Domingo en Aguas Calientes

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Aguas Calientes, Bolivia, 2016. 

Voltea, detrás de ti está el naranjo, me dijo. A mi espalda, la llama torcía su color, giraba a rosa y había, entre las ranuras del final de la tarde, un velo blanco que matizaba el incendio. Los rieles vacíos no eran más que una invitación a la espera del tren que nos llevaría de vuelta a casa. Sus líneas, sin fin aparente, creaban la ilusión de destinos no pensados y de que siempre hay más, que siempre hay una ruta que se extiende y un viaje por iniciar. Sin embargo, los dos varados en el pueblo cuya iglesia no abre y los cerdos salen a comer pasto a diferente hora que las gallinas, esa idea se hacía ridícula. La luz perpendicular sobre la punta izquierda del tejado y la cruz a medio cuerpo, nosotros a cuerpo completo sobre un banco. Miramos las hormigas trasladar el verde. Su paso constante, pero casi imperceptible, nos hizo creer que junto a ellas se movía también el suelo, nuestro suelo. El miedo a la picada, a la reacción alérgica, aceleró nuestro paso. Decidimos caminar por las cuadras, darle vuelta a la manzana. De fondo, a veces música, una cumbia o alguna canción en portugués porque estábamos más cerca de Brasil que de Santa Cruz. Al doblar la esquina, un perro se sintió ofendido por transgredir la línea divisoria, entramos sin saberlo, en el terreno que él tan orgullosamente cuidaba. Nos ladró, de los colmillos guindaba baba, para mí, casi rabia. Sigue caminando, no lo veas. “¿Y si nos persigue y ataca por detrás?”. Risas. Ya habíamos dejado atrás al señor de los espacios abandonados cuando de pronto, en la otra esquina un gato masticaba con fe de fin de domingo algo que no identificamos, parecía una culebra. Me asustó. Me excusé diciendo que soy de ciudad, que mis contactos con la naturaleza salvaje se reducían a algunos veranos en los que iba a la finca de mi padrino en Chirgüa, o de mi otro padrino en Acarigua. Recordé con gracia la vez que un sapo tamaño mutante yacía en la poceta donde Jimena acababa de orinar. La circunferencia de la manzana era lo suficientemente pequeña como para que en 15 minutos ya estuviéramos de vuelta al banco donde jugábamos cartas minutos antes. Los cochinos ya no estaban, tampoco los gallos ni las gallinas, los actores habían dejado vacío el escenario. Estábamos los dos, y quien sabe si algún mirón, de esos que durante todo nuestro viaje nos veían con desconfianza y curiosidad.

Cuerpos sumergidos. Expele el barro su calor sobre mi espalda. Turbia corriente sin fondo. 

 Domingo en Aguas Calientes y el cielo que preparaba el relámpago. De frente, la corriente eléctrica dividía la nube en dos, o en tres. Él intentó capturar lo que es efímero, lo que solo estaba para que viéramos sin poder guardarlo. Nos percatamos de que la noche había llegado cuando las dos luces del tren se proyectaron en los rieles. Nos montamos en un tren que mecía la hora, que nos hacía notar con el sonido de su mecánica el avance del tiempo, lo que dejábamos y a donde nos acercábamos. Nos miramos, no reímos tanto esa vez. Al menos no él. Me sentí mercancía en tránsito, producto a destino, bien a ser vendido. A que jamás olvidaremos esto, dije. La tela gastada cubría los asientos, azul otrora eléctrico, ahora más bien opaco. Nos abrazamos en medio de los transeúntes internos que pasaban de un vagón a otro, en medio del vendedor ambulante de aaaasaditos, aaaasaditos y cafecito brasileño, dos bolivianos, cómprelo, en medio de la película a todo volumen que nadie veía y en medio de un entorno ajeno que hicimos nuestro bajo el secreto del ruido y el silencio de las ventanas selladas. 

Bar secreto

Buenos Aires, 2009.

Estar en una ciudad ajena hace que quieras apropiarte de ella, así sea montándote en sus autobuses, o en su metro, o conociendo los lugares secretos a los que solo los habitantes de esa ciudad tienen acceso. Una de las noches en BA, M me dice que vamos a ir a un bar secreto. Yo, sin que eso me hubiese impresionado mucho le dije “qué fino”. Me parecía que si un par de turistas habían llegado a un bar secreto a través de internet, no podía ser tan incógnito. La verdad era que una amiga que vive en BA desde hace tiempo nos había invitado. Decidimos tomar un taxi para llegar directo. Era algo lejos y luego de caminar más de 50 cuadras durante el día, no quedan muchas ganas para la noche. Con el taxi nos ahorraríamos preguntar, sacar el mapa, corrijo, buscar un poste con luz para sacar el mapa, dudar de la dirección en la que estábamos con relación al mapa, posiblemente discutir  “es a la derecha, no, es a la izquierda”, etc…. Tomamos el taxi. El taxista conversador nos habló de lo típico, la K, el control cambiario, la mierda en la ciudad, y terminó con el clásico “¿y qué pasó el 7O? Pensábamos que iba a ganar Capriles. ¿Hubo fraude?”. M y yo no logramos escapar de esta pregunta ni siquiera en el extranjero. Nos miramos con un “si este supiera lo que fue ese día para los dos” y respondimos a unísono “no, no hubo fraude” .  El caso es que, según el taxista, ya habíamos llegado a la calle Arévalo, donde estaba el bar secreto. Pagamos, nos bajamos y empezamos a buscar el número de la casa. No estaba. Yo, algo sarcástica, digo “yo sé que el bar es secreto pero no estamos en Harry Potter como para que ni siquiera la casa exista”. A Mno le causó tanta gracia. Me decía, “sigamos buscando”. No estaba esa casa. De pronto, pensamos, “¿será que esta no es la calle?”. Efectivamente, no era la calle. Como no tenía mi mapa (porque nos habíamos ido en taxi para evitar todo eso), no teníamos idea de dónde carajos nos había dejado el taxista. M pregunta a una gente que tenía cara de saberse sus pasos y le responden “creo que es tres cuadras más arriba”. El taxista, con su súper GPS nos había dejado en otra calle y hasta nos había deseado suerte y un “en esta calle no parece haber ningún local”. En su momento pensé “claro, señor porque es secreto” pero había tenido razón, no había ningún local porque nos había dejado en una calle que él mismo se sacó del orto.

El Perejil

A MB

Perejil

Uno nunca sabe dónde (o cuándo) comienza una discusión, ni dónde (o cuándo) termina. Yo creo que esta discusión comenzó al haber utilizado perejil para una carne molida. Definitivamente ese tuvo que ser el comienzo porque de haber utilizado otra hierba tal discusión no se hubiese dado. La secuencia de eventos fue la siguiente:

– Amor, qué rica te quedó está carnita, tiene sabor a comida árabe.

– Sí, es porque le puse perejil.

– Pero también puede ser influencia española en los árabes.

– No vale, es al revés, por favor.

A partir de este punto francamente no sé qué vino. Llegamos a niveles como “la invasión de Constantinopla fue en 1453” y “los turcos, te hablo de LOS TURCOS, cuando invadieron Grecia”. Todo era tan absurdo como el mismo hecho de estar discutiendo por un perejil. Para despejar dudas: internet (les recomiendo no seguir este procedimiento a la hora de una discusión con su pareja). Google: Historia del perejil. Descubrí que hay una Isla de Perejil que se disputan España y Marruecos,  que en un país – no sé cual porque no descifré de donde era la página – un perejil es una persona que es acusada por un policía de un crimen que no cometió y que los griegos la utilizaban como planta “mágica” en el medioevo – creían que tenía el poder de matar a un “enemigo”. Cada detalle que daba de lo que leía en internet se convertía en viento para una llama de fuego, es decir, la cosa se ponía peor y peor.

Yo estaba indignada por estar discutiendo por un perejil pero ya entendía que no era el perejil en sí, habíamos entrado en una lucha por la razón. Interminable. En ese momento me di cuenta de que estábamos recreando cualquier escena de una película de Woody (Diego Marcano, que razón tenías aquella noche en París al decirme que mi vida es una peli de Woody) y que ese tenía que ser el tema más absurdo por el cual una pareja discutía. El problema era que yo no tenía la capacidad para poder reírme sobre todo el asunto. No aún. Así que me acosté a dormir. Al rato de caras serias (y silencio), él se me acercó y me dijo riendo: “amor, ¿sembramos una matica de perejil?”  y esa pregunta, creo yo,  fue el fin de la discusión.  Ahora sí me río y mucho.

Sobre el Leviathán de Anish Kapoor [Monumenta 2011]

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Un aire rojo que cubre los pies de los visitantes y una sensación de calor que se destila del color. Un monumento ante nuestros ojos que me lleva a los instantes en que acostada en la arena de alguna playa, cerraba los ojos y quedaba ahí latiendo una incadescencia. En el folleto que me dieron, Anish Kapoor dice que él espera que entrar en su espacio dentro del espacio sea una experiencia contemplativa y poética. Para mí, lo fue. Hay una poesía encerrada entre las líneas difusas y dependientes del sol. Hay una poesía entre los cóncavos que se crean y las sombras que se proyectan reflejando las vigas del Grand Palais. Contemplo el gran potencial del negro que tiene el rojo, como él dijo. Pero de pronto es un rosado leve el que ilumina estas páginas. Una luz que me hace trascender estando aún sentada. Pienso entonces en las fotografías del cosmos o de alguna estrella.

Vigas Grand Palais, Leviathán de Anish Kapoor. París, 2011.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

El título de la obra, “Leviathán” me lleva al monstruo bíblico, también al Estado de Hobbes. A la fuerza de la obra que, a la manera imponente como se te presenta luego de que aceptas entrar en su interior. Es darle a la obra el poder de hacer de ti parte de ella misma. La gente aplaude y se crean ecos de ecos. Sientes como van a las concavidades y regresan multiplicados. Cuando no hay sol, son las líneas negras propias de las lona de la obra que nuestros ojos miran. La obra va al ritmo de la nube que tapa al sol. La obra va al ritmo de la nube que tape el sol o que lo deje desnudo. La sombra se proyecta en líneas que se cruzan [maya incandescente]. Mi piel se tiñe de la monocromia de Anish Kapoor. Somos todos parte de la obra y al mismo tiempo no somos más que espectadores. Regreso a la era que no recuerdo, a la imagen del universo que algún satélite captó. Siento en mi piel el aire ancestral que me lleva a la línea que se dibuja en la curva del Leviathán.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Le Grand Palais está dentro de la obra en forma de sombra. Al salir por una puerta giratoria llena de misterio, un hombre informa que la visita no ha terminado y  hace una seña para que uno continúe a mano derecha. Obediente sigo el camino y al girar está frente a mí el cuerpo del que ya he visto las entrañas. La obra dentro del Grand Palais. Las curvas siguen pero sin concavidades. Es una experiencia que se vive a la inversa. De lo interno a lo externo. Del misterio a lo develado. De la metáfora al objeto. De la idea a la materia. Del negro en lo rojo a la luz blanca de las 4pm en el azul del cielo parisino.

Grand Palais, Paris, 2011.

Una turista entre todos los hinchas

De pronto, descubro que él es hincha de los Rojos del Ávila. Digo, “vale, otro más”. Pero luego descubro que es realmente hincha, que va a todos los juegos y que forma parte de una Barra brava. “Bien, puede ser fanático de algo”. Yo no puedo ser fanática de nada, pensé. A partir de ese momento, sería él con sus domingos rojos, y yo con mis domingos tranquilos. Este plan fue interrumpido con su propuesta a asistir a un partido de CCS-Lara. La curiosidad de gato pudo más que el desinterés explícito que he tenido siempre hacia el futbol en general (y cualquier deporte -con inconstantes excepciones). Así que acepté. “Total, hay que vivir eso así sea una vez”, me dije. Estoy segura que él me invitó sin tener esperanzas de que yo dijera que sí. O que diría que sí, pero que luego cancelaría. Pero no cancelé. Me puse mis zapatos de goma – olvidados en una esquina de mi cuarto y partí a la aventura. Estoy segura que por más que quisiera pasar desapercibida era imposible. Era como si tuviera un cartelito que dijera “es mi primera vez en el estadio, brinco brinco de la emoción” – mas estoy segura que mi gestual no era así. Hicimos la cola, entramos, pelée para conseguir un agua mineral – “aquí no sabemos de vicio”, me decían, “sólo vendemos cervezas”. Hubiera sido refrescante una cerveza – para intentar aún más pasar camuflajeada pero los antibióticos y las cervezas no son pareja. Subimos a donde se ubica la barra 4.20. Fuimos recibidos con unos cánticos en los cuales incluían su nombre y una ráfaga verde. Yo, al lado, como la novia que no tiene idea de como actuar. Poco a poco se fue armando una atmósfera de energía convergente. Miles de personas en torno a un mismo sentir, a una emoción casi sobrehumana. A una sincronía de voces. De vez en cuando los que estábamos en este lado, teníamos que callar para saber qué canción habían comenzado y como si existiera un director de esta inmensa coral, seguir la pauta. Yo miraba. Miraba los tatuajes del escudo del CCS que varios llevaban en brazos y piernas, miraba al que movía la bandera, miraba al que se quitaba la camisa, miraba al que escuchaba – simultáneamente- la narración del partido por radio. Y miraba, por supuesto, el partido. Él cantaba, brincaba, reía del momento y de mí – por supuesto. Después del segundo tiempo, empecé a sentir una transformación interna. Algo estaba pasando. La emoción, la emoción que siempre he considerado ajena, de otros, empezó a recorrer mis venas, mi impulso, mi ritmo. Todo empezó por los pies, ligeros movimientos rítmicos y de pronto, lo inimaginable, mis labios. Mis labios comenzaron a moverse. A pronunciar “roo, dale, dale, roo”. Él se dio cuenta, sonrió y bromeó. La crítica de la fanaticada, casi desmedida, pedía un cambio de entrenador mientras que yo seguía siendo una turista entre todos los hinchas. Varias horas después, seguía temblando el estadio. Al menos, para mí.

Cuando no estoy despierta

Marché aux puces. Paris, Fracia, 2011.

Habías nacido. Eras la tercera hija de mi madre, mi segunda hermana. Te llamabas como la segunda. Jimena. Fui por ti al hospital. Al verte, todos mis sentidos se conmovieron. Estabas cubierta de mantas azules turquesa. Te sujetaba con fuerza,  me daba miedo que te cayeras. Las escaleras eran en espiral y alfombradas de color azul índigo. Logré pisar tierra firme. Él me dijo que iría por el carro, que esperara allí. Que esperáramos. No hice caso e intenté caminar para acercarme. Lo primero que vimos al salir del hospital fue un mar, un mar vasto, cristalino. Te dije “qué hermoso debe ser que lo primero que veas en tu vida al nacer sea el mar”. Tú hiciste un gesto de aprobación. Tus ojos estaban abiertos. Me hablaban. De pronto, nos encontramos con un charco y un aviso que decía “mayor reserva de pirañas en el mundo”. Eran miles. Podíamos ver sus afilados dientes. Las superamos. Pero entonces, entonces escuché un “crash”, un desmembramiento. Como si fueras un robot. Tus párpados cerraron. No respondías a mi llamado. Regresé corriendo al hospital. Algo te pasaba. Yo lo sentía. Te coloqué sobre la camilla. Dije “algo le pasa”. Ellos se miraron. Miradas de complicidad triste. De tragedia. Dijeron que te harían una radiografía, como decir que vas a tomar un café. Cuando volvieron, me la mostraron, te habías roto. Estabas completamente rota. Tus miembros se habían desprendido de tu torso. Colgaban cables. En medio de todo el fuerte dolor y la fría sensación de no haber escuchado ni entendido nada, aparecieron papá y mamá felices. Venían a conocerte. Pero ya tú no estabas. Te habías ido. Y yo, yo me quedé con tus ojos mar y este maldito sueño que no comprendo y que hoy te narro.

Diálogos triviales entre poetas


Librería Shakespeare and Co, París. 2011

1.

– Él: No es bueno colgarse el tiempo al cuello.

– Ella: Este tiempo es de cuerda. Es un ejercicio de constancia.

 

2.

– Él: Ni siquiera lo pienses muy alto. Podría traerte karma.

– Él 2: Es verdad, el pensamiento también tiene decibeles.

 

3.

– Él con él mismo: Yo mismo creí que dos versos no eran míos, por eso están en bastardilla.

 

4.

– Ella: Contigo es que tengo que hablar, sabes mucho de blogs, ayúdame a arreglar el mío.

– Ella 2: A ver, ¿qué sucede con tu blog?

– Ella: Intenté entrar en el mundo HTML y me perdí.

– Ella 2: Tranquila, dale a HTML y luego “expandir artilugios”.

– Ella: ¿”Expandir artilugios”? ¡Qué poético!

 

5.

– Ella: Me meteré en un gimnasio para recibir mi cuota de endorfinas.

– Él: Jajaja. ¡No, no! Come chocolate, ¡te lo ruego!

– Ella: No es tan efectivo.

– Él: Mmm, bueno, promete que dejarás el gimnasio cuando consigas a un chico inteligible.

 

6.

– Él (refiriéndose a un sueño que Ella le contó): ¡Mierda! ¡Qué fuerte! Eso no es un sueño, es una noticia.

– Ella: ¿Una noticia? ¿De qué? Ay no no, qué pavoso. Ni de broma.

– Él: De la página de sucesos.

– Ella: Ah, ¡una noticia! Ya entendí. Me había asustado.

 

7.

– Ella: ¿Cómo estás?

– Ella 2: Estoy… Estoy buscando el adjetivo… No lo encuentro.

– Ella: No suena bien.

– Ella 2: Ah, ¡ya sé! Estoy… Descomprimiéndome… ¿Esa palabra existe?

 

8.

– Ella: Te amo.

– Él: Corrijo: Amas la parte cruel en mí. Pero está bien, esa es la mejor.

– Ella: Jajaja, amo todas menos la terca y obstinada.

– Él: Amas todas menos la que se parece más a cierta partecita tuya.

 

9.

– Él: Si alguien me escuchara en estos momentos, probablemente se burlaría de toda mi disertación absurda sobre el Medio Oriente.

– Él 2: Menos mal que en esta mesa no hay narradores.

 

10.

– Ella (interrumpiendo una inútil conversación sobre la utilidad del cine): No sé, yo ahora sólo pienso si la tarjeta de crédito que acabo de dar, va a pasar.

– Él: Jaja, muy bien, siempre es bueno hacerse esa pregunta.

– Ella: Es que pagué todas las cosas de mi gata la semana pasada y no sé si luego pagué la tarjeta.

– Él: Bueno, queda el consuelo que siempre es mejor pagarle las cosas a tu gato que a tu novio.