Antídoto

Perter Maslow

Peter Marlow, Scotland, 1994.

Aquella tarde ella me pidió que le escribiera un poema que le curase el alma

unas líneas capaces de hilar los dos costados de la herida

el espacio entre cada indignación

la hora que se desliza entre dos pérdidas

 

Contrarrestar el olor de la muerte

Crear

un no-lugar refugio de la ruina, del derrumbe constante de los pasos

un instante: los segundos que tome a los párpados recorrer la hoja en búsqueda de palabras-alivio

 

Cada lectura

gota antídoto al dolor

perfora la superficie espesa del odio

 

Pequeño agujero

por el que entra la luna de día

 

La luz también sabe de tinieblas pero tranquila, le dije, mañana veremos el sol quemar la oscuridad de nuestros días.

 

 

A, con, y para mi prima Anita Ríos

Bajo agua

GB. England. Cornwall. 2010. Seascape near Falmouth.

Chris Steele-Perkins. England, 2010. 

 

 

Bajo agua

el concreto renuncia a lo firme

Los árboles humedecen sus tallos

un cuarto de su altura bajo la transparencia

La fisura nivela su quiebre en lo profundo

 

No hay pies que deban hundirse cuando se quiere avanzar

 

Días de lluvias

Silencio de duda

¿Tiene la nube en su revés un territorio que ilumine sin brisa?

Café, llamado a tierra, sequía y sol,

Danza interrumpida

¿Puede uno lavar su raíz?

¿Bautizar la piel con aguas de otras nubes?

 

Inquebrantable la semilla

 

Ligero el aroma de la primavera que posa su azul en el gris.

Domingo en Aguas Calientes

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Aguas Calientes, Bolivia, 2016. 

Voltea, detrás de ti está el naranjo, me dijo. A mi espalda, la llama torcía su color, giraba a rosa y había, entre las ranuras del final de la tarde, un velo blanco que matizaba el incendio. Los rieles vacíos no eran más que una invitación a la espera del tren que nos llevaría de vuelta a casa. Sus líneas, sin fin aparente, creaban la ilusión de destinos no pensados y de que siempre hay más, que siempre hay una ruta que se extiende y un viaje por iniciar. Sin embargo, los dos varados en el pueblo cuya iglesia no abre y los cerdos salen a comer pasto a diferente hora que las gallinas, esa idea se hacía ridícula. La luz perpendicular sobre la punta izquierda del tejado y la cruz a medio cuerpo, nosotros a cuerpo completo sobre un banco. Miramos las hormigas trasladar el verde. Su paso constante, pero casi imperceptible, nos hizo creer que junto a ellas se movía también el suelo, nuestro suelo. El miedo a la picada, a la reacción alérgica, aceleró nuestro paso. Decidimos caminar por las cuadras, darle vuelta a la manzana. De fondo, a veces música, una cumbia o alguna canción en portugués porque estábamos más cerca de Brasil que de Santa Cruz. Al doblar la esquina, un perro se sintió ofendido por transgredir la línea divisoria, entramos sin saberlo, en el terreno que él tan orgullosamente cuidaba. Nos ladró, de los colmillos guindaba baba, para mí, casi rabia. Sigue caminando, no lo veas. “¿Y si nos persigue y ataca por detrás?”. Risas. Ya habíamos dejado atrás al señor de los espacios abandonados cuando de pronto, en la otra esquina un gato masticaba con fe de fin de domingo algo que no identificamos, parecía una culebra. Me asustó. Me excusé diciendo que soy de ciudad, que mis contactos con la naturaleza salvaje se reducían a algunos veranos en los que iba a la finca de mi padrino en Chirgüa, o de mi otro padrino en Acarigua. Recordé con gracia la vez que un sapo tamaño mutante yacía en la poceta donde Jimena acababa de orinar. La circunferencia de la manzana era lo suficientemente pequeña como para que en 15 minutos ya estuviéramos de vuelta al banco donde jugábamos cartas minutos antes. Los cochinos ya no estaban, tampoco los gallos ni las gallinas, los actores habían dejado vacío el escenario. Estábamos los dos, y quien sabe si algún mirón, de esos que durante todo nuestro viaje nos veían con desconfianza y curiosidad.

Cuerpos sumergidos. Expele el barro su calor sobre mi espalda. Turbia corriente sin fondo. 

 Domingo en Aguas Calientes y el cielo que preparaba el relámpago. De frente, la corriente eléctrica dividía la nube en dos, o en tres. Él intentó capturar lo que es efímero, lo que solo estaba para que viéramos sin poder guardarlo. Nos percatamos de que la noche había llegado cuando las dos luces del tren se proyectaron en los rieles. Nos montamos en un tren que mecía la hora, que nos hacía notar con el sonido de su mecánica el avance del tiempo, lo que dejábamos y a donde nos acercábamos. Nos miramos, no reímos tanto esa vez. Al menos no él. Me sentí mercancía en tránsito, producto a destino, bien a ser vendido. A que jamás olvidaremos esto, dije. La tela gastada cubría los asientos, azul otrora eléctrico, ahora más bien opaco. Nos abrazamos en medio de los transeúntes internos que pasaban de un vagón a otro, en medio del vendedor ambulante de aaaasaditos, aaaasaditos y cafecito brasileño, dos bolivianos, cómprelo, en medio de la película a todo volumen que nadie veía y en medio de un entorno ajeno que hicimos nuestro bajo el secreto del ruido y el silencio de las ventanas selladas. 

9.168,38 km  

Carolyn Drake_2014

Carolyn Drake. USA. Los Angeles. 2014. Odds and Ends from an Urban Stream

 

¿Es esta pluma la misma que dejó aquel cuervo en la ventana al intentar llenar la fisura de aquella noche?

¿O es de una de las dos palomas que juntaban sus picos en el tejado de la catedral de Toledo mientras hacías sonar las campanas y yo veía una nube romper su volumen sobre la cruz?

El vuelo atado debajo de la rueda trasera del auto
la levedad deslizando la hora hasta mis zapatos
y yo, grito que pretende paralizar el tiempo, evitar el golpe, elevar la cadencia,
me contengo ante la inminencia del suceso

Esta vez la muerte no adhirió su cuerpo al cemento

Quedó el riesgo, lo que pudo ser
la mañana intacta reclamando tu ausencia
y 9.168,38 kilómetros entre mi falda y tu mano.

Hace 5 años

DSCN1946Versailles, Paris, 2015.

Hace 5 años todo era descubrimiento. Primera vez en Europa, primera vez en París, primera vez viviendo sola. Hace 5 años veía con ahínco la manera de sentarse de la chica que lloraba en el metro, o la fisura del habla del que pedía dinero. Hace 5 años, las calles de París eran el escenario para descubrirme, para descubrir, para que el mundo, el otro lado del “charco” se me presentara ante mis ojos. Tenia 21 años, entraba en una universidad con un sistema que era completamente desconocido y daba las gracias en otro idioma que no era el mío. Aprendí de vinos, aprendí de quesos, aprendí que a veces una sonrisa puede ser lo más extraño y que pedir comida por teléfono puede resulta en una pesadilla si el mensajero confunde 5 con 100. También aprendí que no todo silencio es negativo, o que no todo callar es sinónimo de tormenta. A veces simplemente no se sabe qué decir. A veces se ama desde la extraña calma de un corazón que no habla. Hace 5 años fue difícil volver a Caracas, vivir de nuevo con los padres. Pensar que se tenía la independencia que era solo propia de un respiro, de una pausa de la “vida real”. Todo lo vivido parecía un cuento, otra historia. Cinco años después estoy en la misma ciudad. Volví. Al mismo sistema que no entendía, a la misma casa en Levallois que mi hermana Dasza me ofrecía. Volvía a donde tenía que decir merci y no gracias. A sonreír cuando se decía algo que no se entendía y a aceptar que no había nada malo en la equivocación de la R. Que no es mi lengua, pues.

Volver 5 años después, amando ese silencio del sentimiento. Esa levedad del cariño. Aceptando la temporalidad y el pertenecer a un lugar que no se posee. Amando en la distancia, pero amando. Soñando con el encuentro, imaginando la mano rozar el traje, desabotonar la blusa. Acortar la distancia. Cinco años después estoy en esta ciudad que no es mía y tampoco de él (sí, un “él” entra en la historia) pero que es de ambos. Nos despedimos en Saint Lazare, lo recuerdo. Yo crucé a la izquierda y él a la derecha, escaleras abajo. Lloré hasta mi vagón, me senté, había una chica al lado que me dijo “ça va aller” y me dio un pañuelo. La vida, siempre, va. Va y tenemos que ir. En ese momento pensé en la distancia, en la incapacidad del cuerpo de tocar la herida pero ahora, dos meses después entiendo que sí, que la vida siempre va, siempre sigue y que hay amores que cruzan océanos, que hay amores que no se acaban en los labios de nadie y que tienen el tiempo de esta nerviosa paloma que hoy en la tarde se posa en mi balcón para recordarme que el día tiene su hora y que mi vuelo va hacia él.

La noche que hoy llevo dentro

Paris, 15 novembre 2015.

París, 15 noviembre 2015.

Hoy el sol sobre París molesta. Yo, que sueño con días en los que el cielo esté azul, y las nubes resalten como algodones. En los que el sol caiga directo y no haya el cielo, gris, blanco, que me hace perder las coordenadas de mi cuerpo pero que es tan común en esta ciudad. Yo, que sueño con decir “día tropical” y sonreír, hoy siento que el sol me sobra. Que el sol, la luz, el cielo azul, entra en conflicto con el sentimiento frío que se apodera de mí. El shock pasa y entra un dolor, una tristeza, que busca una blancura sobre la cual entregarse, sobre el cual verse, como en un espejo, y compartir el duelo. Como si compartiendo el duelo con su cielo, todo tuviera más sentido. Como en una película que llueve cuando el personaje principal está triste, o llueve y luego viene una depresión o momento cumbre. Pero hoy París nos responde con sol, con sol y ganas de salir a sentirlo, con ganas de ver las calles aunque sé que estarán vacías. Reacciono lentamente. A mi cuerpo le ha tomado dos días entender que hace menos de 5 días caminaba yo por calles cercanas con mi novio y mis padres y pasábamos cerca del restaurant en el que, como un testigo dijo, “yacían sentados cuerpos sin vida aún con el vaso de cerveza en la mano, y la cabeza en la mesa”. Me tomó dos días darme cuenta que el viernes anterior, Dasza, Katia y yo habíamos ido a un bar de vinos y quesos a unas cuadras de allí y que la que nos atendió, amiga de mis amigas, vivió el horror de cerca y tuvo que quedarse encerrada en el lugar toda la noche custodiada por la policía. Me tomó dos días procesar que ese terror, es el terror de muchos en otras partes del mundo y que pareciera que hay muertes que importan a unos más que otras. Me tomó dos días decir “pudimos ser nosotras”. Quizás porque viniendo de Caracas, viendo la cantidad de muertos por violencia común, esa frase, esa frase se piensa casi a diario. “Pudimos ser nosotras”. Y no lo fuimos y pienso entonces, en los que sí lo fueron, en sus familias, y en las familias de aquellos que viven bajo una guerra constante. Pienso en los niños y en las víctimas. Pienso que esta vez fue en una zona poco turística, donde en la noche los locales, restaurantes, bares, se llenan de gente variada, bohemia, sobre todo joven. Pienso que no sé si pueda comprender que matar sea para algunos la misión de vida.

Hoy despierto, más triste, por París y por Beirut y por la humanidad entera.  ¿Soy naïf por decir que me duele el mundo?¿O cliché? A veces los sentimientos son así, inocentes. Me permito la inocencia, me permito soñar con un mundo menos violento. Desde Levallois, mirando el Sena, las calles de París se me hacen ajenas. Aquí siempre hay silencio, aquí siempre hay sábados tranquilos y domingos casi sin movimiento pero hoy sé que estoy en una ciudad en duelo, que en este momento son muchos los que lloran.

Salir. Porque las ganas de decir adiós al que se ama y parte son mayores que el pesar. Pasear tomados de las manos y ver que ese sol, ese sol que me molestaba en la mañana y que me hizo ver que sí hay tristeza en mí, que sí hay temor, cae hermosamente sobre la Nôtre Dame, sobre el Pont Neuf, y que la belleza no ha sido alterada. Algunos jugando la pétanque, otros reunidos alrededor de la catedral buscando consuelo, otros turistas perdidos en su mapa. El duelo lo veo en el silencioso río que sigue sereno su cause, y en el atardecer que cae leve sobre los edificios. Me despido con un beso, un beso largo, salado y vuelvo a casa.

Nadie ve mi ventana, vivo en un edificio alto, pero esta noche habrá una vela que ilumine la noche que llevo dentro.

Parc de Sceaux

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Ayer corría sobre hojas secas pero parecía que nadie había hecho ese camino, no había trazo, ni ruta. Pisaba fuerte la hoja, y el sonido de hojarasca me anunciaba que era la primera que caminaba por allí. Me concentré en el ritmo del chasquido, como si así pudiera olvidar que mi pie izquierdo sangraba y que con cada paso dado, había una herida que dejaba soltar la sangre del zapato que días atrás lucía bien pero hacía daño. Al pasar por la orilla del río, más de 10 cisnes dirigían su nado en dirección contraría a mí. Algunos rezagados estiraban sus patas traceras, en símbolo de descanso, flotando ligeramente mientras los patos se acercaban sin interactuar. Los cisnes y patos compartían el agua pero no así el tiempo. Un ratón jugaba a meterse entre las rocas húmedas sin percatarse de la presencia de los otros. De lejos, un perro eufórico ladraba y buscaba llegar a ellos. Continué mi trote, chaz chaz chaz chaz, única música posible. El quiebre del color, la llegada del bronce había anunciado semanas antes el cambio de estación. Ahora era solo preámbulo de los tiempos blancos por venir.
La nube colapsó el instante ante nosotros.
Trajo la lluvia el silencio de la hoja, el silencio del color que se lava la cara con cada gota. El paso antes sonoro se convirtió en barro, y los pies dejaron de ser dos para ser cuatro. El paraguas cubría a media los cuerpos. Se juntaron más. La lluvia invita a la intimidad incluso en un parque. Los mismos patos se paseaban, sin consciencia de sí mismos, pero permitiéndome ver que los días eran dos, que no estaba en la orilla del Sena y que los cisnes esta vez no tenían cuellos sobre los cuales guindar mis deseos.
Mis pensamientos adquirieron forma espiral, al igual que los jardines del castillo. Se hizo mi boca orangerie sin naranjas y solo la fuente, sobre la que otrora el niño perdido jugaba con la angustia de la madre, se me presentó como solución: seguir, fluir como su agua, siempre presente.
De su beso vino la más fuerte convicción de instante.