Una más

Con la esperanza de que cada historia que se suma hoy, sea una que se le resta al futuro.

Vivir lejos de donde se creció hace que los recuerdos los mantengamos en pequeñas vitrinas de cristal, al resguardo del tiempo y del olvido que se va posando en capas, como el polvo. Hay ciertas vivencias, o experiencias traumáticas que colocamos en lugares oscuros de nuestra psique, en compartimientos con llaves que ya no tenemos. O no creemos tener. Y seguimos. Creo que toda mujer que conozco ha hecho esto alguna vez en su vida. Y de pronto algo, una situación, un evento, desvela el recuerdo reprimido y nos da la llave. A veces tenemos la voluntad de abrir el cofre, otras veces no. Todas son válidas.

Las últimas dos semanas he estado en vela leyendo y escuchando los testimonios de mujeres venezolanas víctimas de violencia de género (en sus diferentes presentaciones). Algunas conocidas, otras no. Cada voz que se alza, que se atreve a contar su experiencia, a exponer a su depredador, es un hilo de luz en la oscura sociedad en la que las mujeres sobrevivimos. Es un hilo de luz para entender el nivel de toxicidad en el que estamos sumergidos, y una súplica para que cambiemos patrones, para que nos cuestionemos qué hacer en la deconstrucción de estas dinámicas. Para muchos, es un doloroso mirarse en el espejo del silencio cómplice, para otros una gota más en el vaso del hartazgo. Y para las víctimas, es nuestro momento de ser escuchadas, es nuestro momento de gritar “basta, esto no puede seguir ocurriendo”. Decidir hablar, contar nuestras historias, asumirse “víctima”, sanar, son procesos personales, dolorosos, de largo aliento que cada quien vive de manera individual. Pero dentro de la individualidad de cada caso hay también el reconocerse en la historia de esa mujer que no conocemos, hay también esa sororidad, ese estar juntas, y permanecer juntas.

Las razones que me llevan a contar mi historia son muchas pero la primera es mi necesidad de sumarme a la voz de tantas para visibilizar patrones de conducta que hemos normalizado por tanto tiempo. Patrones que matan y que van contra cualquier idea de sociedad igualitaria. Digo “hemos” porque soy parte de esa sociedad patriarcal que quiero cambiar. Siento que mi miedo a hablar es menor al poder que tiene ser escuchada. A las que deciden quedarse calladas, las entiendo y las abrazo. Porque por cada mujer que ha decidido contar su historia conozco al menos dos que no lo han hecho.

La violencia de género tiene varios grados: desde el micromachismo de todos los días hasta la más terrible: el feminicidio (como dice Luxana en su testimonio). El cambio comienza desde cada uno de estos niveles.

Mi historia data de hace mucho tiempo pero fue hace apenas dos años que confronté a mi abusador. En su reacción, así como en el hecho de pedir perdón por e-mail vemos la esencia de esa toxicidad de la que hablamos las mujeres, de culpabilizar a la víctima, de reducirnos a nada.

Ocurrió hace 13 años. En esa época solía reunirme con mis amigos a jugar RISK. Siempre en casa de mi mejor amigo (quien aún lo es). Él solía buscarme y regresarme. Confieso que al ser la más pequeña del grupo siempre me sentí muy protegida, y cuidada. Nunca me sentí en riesgo o expuesta. A estas reuniones iban amigos de Letras de la UCAB y la UCV y a veces amigos de amigos. Dentro de este grupo extendido estaba X, a quien yo encontraba atractivo. Un día X me escribe que va a jugar RISK en su casa con unos amigos suyos, que si quería ir. Le dije que sí. Me fue a buscar. Al llegar a la casa no había nadie. Sus amigos se habían accidentado y no vendrían. Era la primera vez que no estaba con mi grupo, y que estaba sola con él. Me propuso un trago de jugo de naranja con algún alcohol. Me dijo que si quería ver el consultorio de su abuelo, quien era psiquiatra. En el diván, nos besamos. Me mordió bastante fuerte. Me quería desabotonar el pantalón y le dije que no quería. Que no quería nada más. Me preguntó que por qué, que por qué no quería hacerlo si era algo natural. Recuerdo claramente su “es antinatural no querer hacerlo”, mientras me besaba con fuerza. Quería irme pero no tenía cómo. Él seguía cuestionándome porqué me rechazaba al placer, a entregarme, sin escucharme que yo no quería y procedía con desvestirse. Me forzó a hacerle sexo oral. Acabó en mi boca. Después de eso, me llevó a mi casa. Vomité y lloré. Desperté al día siguiente con la boca bastante inflamada y sin saber muy bien qué explicación dar. No di ninguna.

Después de ese día, él desapareció del grupo. Me lo crucé en eventos literarios, y nos evitábamos. En el momento le conté a mis amigos más cercanos sin estar consciente de lo que había pasado. Sabía que algo estaba mal porque años anteriores había vivido – esta vez siendo a la que le cuentan – una situación similar con una amiga en NYC y había incluido una denuncia. Fue la primera vez que entendí las complejidades e injusticias de demostrar que hubo abuso y la noción legal de consentimiento. Sabía que algo estaba mal pero en el momento no le puse nombre. No podía, no sabía. Con los años, aprendiendo más y más de estos temas, mudándome a Francia, cuna del movimiento feminista, entendí muchas cosas. Entendí lo que me había ocurrido pero nunca tuve necesidad ni interés de enfrentarlo. Porque temía su reacción y porque después de todo, era parte del pasado. Porque prefería ahorrarle ese dolor a mis padres, y a su mamá.

Hasta que una noche de octubre de 2019, X me envió una solicitud de amistad en Facebook. Sentí coraje, sentí ira. Sentí rabia que se atreviera a hacer algo tan banal, como si lo que pasó hace tantos años no era razón suficiente para más nunca dirigirme la palabra. Me sorprendí de la reacción que tuve, manos frías, corazón acelerado, al ver la invitación. La llave se me estaba dando y decidí abrir el compartimiento. Decidí hablarle. Le manifesté mi sorpresa y le dije que me tomó años aceptarlo pero que había abusado de mí. Su reacción y su respuesta fue el segundo acto de violencia de su parte (las partes tachadas son en respeto a algo que me cuenta sobre él que no me toca a mí contar).


Dado el nivel de agresividad con el que me hablaba (además, con horas de diferencia entre un mensaje y el otro), decidí bloquearlo. Me daba terror que mi teléfono fuera receptáculo de mensajes de odio al antojo de su ira. Lo bloquée y dudé de mí. Me dije por un milésimo de segundo “estoy loca, todo me lo inventé”. Dudé de mí y esta es la parte que da más miedo. Que por más que sepamos que lo que decimos sí fue como ocurrió, aún así, el abusador tiene el poder de hacernos creer que no. Le escribí a esos amigos a los que les había contado. Son amigos con los que me he distanciado pero que quiero igual, y que me respondieron. Les pregunté “¿me puedes decir qué recuerdas de lo que pasó con X?”. Me contaron lo que recordaban y coincidía con lo que le había dicho a X. No estaba loca. No estoy loca. A los días, me llegó un correo pidiéndome perdón, por su reacción y por el daño que me pudo haber ocasionado aunque no lo recordara. No le respondí y me sentí mal al no hacerlo. Porque a eso estamos acostumbradas (quizás por la educación católica): a que cuando alguien pide perdón, hay que aceptarlo. Hay que ser “compasivo”. Pero no. No tenemos que perdonarlos.

Comparto su respuesta porque necesito que quede claro que:

  • la víctima nunca tiene la culpa.
  • no es no
  • aceptar ir a la casa de alguien no es sinónimo de aceptar tener relaciones sexuales (estoy contigo Luxana)
  • aceptar un trago no es sinónimo de aceptar tener relaciones sexuales
  • una mujer puede decir no en cualquier momento sin que esto sea un problema o sin tener que ser atacada
  • nada justifica una violencia sexual
  • una violación ocurre también sin penetración y bajo coerción psicológica
  • si obligas a alguien a hacerte sexo oral valiéndote de tu fuerza, de las circunstancias, y de la vulnerabilidad de la mujer, hombre que me lees: eres un violador.
  • no estamos locas, ni somos mucho menos histéricas
  • las víctimas no son responsables de educar a nadie y si deciden hacerlo es porque así lo quieren

“Fabricamos la feminidad como fabricamos también la masculinidad y la virilidad” decía Simone de Beauvoir en los años 70. Llegó el momento de fabricar nuevos patrones de lo que quiere decir ser hombre y deconstruir los patrones nocivos de virilidad tóxica. Este trabajo de desmontaje de lo que somos como sociedad es arduo y requiere de humildad y de saber poner a un lado las inseguridades que justamente son producto de estas dinámicas. Empecemos por escuchar a las víctimas, por hacernos preguntas de cómo hemos podido contribuir a perennizar estos comportamientos pero no nos quedemos ahí, hagamos más: alcemos nuestra voz, eduquémonos, leamos, busquemos ayuda para contribuir a la construcción de una sociedad donde ser mujer no quiera decir vivir con miedo y masculinidad no sea sinónimo de fuerza, abuso y opresión.

Camila Ríos Armas (she/her).

Cuento mi historia que se suma a tantas otras historias de mujeres víctimas de abuso sexual en Venezuela. Para más información sobre el movimiento #yotecreovzla, los invito a consultar https://twitter.com/yotecreovzla

Polyscias Balfouriana y el amor por las sombras

Apuntes de un diario inexistente

Aquel día en el que nos peleamos, Ariadna, quien se quedaba en nuestro apartamento mientras yo pasaba una temporada en Turquía con Alexis, me escribía diciendo que el espejo de la sala se había caído pero no roto.

El objeto, una versión miniatura de aquellos espejos enormes de marco dorado que decoran las salas y se posan sobre las chimeneas, lo habíamos comprado en una brocante en Place d’Italie, cuando apenas estábamos armando la casa. A Alexis siempre le pareció muy bajo, y tenía razón. Lo colgué tomándome como referencia y mis 1m60cm de altura no dan para mucho.

Cuando Ari me dijo que se había caído pero no roto, sentí el peso de la simbología sobre mis párpados. Estábamos teniendo días un poco complicados pero no eran más que eso: una caída, no una ruptura.

Al volver de viaje en enero, luego de una corta temporada en Madrid, mi planta preferida, esa que nos habían regalado el día de nuestro PACS una de las mejores amigas de Alexis, estaba “triste”. Pareciera como si hubiera sido ella, y no yo, la que inició el año en cama con covid y luego vivió la histórica nevada madrileña.

Polyscias Balfouriana está plantada en un bol transparente que no le permite crecer a su ritmo. Veo las raíces atrapadas en la circunferencia y me pregunto cómo hacer para liberarla sin matarla. ¿Tiene que ser liberada?. Tengo tiempo queriendo llevarla al botanista para que me explique y me ayude pero como siempre ha estado tan bonita, no lo sentía necesario. Temo que sacarla de su atmósfera pueda alterarla. Observo las raíces, entrelazadas, y me digo que no puede ser bueno intentar deshacer esa red de apoyo. Desde que la recibimos me cautivó. La forma y color de las hojas, sus tallos, las raíces a través del vidrio. Durante el confinamiento me dio muchos retoños y curiosidad por saber más de ella. De dónde venía, cómo se llamaba. Descargué una aplicación que ayuda a identificar las plantas y descubrí que se llamaba Polyscias Balfouriana, que viene de Asia Tropical y que le gusta la sombra. “Polyscias” quiere decir “varias sombras” en griego. Compartimos el trópico y esa extraña atracción por el reverso de la luz.

Siempre ha ocupado el mismo lugar en la casa. Hasta ahora. Al ver el follaje amarillento y propenso a la caída, sentí la necesidad de moverla. Cambiarla de un extremo de la sala al otro. Una vez más, establecía analogismos. La planta estaba, sin saberlo, representando en una imagen, la ruptura: hojas cayendo, raíces aferrándose. La dejé donde sentía que debía estar: sobre el mueble que acabábamos de comprar y que llegó justo cuando ya no será utilizado por los dos. Pasaron varias semanas y hoy, luego de cambios de lugar y de luz, atisbo dos nuevos retoños. Vida que nace. Comienzos que vienen.

El espejo nunca fue colgado de nuevo y ahora se prepara para ser embalado. La planta, y sus retoños, son el testimonio de una nueva vida. Sus tallos, el recuerdo de lo que fue y sobre lo que he construido gran parte de mi presente. El mueble vacío: el espacio que siempre pide ser llenado.

06.03.2021.

Polyscias Balfouriana et l’amour pour les ombres

Notes d’un journal inexistant*

Ce jour-là quand nous nous sommes disputés, Ariadna, qui restait dans notre appartement pendant mon séjour en Turquie avec Alexis, m’a écrit en disant que le miroir du salon s’était tombé mais pas cassé.

L’objet, une version miniature de ces immenses miroirs à cadre doré qui décorent les salons et reposent sur les cheminées, nous l’avions acheté dans une brocante à la Place d’Italie, alors que nous venions d’emménager.

Alexis a toujours pensé que le miroir était très bas et il avait raison. Je l’ai accroché en me prenant comme référence et ma hauteur de 1m60cm ne donne pas grand-chose.

Quand Ari m’a dit qu’il s’était tombé mais pas cassé, j’ai senti le poids de la symbologie sur mes paupières. Nous avons eu des jours un peu difficiles mais c’était juste ça: une chute, pas une rupture.

En rentrant d’un voyage en janvier, après un court séjour à Madrid, ma plante préférée, celle que l’un des meilleures amies d’Alexis nous avait offerte le jour de notre PACS, était “triste”. On dirait que c’est elle, et non moi, qui a commencé l’année au lit avec Covid et qui a ensuite vécu la chute de neige historique de Madrid.

Polyscias Balfouriana est plantée dans un bol transparent qui ne lui permet pas de pousser à son rythme. Je vois les racines piégées dans la circonférence et je me demande comment la libérer sans la tuer. Doit-elle être libérée ? Je voulais l’emmener chez le botaniste depuis quelque temps pour qu’il m’explique et m’aide mais comme elle a toujours été si belle, je ne le sentais pas nécessaire. Je crains qu’en la retirant de son atmosphère je la tuerait. Je regarde les racines, entrelacées, et je me dis qu’il ne peut pas être bon d’essayer de défaire ce réseau de soutien. Depuis que nous l’avons reçu, j’ai été captivé. La forme et la couleur des feuilles, leurs tiges, les racines à travers le verre. Pendant le confinement, elle m’a donné beaucoup de pousses et j’étais curieuse d’en savoir plus sur elle. D’où venait-elle, quel était son nom ? J’ai téléchargé une application qui aide à identifier le nom des plantes et j’ai découvert qu’elle s’appelait Polyscias Balfouriana, qui vient de l’Asie tropicale et aime l’ombre. «Polyscias» signifie «plusieurs ombres» en grec. Nous partageons les tropiques et cette étrange attraction pour le revers de la lumière.

Elle a toujours occupé la même place dans la maison. Jusqu’à maintenant. En voyant le feuillage jaunâtre et sujet aux chutes, j’ai ressenti le besoin de la déplacer. La déplacer d’un bout à l’autre de la pièce. Une fois de plus, des analogies. La plante représentait, à son insu, la rupture en une image : feuilles tombantes, racines accrochées. Je l’ai laissé là où je pensais qu’elle devait être: sur le meuble que nous venons d’acheter et qui est arrivé juste au moment où il ne sera plus utilisé par nous deux. Plusieurs semaines se sont écoulées et aujourd’hui, après les changements de lieu et de lumière, je vois deux nouvelles pousses. La vie qui est née. Les débuts à venir.

Le miroir n’a plus jamais été raccroché et se prépare maintenant à être emballé. La plante et ses pousses sont le témoignage d’une nouvelle vie. Ses tiges, le souvenir de ce que c’était et sur ce que j’ai construit une grande partie de mon présent. Le meuble vide: l’espace qui demande toujours à être rempli.

* La version en français n’est qu’un exercice. Cette traduction n’a pas été corrigée.

Esta extraña obsesión por los objetos

Apuntes de un diario inexistente

“Inmortalizar el momento”, una frase utilizada en publicidad de servicios de impresiones de fotos, o de venta de cámaras. Hablo de la época en la que teníamos que tener un objeto para tomar una foto. En la que teníamos que pensar qué fotos tomar porque el rollo era limitado, cuando no había una nube capaz de agrandarse si pagamos un mejor plan de almacenamiento. Esos días en los que los momentos especiales o convenciones sociales exigían una muestra de existencia, un “esto ocurrió”. Preferiblemente eventos felices porque para los tristes pareciera ser suficiente el mero recuerdo caprichoso que nos visita cuando lo desea, pero no la imagen. Teníamos que esperar a ver lo que habíamos fotografiado. La fotografía era en sí misma un recuerdo. Siempre. Claro que habían las instantáneas, que antecedieron a lo que vino después: la necesidad de reconocernos inmediatamente en el sentimiento que estamos viviendo. Un selfie, una foto del momento y visualizarla para así convertir el instante en algo real, tangible, inmortal.

Nos gusta vernos a nosotros mismos porque de esta manera afirmamos el ahora. Sin embargo, el día a día se nos escapa de los dedos y no lo documentamos. Están los que tienen un proyecto profesional, las madres y los padres bajo el hechizo del hijo, o los que tienen una mascota, u otra obsesión y llenan el carrete del iPhone con más de 2000 fotos del mismo tema. No hablo de esas personas ni de esa cotidianidad. Me refiero a la rutina mecánica que gira sus engranajes todos los días de la misma manera. A la ventana que siempre vemos, a la planta que tenemos en el mismo lugar desde hace años, a la cafetera que hace el café siempre de la misma manera, al señor que nos vende el pan, a la parada de bus, a la persona que duerme a nuestro lado, etc. No pensamos en la fugacidad de las cosas porque si lo hiciéramos, no sabríamos disfrutarlo, dicen algunos. Que si lo hacemos, no podríamos vivir sin sufrimiento, dicen otros. Quizás es cierto.

Desde que vivo en este apartamento, cada día ha sido un asombro, un nuevo suspiro al ver la ventana, un nuevo “no me lo creo”. Cada visita a la señora donde compro el vino, o al carnicero, mientras el mismo hombre canta canciones clichés francesas aunque no haya turistas – lo cual me hace pensar que lo hace más por él que por los otros – es un “qué increíble puede ser esta ciudad”. Tengo fotos de cuando nos mudamos y no había nada, de cuando lo fuimos cambiando, de cada objeto, de cada planta. No las tomé pensando en tener un registro de los cambios o recuerdos para el futuro, las tomé en una inocente intención de capsular la paz que sentía, la alegría y el amor.

Toda mudanza siempre trae movimientos telúricos que conjuran la tristeza de lo que se deja y lo nuevo que viene. Cuando el porvenir inmediato ha sido tejido con ilusión, el temblor es menos profundo a cuando se deja una certeza para entrar en la desconocida red de nuestras sombras. Desmantelar un apartamento de a dos es un proceso de excavación doloroso. Como si decidiendo con qué objeto quedarse estuviéramos decidiendo qué memoria guardar. Este plato que compramos en Poitiers o la alfombra que cargamos desde Capadocia, y los cubiertos de bistro que le compramos a un cubano instalado en París, o la mesita de la sala que cargamos bajo la lluvia hasta que nos montamos en un bus creyendo tener refugio y encontrándonos con una batalla de coches de niños y gente bastante malhumorada.

Los objetos, cuencos contenedores de memorias. Catalizadores de historias. Mi relación materialista con ellos se explica por mi obsesión con los recuerdos. El objeto se transforma en el medio para invocar una vivencia y así revivirla. Su existencia no depende de mí pero su significado sí. Anclo entonces mi capacidad de recordar a algo visual : una postal, una foto, un objeto tomado de un viaje, un animal moldeado de arcilla por un refugiado en Calais, el ángel tallado por algún artesano en Mérida, un búho de cristal que decoraba la sala de estar de mi abuela, una árbol metálico regalo de mi padre, un origami en su cúpula, signo de libertad y encierro. Arqueología de la vida, tótems. En ellos encapsulo el tiempo, en mí lo hago remembranza.

22.02.2021

Cette étrange obsession pour les objets

Version française (sans corriger)

Immortaliser le moment, une phrase souvent utilisée dans la publicité des services d’impressions des photos, ou de vente d’appareils de photo. Je parle de l’époque où on avait besoin d’un “appareil” pour prendre une photo. Où on devait bien réfléchir avant de prendre une photo, car la pellicule n’était pas illimitée, une époque où on ne disposait pas d’un nuage (cloud) avec la capacité de grandir si on payait pour plus de stockage. Je parle des jours dans lesquels les moments importants, ou les “conventions sociales” demandaient une preuve d’existence, un message “cela a eu lieu”. Préférablement des événements heureux, car pour les tristes la visite sans prévenir du souvenir capricieux nous suffit, nous n’avons pas besoin d’une image de cela. À cette époque, on devait attendre pour découvrir ce que nous avions photographié. La photographie était en soi-même, un souvenir. Toujours. Certes, il y avait les instantanées, prédécesseures a ce qui est arrivé plus tard : le besoin de nous reconnaître immédiatement dans le sentiment que nous expérimentons. Un selfie, une photo du moment et la visualiser pour ainsi convertir l’instant en réalité, tangible, immortel. Nous aimons nous regarder dans les photos, car de cette façon nous réaffirmons le présent. Cependant, au jour le jour s’échappe de nos doigts et nous ne le documentons pas. Il y a ceux qui ont un projet professionnel, les mères et les pères sous le charme de leur enfant, ou ceux qui ont un animal de compagnie, ou une obsession et qui remplissent leur portable avec plus de 2000 photos sur la même thématique. Je ne parle pas de ces personnes, ni de cette quotidienneté. Je fais allusion à la routine mécanique qui tourne ses engrenages tous les jours de la même façon. À la fenêtre à travers laquelle on observe, à la plante que nous avons dans le même endroit depuis des années, au monsieur qui nous vend le pain, à l’arrêt du bus, à la personne qui dort à notre côté. Nous ne pensons pas à la fugacité des choses, car si on le faisait, on ne pourrait pas y en profiter, dissent certains. Car si on le faisait, nous ne pourrions pas vivre sans souffrance, dissent les autres. Peut-être, c’est vrai.

Depuis que j’habite dans cet appartement, chaque jour a été une surprise, un nouveau soupir en regardant par la fenêtre, un nouveau “je ne me le crois pas”. Chaque visite chez la dame qui vend les vins, ou à la boucherie, pendant que le chanteur chant les chansons françaises clichées même s’il n’y a pas de touristes (ce qui nous fait penser qu’il le fait pour son propre plaisir et pas pour faire plaisir aux autres), c’est une “cette ville est incroyable”. J’ai des photos de quand nous avons déménagé et l’espace était à moitié-vide, des changements faits, de chaque objet, de chaque plante qui s’ajoutait à la collection. Je ne les ai pas prises avec l’intention de faire un registre des changements ou pour avoir des souvenirs dans le futur, mais plutôt avec la naïveté d’encapsuler la paix, le bonheur et l’amour.

Tout déménagement provoque toujours des mouvements telluriques qui regroupent la tristesse laissé derrière nous et l’avenir. Quand le futur immédiat a été tissé avec de l’illusion, le tremblement de terre est moins fort à quand on laisse derrière nous une certitude pour rentrer dans le filet de nos ombres. Démonter un appartement de deux est un processus d’excavation douloureux. Comme si on choisissant l’objet à garder on choisissait aussi quel souvenir reste avec nous. Cette assiette que nous avons acheté à Poitiers, ou le tapis que nous avons porté depuis la Cappadoce, et les couverts de bistro achetés à un cubain résident à Paris, ou la table basse que nous avons porté sur les bras sous la pluie jusqu’à avoir trouvé un bus pour prendre refuge pour nous retrouver entre les poussettes et les mamans désespérées.

Les objets, des bols contenant des mémoires. Catalyseurs des histoires. Ma relation matérialiste avec eux s’explique par mon obsession avec les souvenirs. L’objet se transforme en moyen pour invoquer une expérience de vie et la revivre. Son existence ne dépend pas de moi mais la signification donnée, oui. Je fais ancrer ma capacité de me rappeler des événements à une chose visuelle : une carte postale, une photo, un objet acheté dans un voyage, un animal modelé en argile par une réfugié à Calais, l’ange en bois fait par un artisan à Merida, une chouette en cristal du salon de ma grand-mère, un arbre métallique offert par mon père, un origami dans une sphère représentant la liberté et l’enfermement. Archéologie de la vie, tótems. En eux j’encapsule le temps, en moi je leur fais souvenir.

Tierra Nullius

 

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Como si por cada cuerda destilara el dolor que nos une de lejos, y de cerca. A los que nos fuimos y a los que se quedaron. Este ritmo que hoy decimos país nos danza la tristeza, teje la nostalgia con la cual nos arropamos las mañanas en las que el sol no entra por la ventana y el gris se hace sol. Tantos jóvenes muertos y tantos más los días cuyo destino sea la incertidumbre de un aula vacía, y la certeza de una bala. Cada instrumento en escena nos lleva a un recuerdo. La memoria de una infancia, familiares en otras orillas, sabores perdidos entre las nuevas especies y hierbas que condimentan nuestra comida.

Terra Nullius nuestro país, que es de todos pero no es de nadie.
Terra Nullius la morgue donde yacen compilados los cadáveres.
Terra Nullius el fozo donde los hermanitos entierran al bebé que muere de desnutrición.Ella, valiente, nos dice que el concierto es un homenaje a ellos, entre los cuales está su prima, Victoria, quien murió de cáncer sin poder recibir medicamentos. Murió porque un grupo decidió que el poder vale más que la vida. Ella, y todos los otros, se han ido porque tenemos un regimen que deja morir, y mata, a sus ciudadanos.

Desde esta sala, en la Cité Universitaire, me he transportado a Cumaná, a mis vacaciones en Acarigua, a un país que cada día siento que me pertenece menos y que por esa misma razón, lo recuerdo más. El país, nuestras raíces, emana, agua que corre entre los dedos, del arpa, de las maracas y de las cuatro cuerdas que resuenan esta casa interior.

Chaque accord nous donne les nuances de la souffrance qui nous réunis, à ceux qui ont décidé de partir, et ceux qui sont restés. Ce rythme, que ce soir nous appelons pays, fait dancer la tristesse, et entrelace les fils de la nostalgie avec lesquels nous nous couvrons les matins où le soleil est remplacé par des nuages. Tant de jeunes morts et d’autant plus de jours dont le destin est l’incertitude d’une salle de cours vide, et la certitude d’un bal. Chaque instrument en scène nous amène à un souvenir. Les souvenirs de notre enfance, la famille lointaine, les saveurs introuvables.

Terra Nullius notre pays, qui appartient à tous mais à personne.
Terra Nullius la morgue où se trouvent les cadavres empilés.
Terra Nullius l’abime où les frères enterrent le bébé mort par la famine.

Elle, courageuse, nous dit que le concert est en leur hommage. En particulier à sa cousine, Victoria, qui est morte à cause du cancer sans avoir pu accéder au traitement. Morte parce qu’un groupe a décidé que le pouvoir vaut plus que la vie elle-même. Elle, et tous les autres, nous ont quittés à cause d’un régime qui laisse mourir, et tue ses citoyens.

Depuis cette salle, à la Cité Universitaire, je me suis transportée à Cumaná, à l’époque de mes vacances en Acarigua. J’ai voyagé à un pays que je sens ne plus m’appartenir et, pour cette même raison, j’y pense avec plus d’intensité. Ce pays, nos racines, sont l’eau qui passe entre les doigts. Il découle de l’harpe, des maracas et des quatre cordes qui résonnent cette maison intérieure.

Beauty, a continuing present

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Cy Twombly

A mi tía Tamara.

Beauty can be found in the things less expected: In the harmony but also in the chaos. In a perfect circle but also in a doodle without specific form. Beauty is not a static concept. It has been extensively defined, explained, analyzed but at the end it can be resumed as that thing that makes us alive. The story we have from an experience, a souvenir that triggers our emotions, a very personal feeling – even if sometimes it involves groups. For Baudelaire it is something weird, for Stendhal it is the promise of happiness, for Kant all the things that provide universal pleasure. It can be superficial or profound, material or spiritual. Any of its forms makes our journey more enjoyable. For us, women, beauty canons have also become a pressure, and for some even a restriction to our total freedom. For others, it is the way to express our sensuality. In this opportunity I would like to talk about the time I discovered beauty in the way someone fought for her life.

My aunt Tamara got lung cancer. She was an electric engineer in times where that career was a rare option amongst women in Venezuela. She worked hard, she was always there for all my cousins and me (she didn’t have kids), and she was the strongest woman I had ever met. She did not ask us for help when she got sick but at some point she was not able to drive and she asked me to take her to her chemotherapies. I saw beauty in her tired eyes. In her tumbling hands. In her pink lipstick but also in her face without makeup. I found beauty in her bald head – that she never hid with a wig. I found beauty in the way she was fighting to be alive while at the same time was enjoying her present.

The clinic was in a building facing “El Avila”, the mountain that surrounds Caracas. Caracas, my hometown city is a valley. A valley that my grandmother tells me used to be very fresh and even cold. In the present, it is warmer and it is known for being the second most dangerous city in the world but if there is something that has not changed it is that beautiful mountain. That mountain gives each caraqueño the hope of a better future. It reminds us how lucky we are for being born in a country with such a generous and breathtaking nature. The clouds falling asleep and covering the top of the mountain give us the sense of belonging, the sense of humanity. The beauty that has not been created by the human being becomes a need, an escape, a recall for us to realize our place in this universe. That was the sight my aunt had each time that reddish liquid distanced her from death – or at least that is what she thought. Everyone knew her because she was always smiling and talking to people. She was the forewoman of a construction and she never stopped working. She was stubborn, she was enduring, she was someone who could repair everything at home without calling a technician or a plumber. She was the type of woman I want to be someday.

The day I got my first job interview my parents were not at home. I was in my last year of university and my country was going through political and social changes. In one year we were going to have primary elections and presidential elections. I got an offer to start working in the communication department of the campaign for the opposition. I did not know what to do. I needed advice. I called my aunt. I told her I still had courses at the university and I had to write my thesis and I was not sure it was a good idea to take the job. She told me I had to take it – she said it was a wonderful opportunity to earn experience. She gave me the confidence to take the challenge. I accepted and what at the beginning was going to be a short period work ended up being a one-and-a-half year job. We had two presidential elections in less than two years and one regional election. I learned about myself, about my priorities in life. I traveled throughout Venezuela and saw realities I was only aware of the newspapers or television. That changed my life and made me take further decisions such as pursuing my studies abroad.

My aunt died before I left Venezuela. Her mom – my grandmother – was at her side by the moment she left us. A few hours later my grandmother’s Alzheimer was taking revenge and did not allow her to remember my aunt was not alive anymore. I saw for the first time how the mind could vanish our memories. I experienced first hand the beauty of loss. The absence she left filled our lives. The idea of not having my aunt around made me believe she was always there. Without knowing it she became my role model. Her life and her death defined in a certain way who I am now. How I changed my concept of beauty, not seeing it only in what surrounds me but also in what is not there anymore. I started cherishing even more the blurry line between the sky and the sea that is so normal for people who live in the coast but that even today it takes my breath away. El Avila became that symbol of stillness, of peace. The picture I tend to imagine in my head when I feel sad, or weak.

Beauty, long defined, is that special ingredient that makes an experience, moment, and story worth to remember, to cherish, and to relive in our minds. Beauty is what triggers our soul and mind to be hopeful, to be creative, to be conscious, to be humans, to love and be loved. Beauty is a continuing present; a never-ending feeling that makes us believe in the magic of life.

 

La noche que hoy llevo dentro

Paris, 15 novembre 2015.

París, 15 noviembre 2015.

Hoy el sol sobre París molesta. Yo, que sueño con días en los que el cielo esté azul, y las nubes resalten como algodones. En los que el sol caiga directo y no haya el cielo, gris, blanco, que me hace perder las coordenadas de mi cuerpo pero que es tan común en esta ciudad. Yo, que sueño con decir “día tropical” y sonreír, hoy siento que el sol me sobra. Que el sol, la luz, el cielo azul, entra en conflicto con el sentimiento frío que se apodera de mí. El shock pasa y entra un dolor, una tristeza, que busca una blancura sobre la cual entregarse, sobre el cual verse, como en un espejo, y compartir el duelo. Como si compartiendo el duelo con su cielo, todo tuviera más sentido. Como en una película que llueve cuando el personaje principal está triste, o llueve y luego viene una depresión o momento cumbre. Pero hoy París nos responde con sol, con sol y ganas de salir a sentirlo, con ganas de ver las calles aunque sé que estarán vacías. Reacciono lentamente. A mi cuerpo le ha tomado dos días entender que hace menos de 5 días caminaba yo por calles cercanas con mi novio y mis padres y pasábamos cerca del restaurant en el que, como un testigo dijo, “yacían sentados cuerpos sin vida aún con el vaso de cerveza en la mano, y la cabeza en la mesa”. Me tomó dos días darme cuenta que el viernes anterior, Dasza, Katia y yo habíamos ido a un bar de vinos y quesos a unas cuadras de allí y que la que nos atendió, amiga de mis amigas, vivió el horror de cerca y tuvo que quedarse encerrada en el lugar toda la noche custodiada por la policía. Me tomó dos días procesar que ese terror, es el terror de muchos en otras partes del mundo y que pareciera que hay muertes que importan a unos más que otras. Me tomó dos días decir “pudimos ser nosotras”. Quizás porque viniendo de Caracas, viendo la cantidad de muertos por violencia común, esa frase, esa frase se piensa casi a diario. “Pudimos ser nosotras”. Y no lo fuimos y pienso entonces, en los que sí lo fueron, en sus familias, y en las familias de aquellos que viven bajo una guerra constante. Pienso en los niños y en las víctimas. Pienso que esta vez fue en una zona poco turística, donde en la noche los locales, restaurantes, bares, se llenan de gente variada, bohemia, sobre todo joven. Pienso que no sé si pueda comprender que matar sea para algunos la misión de vida.

Hoy despierto, más triste, por París y por Beirut y por la humanidad entera.  ¿Soy naïf por decir que me duele el mundo?¿O cliché? A veces los sentimientos son así, inocentes. Me permito la inocencia, me permito soñar con un mundo menos violento. Desde Levallois, mirando el Sena, las calles de París se me hacen ajenas. Aquí siempre hay silencio, aquí siempre hay sábados tranquilos y domingos casi sin movimiento pero hoy sé que estoy en una ciudad en duelo, que en este momento son muchos los que lloran.

Salir. Porque las ganas de decir adiós al que se ama y parte son mayores que el pesar. Pasear tomados de las manos y ver que ese sol, ese sol que me molestaba en la mañana y que me hizo ver que sí hay tristeza en mí, que sí hay temor, cae hermosamente sobre la Nôtre Dame, sobre el Pont Neuf, y que la belleza no ha sido alterada. Algunos jugando la pétanque, otros reunidos alrededor de la catedral buscando consuelo, otros turistas perdidos en su mapa. El duelo lo veo en el silencioso río que sigue sereno su cause, y en el atardecer que cae leve sobre los edificios. Me despido con un beso, un beso largo, salado y vuelvo a casa.

Nadie ve mi ventana, vivo en un edificio alto, pero esta noche habrá una vela que ilumine la noche que llevo dentro.

Me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

Caracas, 2012 ©

Caracas, 2012 ©

Paso el día pensando en el juicio, consciente de que por la diferencia horaria probablemente será noche de insomnio para mí. No importa, me consuelo, últimamente hay muchas noches de insomnio sin una causa específica así que al menos sabré el motivo de este. Resisto hasta las 3am cuando el sueño me vence, me despierto a las 8, abro el iPad que durmió a mi lado, reviso Twitter. 13 años. 13 años para Leopoldo y no sé cuántos para los otros tres estudiantes. Vuelvo a acomodarme, horizontal, viendo el techo, en mi almohada. Ese gesto que denota una intención de mantenerse en cama, de no pararse bajo ningún pretexto. Pero las responsabilidades son suficiente pretexto para que los pies se incorporen a la verticalidad de la mañana. Preparo un café colombiano que conseguí luego de dos meses de tomar café sabor a otros lados. Vuelvo en el aroma a la cocina de mi madre. Me siento. Mirada fija. Distraigo la mente con el pasar automático del dedo sobre la pantalla, sin pensar mucho. Intentando que la ficticia seguridad de la rutina hoy me baste para evitar el quiebre. En el silencio de la mesa redonda en la que estoy sentada, de mantel plástico florado, para que las manchas sean fácil de eliminar, y cualquier derrame no se perpetúe, allí, en esa calma de mañana, plantas aún adormiladas, de pronto, lloro. Lloro. Me pregunto a mí misma “¿por qué lloras? Era algo completamente predecible”. Y lo era, es verdad. Pero la sentencia me marca a mí, e incluso a los que están allí, una línea aún más lejana de retorno, o de llegada. Esta sentencia simboliza la venganza, el discurso de odio absoluto, que ayer vimos materializado en la violencia a las puertas del Palacio de Justicia, en las agresiones en contra de Manuela, de 5 meses de embarazo. Sentencia a la que siento que cada día nos hemos ido sumiendo, o a la que nos han ido sumiendo, y que hemos permitido, de alguna manera. Una sentencia no tiene fisuras por las cuales entre haz de luz, esperanza, ingenuidad. El llanto no sabe de coherencia, ni de razones, ni necesita de un “sentido”. Me duele la esperanza que no sabemos que aún tenemos hasta que la vemos rota. En este caso aplastada por el martillo en nombre de justicia. Y luego retomo el hilo, me digo que esto podría capitalizarse en votos pero luego pienso en los medios de comunicación casi inexistentes, y en cuánta gente estará al tanto realmente de lo que está pasando, hoy y todos los días. Me pregunto en qué momento la aspiración se ancló en una nevera o una “casa bien equipada”, en qué momento nos ganó el odio, me pregunto que piensa la jueza antes de acostarse a dormir, y qué siente Lilian, y qué está en la mente de los estudiantes en juicio, y en la mente de él, de Leopoldo.

Suenan las campanas de la iglesia que está en la plaza cerca de mi casa recordándome donde estoy. Once de septiembre de dosmilquince. Madrid, España. 14 años del atentado a las torres gemelas.

Sé, horas por delante, que allá habrá otra de esas mañanas frías y sin aliento que tanto conocemos. Mañanas de preguntarse hasta dónde, hasta cuándo. Mañanas de sentir rabia y tristeza. Y luego continuaremos, porque “la vida sigue”. Con esperanza muda y futuro ciego, el país sigue. Y me duele, y me indigno, y ruego por elecciones masivas porque me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

Write

Gueorgui Pinkhassov, South Korea,  2013.

Gueorgui Pinkhassov, South Korea, 2013.

Write. Write whatever is on your mind. Write about your neighbor’s cat or your cat’s neighbor (that would be funny). Write about how you earned his confidence. Write about how he meows to you. You could even add a little detail about how cats developed the meowing to communicate with humans – few people know that, and you read it in a scientific magazine. Write about the smell of your new house. Of course you can describe it. From now and on you will only describe things. You will advocate to fiction, narrative. Write a novel. Extend the line, the sentence. Go deep into your mind. Tear open your heart. Forget about the instant, forget about the verse, about the haiku, about the poem. Write in two languages the same text. Do not translate. Leave to others that process. That you aren’t interesting or famous enough to get a translator? Find a friend! Write about the cliff, the difficulty of changing of cities. Add some drama but just enough to people get you come from Latin America, the place of realismo mágico. Oh yeah, that would be great. Inserting some few words in Spanish. No, you wouldn’t look like a cheap version of Junot Diaz, come on. Maybe you should write about your life back in Brooklyn. Oh, you’re right that would be too hipster. That was cool when Brooklyn was still mysterious. You say it is still a magical place? I would like to see that. Don’t write about Madrid because that would take you to writing in Spanish and now you’re trying to do this experiment of writing in English.

So, write about all the guys that you have met thanks to English. Open the Pandora box. Oh, that your dad speaks English too. So that’s perfect. You could write about all the times you have imagined meeting someone who doesn’t speak Spanish and how it would be to introduce him to your family and how your father would be actually the only one able to communicate with him. Write about the feeling of having hidden parts of your true self that are only in Spanish. Write about how maybe that isn’t very accurate.

Write about that guy back in Park Slope that was reading Murakami like you. And how you used to run into him at least once per week. Write about how handsome he was, and how you elaborated a whole story of his life. Write about that day in which he saw you and you noticed he was seeing you and you pretended you didn’t see him. Write how that day he told his friends “that girl is reading the book I just finished”. Write about how you put him a name, the same you did years later with your neighbor’s cat. Write about how it was just a matter of time to have a conversation with him. Write about that day, at rush hour, in which you both ended up sitting one next to another. Write about how nervous you were. Write about how you were reading another book of the same author and he was still reading “The Wind-Up Bird Chronicle”, and how he saw the cover of your book and said “oh, I read that one months ago”. Write about your reaction. How you did as if you didn’t know that and then started talking about Murakami. About the world he creates in his books and how you can get to hate the characters of the story but then you can’t wait to see what happens to them. Write about the 5-stations-long conversation you two had. Write about the fact you never exchanged names and how he just say “Bye, nice to meet you”. Don’t forget to say that two weeks later you saw him in the same place at the same hour, and he saw you back but neither of you said hi. Don’t forget to write that the year after, when you went back to NYC, you saw him again not in the subway but in the street and how you felt back home. Develop the plot. Remember: fiction!

You could also talk about the guy whose mom was Brazilian. The painter with messy hair. The one who talked to you in the subway too. You must include Murakami because you actually talked about him with this guy too. You could also write about the other boy you met in Madrid whose mom is also Brazilian and who also paints (what a coincidence, right?). The one with curly hair. You could blend the two stories. No one would know!

Write about serendipity in NYC.

Write about how love isn’t locked anymore in Paris. Use the slogan “Free your love. Save our bridges” (Libérez votre amour. Sauvez nos ponts).

Write about the engagement ring you found in the YMCA and how you took it to lost and found objects.

Write about how love can be a lost and a found object and how there is a digger in NYC that expends his life finding memories and lost love promises. Write about how he restores broken plates, cups, dolls and any other object he finds when digging and that when there is no way to fix them, his girlfriend makes bijoux out of the pieces. You could use that as a metaphor of life. Tell the detail that you bought one ring that has a piece of a tea cup from 1930s.

Write in English, save the document with an odd name. Get frustrated because you don’t feel in English in the same way you feel in Spanish, therefore, you don’t write “as good”. Re-open the document, find errors.  Struggle with the prepositions. Leave it as “draft” in your blog’s dashboard. Start again.

 

And again.

 

And again.

 

And again.

 

Until that day in which the necessity of expressing wins and you don’t care about mistakes or about grammatical errors.

Until the day you need someone, not any one but that one, to catch the breath trapped between the lines of your writings.

Quiero ir, no volver.

No había querido. Había preferido evitar las líneas, evitar los detalles de lo que significa una mudanza, una mudanza de país,  reencontrarse con la ciudad que hace tres años me había recibido: París. Uno sale, pisando líneas cruzadas, colores que han perdido su continuidad, contando los espacios grises, el trozo de fisicromía que se llevó el tiempo y pensando que mejor es luego no decir nada. Otros pisan otros aeropuertos, se dan otras despedidas. No es el fin del mundo, la historia está llena de inmigrantes. Pero esas son historias de otros, vidas de otros, pienso. Yo sé de la mía.

Pensaba que tenía controlada la nostalgia, que unas cuatro estadías en el exterior de menos de un año me habrían dado algo de experiencia. Pero entonces descubrí un día que la ciudad que no me permitió llevarme todas mis medicinas en la maleta, la ciudad que me dio miedo despedir y que me daba miedo respirar, me había abandonado hace rato. Y ahí la nostalgia tocó puerta. Me enfoqué en mi objetivo. Celebré lo que venía, di gracias casi en forma de mantra al esfuerzo familiar, a mis logros personales, a la Virgen, a Santa graciasportanto. Emociona aferrarse a la nueva aventura, pensar en todo lo que está por venir. Toda la gente por conocer. Llegué un día antes de comenzar clases, y con jetlag incluido empezó el semestre de 9 materias. Temas que nunca antes había estudiado. Gente de más de 100 nacionalidades, debates, información, información, información. Un nuevo idioma por aprender, empezando por su alfabeto. La casa vacía, el frío en las calles. París llena de turistas, de nuevos deseos de año. Un intento de preparación de pesto a las 10pm de un miércoles que terminó en la sala de emergencias. Sutura. Independencia. Fortaleza. No hay tiempo para la raíz.  Sin darme cuenta, o dándome cuenta, pasaron 6 meses. Seis meses escuchando qué se ha hecho en el pasado mal para intentar promover desarrollo en los países en desarrollo, qué es lo que se intenta ahora. Seis meses conociendo a gente que quiere terminar rápido la maestría para volver a sus países para trabajar por él. Seis meses viendo que Venezuela es casi el ejemplo perfecto para todo lo que está mal. Para cualquier “excepción” negativa, Venezuela calza perfecto. Trofeo de la nostalgia. Seis meses dándome cuenta que mientras más me alejo, más quiero estar ahí. Camila, qu’est-ce qui se passe au Venezuela? Camila, what’s going on there? I read there is no condoms! Desarrollé un discurso más o menos breve, compacto, que intenta explicar qué pasa, porqué estamos dónde estamos y siempre termina en “pero si todo está tan mal, ¿por qué la gente no sale a protestar?”. Entonces ahí comienza el otro discurso, el de hablar del efecto de los regímenes totalitarios a lo largo del tiempo, el terror, el miedo, etc. Todo se complica, la conversación que debía durar 10 minutos termina siendo de una hora y al final siempre llega una disculpa, un “qué lástima y con tanto petróleo… Menos mal que estás aquí”. Duele.

Descubro que quizás la historia podrá estar llena de personas que han partido pero eso no lo hace más fácil. Descubro que lo que estudio me lleva irremediablemente a dónde vengo. Que exponerme a un ambiente internacional hace reafirmar mi origen. Desborda el deseo de tener una oportunidad para construir. Descubro que la Venezuela de Tu Caracas, Machu de uno de mis abuelos, y la Cumaná del otro no son solo sentimentalismos, o historias de familia, son lugares a los que quiero ir. Descubro que yo, la que ha presionado a tantos amigos a salir, a viajar e incluso a cambiar de dirección, guardo una profunda esperanza de volver a mi país. Descubro, más bien, que no quiero volver sino ir. Ir a un país aún inexistente, a un deseo de país. A una idea de país. Ir a lo que no conocí, a lo que no conozco, al país quizásalgúndía. Ir al centro de lo que somos, de lo otro que podemos también ser. La realidad de allá me da en cambio, noticias llenas de sangre, asesinatos, abuso de poder, crisis, escasez, más amigos que se van, otros que se casan, el dólar a 200 bolívares, mi abuela con sus bromelias y mi gata en el regazo de mi madre.

Llevar en ti el país, línea a dónde querer ir, y a dónde no querer volver.