La obra va al ritmo de la nube que tapa al sol. La obra va al ritmo de la nube que tape el sol o que lo deje desnudo. La sombra se proyecta en líneas que se cruzan [maya incandescente]. Mi piel se tiñe de la monocromia de Anish Kapoor. Somos todos parte de la obra y al mismo tiempo no somos más que espectadores. Regreso a la era que no recuerdo, a la imagen del universo que algún satélite captó. Siento en mi piel el aire ancestral que me lleva a la línea que se dibuja en la curva del Leviathán.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Le Grand Palais está dentro de la obra en forma de sombra. Al salir por una puerta giratoria llena de misterio, un hombre informa que la visita no ha terminado y  hace una seña para que uno continúe a mano derecha. Obediente sigo el camino y al girar está frente a mí el cuerpo del que ya he visto las entrañas. La obra dentro del Grand Palais. Las curvas siguen pero sin concavidades. Es una experiencia que se vive a la inversa. De lo interno a lo externo. Del misterio a lo develado. De la metáfora al objeto. De la idea a la materia. Del negro en lo rojo a la luz blanca de las 4pm en el azul del cielo parisino.

Grand Palais, Paris, 2011.

Y de pronto, pasa

Paris, Francia. 2011

La manera más rápida de conseguirlo es leyendo. Leyendo todas las historias que involucren la larga lista de coincidencias que los llevan a conocerse. Leyendo también los periplos que llevan a no conocerse. Es la manera más fácil, también. Tienes vidas en tus manos, en las palabras que otros han escrito, en los destinos que los demás han querido para esas personas (o esos personajes). Podrías intentar repetirlo en tu vida, pero eso creo que traería finales y a las personas no nos gustan los finales (menos cuando están tan bien orquestados como en una novela). Entonces ahí empieza la fase de búsqueda, buscas por todos lados. Cualquiera podría ser una posible experiencia. Pero de pronto te das cuenta que no quieres buscar, que te cansa, que no tiene sentido – o que no tiene el sentido que quieres. Te sientas. Te sientas en el banco, cruzas las piernas, sacas un cuaderno y escribes. Piensas qué podrías rayar en el asiento de ese parque. No se te ocurre nada. Nada. Ves la nube, forma que nunca tiene una sola forma. Te levantas. Caminas con la mariquita que acaba de caer de un árbol subiendo por tu pierna. Te despides de ella. Y sigues el paso. Sin tormento porque sabes que no eres el único que se siente así. Y de pronto, pasa. Pasa que suena un timbre, y que lo escuchas. Pasa que abres la mirada. Y ahí está. Y sonríes.

Murs parisiens

 

On dit que les murs ont des oreilles, je dis que les murs ont des yeux, des ironies, des mains et même des visages. Mais surtout, les murs ont de poésie. C’est ça que j’ai trouvé en marchant par les rues parisiens.

Quelques photos pour vous illustrer:

 

 

Traducción: Decimos que las paredes tienen oídos, yo digo que las paredes tienen ojos, ironías, manos e incluso, rostros. Pero sobre todo, las paredes tienen poesía. Es eso lo que encontré al caminar por las calles parisinas y esta, una pequeña muestra fotográfica.