Quiero ir, no volver.

No había querido. Había preferido evitar las líneas, evitar los detalles de lo que significa una mudanza, una mudanza de país,  reencontrarse con la ciudad que hace tres años me había recibido: París. Uno sale, pisando líneas cruzadas, colores que han perdido su continuidad, contando los espacios grises, el trozo de fisicromía que se llevó el tiempo y pensando que mejor es luego no decir nada. Otros pisan otros aeropuertos, se dan otras despedidas. No es el fin del mundo, la historia está llena de inmigrantes. Pero esas son historias de otros, vidas de otros, pienso. Yo sé de la mía.

Pensaba que tenía controlada la nostalgia, que unas cuatro estadías en el exterior de menos de un año me habrían dado algo de experiencia. Pero entonces descubrí un día que la ciudad que no me permitió llevarme todas mis medicinas en la maleta, la ciudad que me dio miedo despedir y que me daba miedo respirar, me había abandonado hace rato. Y ahí la nostalgia tocó puerta. Me enfoqué en mi objetivo. Celebré lo que venía, di gracias casi en forma de mantra al esfuerzo familiar, a mis logros personales, a la Virgen, a Santa graciasportanto. Emociona aferrarse a la nueva aventura, pensar en todo lo que está por venir. Toda la gente por conocer. Llegué un día antes de comenzar clases, y con jetlag incluido empezó el semestre de 9 materias. Temas que nunca antes había estudiado. Gente de más de 100 nacionalidades, debates, información, información, información. Un nuevo idioma por aprender, empezando por su alfabeto. La casa vacía, el frío en las calles. París llena de turistas, de nuevos deseos de año. Un intento de preparación de pesto a las 10pm de un miércoles que terminó en la sala de emergencias. Sutura. Independencia. Fortaleza. No hay tiempo para la raíz.  Sin darme cuenta, o dándome cuenta, pasaron 6 meses. Seis meses escuchando qué se ha hecho en el pasado mal para intentar promover desarrollo en los países en desarrollo, qué es lo que se intenta ahora. Seis meses conociendo a gente que quiere terminar rápido la maestría para volver a sus países para trabajar por él. Seis meses viendo que Venezuela es casi el ejemplo perfecto para todo lo que está mal. Para cualquier “excepción” negativa, Venezuela calza perfecto. Trofeo de la nostalgia. Seis meses dándome cuenta que mientras más me alejo, más quiero estar ahí. Camila, qu’est-ce qui se passe au Venezuela? Camila, what’s going on there? I read there is no condoms! Desarrollé un discurso más o menos breve, compacto, que intenta explicar qué pasa, porqué estamos dónde estamos y siempre termina en “pero si todo está tan mal, ¿por qué la gente no sale a protestar?”. Entonces ahí comienza el otro discurso, el de hablar del efecto de los regímenes totalitarios a lo largo del tiempo, el terror, el miedo, etc. Todo se complica, la conversación que debía durar 10 minutos termina siendo de una hora y al final siempre llega una disculpa, un “qué lástima y con tanto petróleo… Menos mal que estás aquí”. Duele.

Descubro que quizás la historia podrá estar llena de personas que han partido pero eso no lo hace más fácil. Descubro que lo que estudio me lleva irremediablemente a dónde vengo. Que exponerme a un ambiente internacional hace reafirmar mi origen. Desborda el deseo de tener una oportunidad para construir. Descubro que la Venezuela de Tu Caracas, Machu de uno de mis abuelos, y la Cumaná del otro no son solo sentimentalismos, o historias de familia, son lugares a los que quiero ir. Descubro que yo, la que ha presionado a tantos amigos a salir, a viajar e incluso a cambiar de dirección, guardo una profunda esperanza de volver a mi país. Descubro, más bien, que no quiero volver sino ir. Ir a un país aún inexistente, a un deseo de país. A una idea de país. Ir a lo que no conocí, a lo que no conozco, al país quizásalgúndía. Ir al centro de lo que somos, de lo otro que podemos también ser. La realidad de allá me da en cambio, noticias llenas de sangre, asesinatos, abuso de poder, crisis, escasez, más amigos que se van, otros que se casan, el dólar a 200 bolívares, mi abuela con sus bromelias y mi gata en el regazo de mi madre.

Llevar en ti el país, línea a dónde querer ir, y a dónde no querer volver.

Sombra la hora

Boston, Estados Unidos, 2014.

Boston, Estados Unidos, 2014.

sombra la hora dividida en dos otro reflejo de la estancia
enmarca el tiempo entre tallos paralelos
vertical ascendente la espera

nube guarida tierra en aire
recto el acero distancia entre lo otro y lo nuestro

oro aguja seis y media de tus ojos
sombra la hora once y cinco de tus piernas

espiga ventana cerrada del deseo.

Dos caídos

Dos animales muertos

para ser más exacta, dos rabipelados

cadáveres yacentes en medio del pavimento

¿para que prestarles atención?

dos animales más de los tantos que siempre vemos

a la orilla, a un ladito

 
Uno retorció sus patas

ese último respiro me sorprendió

ese quiebre

o cómo decirlo

intento último de vida sí, eso fue: un último intento de vida

 

Día soleado de nubes blancas inocentes nubes blancas

no se imagina uno malos presagios cuando el cielo está azul

horas después del mismo 12 de febrero

dos estudiantes muertos

dos caídos más

a este gobierno no le importa

dos, tres, cientos

¿cuántos han muerto, cuántos matarán?

 

La mentira atraviesa sus lenguas cuando hablan de paz

pero saben que su paz es una paloma blanca

devorada por los cuervos

 

Somos rostros anónimos

para ellos

un número

un número que va de resta en resta.

Personas fugacidadaltacto

Lucio Fontana

Lucio Fontana

Hay personas fugacidadaltacto. Hay personas raícesquenorespiran. Hay personas soyunecoquenoescuchas. Hay personas estáprohibidotocar y otras, en cambio, muy vencaminaporlacasa. A mí siempre me han llamado la atención las del primer grupo. Son personas que fluyen, se dejan asombrar y asombran, se apresuran al contacto, la intimidad primera no tiene frenos, abren corazón rasgadura lienzo de Fontana. Hacen creer y se creen que lo eterno está en el instante y el verso de Borges “El hoy fugaz es tenue y es eternoes su mantra. Son etéreos pero también suelo. Fugazmente realidad y presente que parece eternidad. Dicen cosas tipo “no es solo esta noche pero si lo es, sería entonces una noche eterna” y las palabras no les producen temor. No creen en eso de “al nombrar, creas”.  Viven y hacen vivir una verdad que solo dura poco. Verdad-anzuelo que atraviesa los labios, boquita abierta. Pez que ya es pescado. Son personas que al tener el pezmirasusbranquiasaunsemueven en las manos, se arrepienten. Retroceden. Cierran la apertura. Cosen la rasgadura. Rezan “vive, pez, no te mueras” y lo devuelven al mar. “Dejando ir te estoy salvando”, dicen. Pero la verdad, es que están salvándose ellos mismos de tener que lidiar con la permanencia. Son fugaces para ganarle la carrera al miedo, pero el miedo, el miedo siempre gana. Y ellos pierden.

¿Por qué nosotros?

Elliot Erwitt, 1955.

Elliot Erwitt, 1955.

Es importante que encontremos cinco respuestas a la pregunta “¿por qué nosotros?”, escribo en unas recomendaciones para el trabajo. A los días abro el documento, leo solo esa línea y me pregunto “¿por qué nosotros?” Porqué no los otros, el otro, aquel par, aquella niña que llora la pérdida de su madre, sin saber que es pérdida total, irrevocable. ¿Por qué nosotros? Porqué no ese hombre que se halla padre de tres, viudo, porque entre la vida de ella y la vida que venía, la madre eligió la criatura, mientras el cáncer avanzaba.  ¿Por qué nosotros? Porqué no la abuela que ha criado ya a hijos, nietos y bisnietos y aún tiene que cocinar el día a día sin otras manos que la asistan. ¿Por qué nosotros? Y no aquel, que necesita el hilo reparador, la pega que junte los trozos del corazón sintético. ¿Por qué nosotros? Y no los que siempre andan buscándose, y se rozan, pero no se ven, y ni se encuentran. ¿Por qué nosotros? Si la existencia de un “nosotros” exige decisiones, exige precisar el tiempo aunque parezca inoportuno y para esas cosas no estamos ahora.  ¿Por qué nosotros? Si el cauce se ha llevado las raíces. ¿Por qué nosotros? Si somos dos troncos que van corriente abajo. ¿Por qué nosotros? Si somos imposibilidad geográfica. ¿Por qué nosotros?  Si es más fácil la misma cama, el mismo sofá, las mismas manías, la vuelta de la esquina, lo conocido. “¿Por qué nosotros?”, pregunta egocéntrica, egoísta, prepotente, ridícula. No tengo cinco respuestas, solo el atisbo de una que muta de piel y aún así no sacia la necesidad de quien quiere siempre encontrar respuestas en donde no hay más que un puñado de signos de interrogación que entre ellos se reproducen para ser de la duda, el hambre, y también el pan. 

Impaciente amar

The Bride Stripped Bare by Her Bachelors, Even (The Green Box). Septiembre 1934. Marcel Duchamp

The Bride Stripped Bare by Her Bachelors, Even (The Green Box). Septiembre, 1934. Marcel Duchamp.

Hemos perdido la tradición epistolar. El pensar cada palabra con cuidado, con extrema determinación, como si no hubiera vuelta atrás una vez que la pluma ha tocado el papel. Ahora somos una instantánea, un ir y venir a velocidades kb/s. El límite de la velocidad está determinado por la banda del internet o el servicio de datos del celular. Nos hemos convertido en seres impacientes – o así pareciera. Pero… ¿Cómo no? ¿Cómo no ser impacientes si vivimos en un mundo donde todo ocurre de manera fugaz?

Mi abuelo solía enviarle telegramas a mi abuela desde el rincón de Venezuela en el que estuviera de viaje. El telegrama – ancestro del tuit – solía ser una pequeña dosis concentrada de añoranza. Pequeña dosis concentrada que respondía a la necesidad de hacerle saber al otro que su presencia era real aunque hubiese distancia de por medio.

Al irse de viaje a Italia, le envió una carta por día, describiéndole su estado mental. El entorno pasaba a ser secundario, y lo único importante era la comunicación continua. ¿La diferencia a estos tiempos? No era simultánea. Él esperaba con ansías las respuestas de alguien que lidiaba con la cotidianidad, la realidad de desayuno, almuerzo y cena y los niños llorando. En un punto, él desespera. No sabe de ella, de los hijos, ni de nada de lo que ocurre en su casa. Porque a pesar de estar lejos, él quería los detalles accidentados de lunes a domingo. De él brotó la misma desesperación que sentimos cuando no han respondido el mensaje de Whatsapp. Hizo, incluso, un recuento de la fecha en que recibió por última vez una carta así como vemos la última vez que ese, el que queremos, se conectó. Entonces 1956 y 2013 se unen: la impaciencia del amante no sabe de tecnologías ni tiempos. Es exactamente la misma deriva, el mismo sentir de abandono. Como si la distancia, entonces, lograra quebrar, fracturar, la comunicación que tienen los cuerpos, el lenguaje silente del roce.

En aquella oportunidad el servicio de correo estaba en huelga, y por eso él no había recibido ni una carta. Según lo que leí en su detallada descripción, cuando él descubrió que no había sido olvidado, que había una causa externa, una explicación puntual de porqué el silencio de su amada, sintió un alivio, un resurgir de la seguridad del que ama. Como si la certeza del otro fuera tan débil así. Como si uno pudiera perder al otro sin explicación aparente. Ella – la causa, explicación o razón – es un reavivar de la llama, un retomar del otro. Un saberse en el presente.

Hay en la distancia un tejer transparente de las almas, una confianza que pende de la comunicación. No hay en la lejanía ojos que calmen, silencios que sean respiros. Hay magia y misterio. Luz y sombra. La distancia hace del ausente, presencia, pero trae con sí los fantasmas que amenazan la sonrisa frente a frente al papel – o la pantalla.

Queda

soltar, abrir siempre las manos, atar un nudo intangible pero concreto que una el presente con el encuentro próximo.

Queda

ser en el otro aunque no sea su piel la que despierte tu mañana.

Contigo, AAA.

Por ti.