9.168,38 km  

Carolyn Drake_2014

Carolyn Drake. USA. Los Angeles. 2014. Odds and Ends from an Urban Stream

 

¿Es esta pluma la misma que dejó aquel cuervo en la ventana al intentar llenar la fisura de aquella noche?

¿O es de una de las dos palomas que juntaban sus picos en el tejado de la catedral de Toledo mientras hacías sonar las campanas y yo veía una nube romper su volumen sobre la cruz?

El vuelo atado debajo de la rueda trasera del auto
la levedad deslizando la hora hasta mis zapatos
y yo, grito que pretende paralizar el tiempo, evitar el golpe, elevar la cadencia,
me contengo ante la inminencia del suceso

Esta vez la muerte no adhirió su cuerpo al cemento

Quedó el riesgo, lo que pudo ser
la mañana intacta reclamando tu ausencia
y 9.168,38 kilómetros entre mi falda y tu mano.

Hace 5 años

DSCN1946Versailles, Paris, 2015.

Hace 5 años todo era descubrimiento. Primera vez en Europa, primera vez en París, primera vez viviendo sola. Hace 5 años veía con ahínco la manera de sentarse de la chica que lloraba en el metro, o la fisura del habla del que pedía dinero. Hace 5 años, las calles de París eran el escenario para descubrirme, para descubrir, para que el mundo, el otro lado del “charco” se me presentara ante mis ojos. Tenia 21 años, entraba en una universidad con un sistema que era completamente desconocido y daba las gracias en otro idioma que no era el mío. Aprendí de vinos, aprendí de quesos, aprendí que a veces una sonrisa puede ser lo más extraño y que pedir comida por teléfono puede resulta en una pesadilla si el mensajero confunde 5 con 100. También aprendí que no todo silencio es negativo, o que no todo callar es sinónimo de tormenta. A veces simplemente no se sabe qué decir. A veces se ama desde la extraña calma de un corazón que no habla. Hace 5 años fue difícil volver a Caracas, vivir de nuevo con los padres. Pensar que se tenía la independencia que era solo propia de un respiro, de una pausa de la “vida real”. Todo lo vivido parecía un cuento, otra historia. Cinco años después estoy en la misma ciudad. Volví. Al mismo sistema que no entendía, a la misma casa en Levallois que mi hermana Dasza me ofrecía. Volvía a donde tenía que decir merci y no gracias. A sonreír cuando se decía algo que no se entendía y a aceptar que no había nada malo en la equivocación de la R. Que no es mi lengua, pues.

Volver 5 años después, amando ese silencio del sentimiento. Esa levedad del cariño. Aceptando la temporalidad y el pertenecer a un lugar que no se posee. Amando en la distancia, pero amando. Soñando con el encuentro, imaginando la mano rozar el traje, desabotonar la blusa. Acortar la distancia. Cinco años después estoy en esta ciudad que no es mía y tampoco de él (sí, un “él” entra en la historia) pero que es de ambos. Nos despedimos en Saint Lazare, lo recuerdo. Yo crucé a la izquierda y él a la derecha, escaleras abajo. Lloré hasta mi vagón, me senté, había una chica al lado que me dijo “ça va aller” y me dio un pañuelo. La vida, siempre, va. Va y tenemos que ir. En ese momento pensé en la distancia, en la incapacidad del cuerpo de tocar la herida pero ahora, dos meses después entiendo que sí, que la vida siempre va, siempre sigue y que hay amores que cruzan océanos, que hay amores que no se acaban en los labios de nadie y que tienen el tiempo de esta nerviosa paloma que hoy en la tarde se posa en mi balcón para recordarme que el día tiene su hora y que mi vuelo va hacia él.

La noche que hoy llevo dentro

Paris, 15 novembre 2015.

París, 15 noviembre 2015.

Hoy el sol sobre París molesta. Yo, que sueño con días en los que el cielo esté azul, y las nubes resalten como algodones. En los que el sol caiga directo y no haya el cielo, gris, blanco, que me hace perder las coordenadas de mi cuerpo pero que es tan común en esta ciudad. Yo, que sueño con decir “día tropical” y sonreír, hoy siento que el sol me sobra. Que el sol, la luz, el cielo azul, entra en conflicto con el sentimiento frío que se apodera de mí. El shock pasa y entra un dolor, una tristeza, que busca una blancura sobre la cual entregarse, sobre el cual verse, como en un espejo, y compartir el duelo. Como si compartiendo el duelo con su cielo, todo tuviera más sentido. Como en una película que llueve cuando el personaje principal está triste, o llueve y luego viene una depresión o momento cumbre. Pero hoy París nos responde con sol, con sol y ganas de salir a sentirlo, con ganas de ver las calles aunque sé que estarán vacías. Reacciono lentamente. A mi cuerpo le ha tomado dos días entender que hace menos de 5 días caminaba yo por calles cercanas con mi novio y mis padres y pasábamos cerca del restaurant en el que, como un testigo dijo, “yacían sentados cuerpos sin vida aún con el vaso de cerveza en la mano, y la cabeza en la mesa”. Me tomó dos días darme cuenta que el viernes anterior, Dasza, Katia y yo habíamos ido a un bar de vinos y quesos a unas cuadras de allí y que la que nos atendió, amiga de mis amigas, vivió el horror de cerca y tuvo que quedarse encerrada en el lugar toda la noche custodiada por la policía. Me tomó dos días procesar que ese terror, es el terror de muchos en otras partes del mundo y que pareciera que hay muertes que importan a unos más que otras. Me tomó dos días decir “pudimos ser nosotras”. Quizás porque viniendo de Caracas, viendo la cantidad de muertos por violencia común, esa frase, esa frase se piensa casi a diario. “Pudimos ser nosotras”. Y no lo fuimos y pienso entonces, en los que sí lo fueron, en sus familias, y en las familias de aquellos que viven bajo una guerra constante. Pienso en los niños y en las víctimas. Pienso que esta vez fue en una zona poco turística, donde en la noche los locales, restaurantes, bares, se llenan de gente variada, bohemia, sobre todo joven. Pienso que no sé si pueda comprender que matar sea para algunos la misión de vida.

Hoy despierto, más triste, por París y por Beirut y por la humanidad entera.  ¿Soy naïf por decir que me duele el mundo?¿O cliché? A veces los sentimientos son así, inocentes. Me permito la inocencia, me permito soñar con un mundo menos violento. Desde Levallois, mirando el Sena, las calles de París se me hacen ajenas. Aquí siempre hay silencio, aquí siempre hay sábados tranquilos y domingos casi sin movimiento pero hoy sé que estoy en una ciudad en duelo, que en este momento son muchos los que lloran.

Salir. Porque las ganas de decir adiós al que se ama y parte son mayores que el pesar. Pasear tomados de las manos y ver que ese sol, ese sol que me molestaba en la mañana y que me hizo ver que sí hay tristeza en mí, que sí hay temor, cae hermosamente sobre la Nôtre Dame, sobre el Pont Neuf, y que la belleza no ha sido alterada. Algunos jugando la pétanque, otros reunidos alrededor de la catedral buscando consuelo, otros turistas perdidos en su mapa. El duelo lo veo en el silencioso río que sigue sereno su cause, y en el atardecer que cae leve sobre los edificios. Me despido con un beso, un beso largo, salado y vuelvo a casa.

Nadie ve mi ventana, vivo en un edificio alto, pero esta noche habrá una vela que ilumine la noche que llevo dentro.

Parc de Sceaux

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Ayer corría sobre hojas secas pero parecía que nadie había hecho ese camino, no había trazo, ni ruta. Pisaba fuerte la hoja, y el sonido de hojarasca me anunciaba que era la primera que caminaba por allí. Me concentré en el ritmo del chasquido, como si así pudiera olvidar que mi pie izquierdo sangraba y que con cada paso dado, había una herida que dejaba soltar la sangre del zapato que días atrás lucía bien pero hacía daño. Al pasar por la orilla del río, más de 10 cisnes dirigían su nado en dirección contraría a mí. Algunos rezagados estiraban sus patas traceras, en símbolo de descanso, flotando ligeramente mientras los patos se acercaban sin interactuar. Los cisnes y patos compartían el agua pero no así el tiempo. Un ratón jugaba a meterse entre las rocas húmedas sin percatarse de la presencia de los otros. De lejos, un perro eufórico ladraba y buscaba llegar a ellos. Continué mi trote, chaz chaz chaz chaz, única música posible. El quiebre del color, la llegada del bronce había anunciado semanas antes el cambio de estación. Ahora era solo preámbulo de los tiempos blancos por venir.
La nube colapsó el instante ante nosotros.
Trajo la lluvia el silencio de la hoja, el silencio del color que se lava la cara con cada gota. El paso antes sonoro se convirtió en barro, y los pies dejaron de ser dos para ser cuatro. El paraguas cubría a media los cuerpos. Se juntaron más. La lluvia invita a la intimidad incluso en un parque. Los mismos patos se paseaban, sin consciencia de sí mismos, pero permitiéndome ver que los días eran dos, que no estaba en la orilla del Sena y que los cisnes esta vez no tenían cuellos sobre los cuales guindar mis deseos.
Mis pensamientos adquirieron forma espiral, al igual que los jardines del castillo. Se hizo mi boca orangerie sin naranjas y solo la fuente, sobre la que otrora el niño perdido jugaba con la angustia de la madre, se me presentó como solución: seguir, fluir como su agua, siempre presente.
De su beso vino la más fuerte convicción de instante.

Otoño en Madrid

Madrid, 2015©

Madrid, 2015©

Toda ciudad es dos. Dos en sí misma. Una cuando recorro sus calles con la compañía de mi paso y mi manía y otra cuando la cadencia de mi andar es eco del paso de otro. Camino rápido, ritmo de llegar lo más pronto posible, de siempre tener un destino, un lugar a término. Pensaba que ya había olvidado esperar, o caminar con alguien a mi lado pero la compañía se recuerda rápido. Nunca realmente aprendemos en los huesos la soledad de la hora. Íbamos a comprar las entradas para ver el Burlador de Sevilla. Yo jamás lo he leído y él me dice que tuvo que dejar de leerlo porque era muy complicado el vocabulario. Seguramente las palabras que él no había entendido, yo tampoco las entendería. Sin saberlo, con inocentes preguntas sobre significados de palabras me hizo darme cuenta de mi deficiente vocabulario. No teníamos prisa, y las calles todas, en esas esquinas, se nos pierden en el mapa. Siempre hay callejones que se antojan a la pérdida. Al llegar, la taquilla estaba cerrada. Segunda frustración del día. La primera había sido intentar comprar las entradas por internet. Entre un intento y el otro, varias calles, un atardecer gris, brisa, cabellos en mi boca y en la suya al acercarse.
Un chocolat chaud pour compenser la frustration ? No sabíamos dónde sentarnos, pero tampoco lo conversamos. Caminábamos, porque no necesitábamos más. Me preguntó si quería churros y si he ido a la churrería San Ginés, respondo que no. Me dice “ay, Camila, ¿qué has conocido de Madrid?”.
Llegamos a un lugar de luces amarilla, noche puesta. Una mesa libre, solo una, con dos sillas, esperando allí, por los dos. Me senté para guardarla. No fuera a ser que luego de tanto esperarnos, la perdiéramos. Los churros llegaron con dos tazas de chocolate oscuro, una sonrisa y unas manos encontrándose encima de la mesa. Sonreí. Un acordeón bastante desentonado al fondo, y la misma luz amarilla que ahora caía sobre los bucles de un hombre de pelos largos, cigarro en mano, capa puesta. El Cigala inhalaba el instante en el que lo reconocí. Lágrimas negras comenzó a sonar en mi cabeza, y él, a mi lado, girando sus pestañas el azul de sus ojos, me vio, y supe que había alegría en la Madrid que se descubría ante mí en la esquina rocosa de una callejuela del centro, en la luz otoñal que recuesta su brillo en la columna de la catedral, en la sombra azulada de las ramas, en la mañana que inicia con una canción brasilera, en la pregunta que se pierde en los idiomas, en la honestidad misteriosa del suspiro ahhyay, en las palabras inventadas, en el silencio de una mirada que cae en la del otro mientras la gitana nos pide la hora que no tenemos.

En sus huesos se quiebra un adiós que desde ya sé que no quiero decir.

Elogio al tiempo  

Madrid, 2015©

Madrid, 2015©

Con Caetano

 

El agua rompe el silencio de la espuma

la ropa desaparece en mis costados

y rodean los fantasmas su cuerpo

¿Habrá sido suficientemente árido mi golpe para asegurar el cierre del tiempo?

Ese que se repite en el caracol de sus cabellos

que llega a la hora sin seguir instrucciones

que aguarda paciente en el banco metálico

y es compositor de destinos en días soleados

 

Me descubro

centrifugando azares

mientras tendido en el patio trasero maúlla el gato los trece años de vida que no le quedan

y seca el presente la humedad latente en mis huesos.

Me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

Caracas, 2012 ©

Caracas, 2012 ©

Paso el día pensando en el juicio, consciente de que por la diferencia horaria probablemente será noche de insomnio para mí. No importa, me consuelo, últimamente hay muchas noches de insomnio sin una causa específica así que al menos sabré el motivo de este. Resisto hasta las 3am cuando el sueño me vence, me despierto a las 8, abro el iPad que durmió a mi lado, reviso Twitter. 13 años. 13 años para Leopoldo y no sé cuántos para los otros tres estudiantes. Vuelvo a acomodarme, horizontal, viendo el techo, en mi almohada. Ese gesto que denota una intención de mantenerse en cama, de no pararse bajo ningún pretexto. Pero las responsabilidades son suficiente pretexto para que los pies se incorporen a la verticalidad de la mañana. Preparo un café colombiano que conseguí luego de dos meses de tomar café sabor a otros lados. Vuelvo en el aroma a la cocina de mi madre. Me siento. Mirada fija. Distraigo la mente con el pasar automático del dedo sobre la pantalla, sin pensar mucho. Intentando que la ficticia seguridad de la rutina hoy me baste para evitar el quiebre. En el silencio de la mesa redonda en la que estoy sentada, de mantel plástico florado, para que las manchas sean fácil de eliminar, y cualquier derrame no se perpetúe, allí, en esa calma de mañana, plantas aún adormiladas, de pronto, lloro. Lloro. Me pregunto a mí misma “¿por qué lloras? Era algo completamente predecible”. Y lo era, es verdad. Pero la sentencia me marca a mí, e incluso a los que están allí, una línea aún más lejana de retorno, o de llegada. Esta sentencia simboliza la venganza, el discurso de odio absoluto, que ayer vimos materializado en la violencia a las puertas del Palacio de Justicia, en las agresiones en contra de Manuela, de 5 meses de embarazo. Sentencia a la que siento que cada día nos hemos ido sumiendo, o a la que nos han ido sumiendo, y que hemos permitido, de alguna manera. Una sentencia no tiene fisuras por las cuales entre haz de luz, esperanza, ingenuidad. El llanto no sabe de coherencia, ni de razones, ni necesita de un “sentido”. Me duele la esperanza que no sabemos que aún tenemos hasta que la vemos rota. En este caso aplastada por el martillo en nombre de justicia. Y luego retomo el hilo, me digo que esto podría capitalizarse en votos pero luego pienso en los medios de comunicación casi inexistentes, y en cuánta gente estará al tanto realmente de lo que está pasando, hoy y todos los días. Me pregunto en qué momento la aspiración se ancló en una nevera o una “casa bien equipada”, en qué momento nos ganó el odio, me pregunto que piensa la jueza antes de acostarse a dormir, y qué siente Lilian, y qué está en la mente de los estudiantes en juicio, y en la mente de él, de Leopoldo.

Suenan las campanas de la iglesia que está en la plaza cerca de mi casa recordándome donde estoy. Once de septiembre de dosmilquince. Madrid, España. 14 años del atentado a las torres gemelas.

Sé, horas por delante, que allá habrá otra de esas mañanas frías y sin aliento que tanto conocemos. Mañanas de preguntarse hasta dónde, hasta cuándo. Mañanas de sentir rabia y tristeza. Y luego continuaremos, porque “la vida sigue”. Con esperanza muda y futuro ciego, el país sigue. Y me duele, y me indigno, y ruego por elecciones masivas porque me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.