Domingo en Aguas Calientes

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Aguas Calientes, Bolivia, 2016. 

Voltea, detrás de ti está el naranjo, me dijo. A mi espalda, la llama torcía su color, giraba a rosa y había, entre las ranuras del final de la tarde, un velo blanco que matizaba el incendio. Los rieles vacíos no eran más que una invitación a la espera del tren que nos llevaría de vuelta a casa. Sus líneas, sin fin aparente, creaban la ilusión de destinos no pensados y de que siempre hay más, que siempre hay una ruta que se extiende y un viaje por iniciar. Sin embargo, los dos varados en el pueblo cuya iglesia no abre y los cerdos salen a comer pasto a diferente hora que las gallinas, esa idea se hacía ridícula. La luz perpendicular sobre la punta izquierda del tejado y la cruz a medio cuerpo, nosotros a cuerpo completo sobre un banco. Miramos las hormigas trasladar el verde. Su paso constante, pero casi imperceptible, nos hizo creer que junto a ellas se movía también el suelo, nuestro suelo. El miedo a la picada, a la reacción alérgica, aceleró nuestro paso. Decidimos caminar por las cuadras, darle vuelta a la manzana. De fondo, a veces música, una cumbia o alguna canción en portugués porque estábamos más cerca de Brasil que de Santa Cruz. Al doblar la esquina, un perro se sintió ofendido por transgredir la línea divisoria, entramos sin saberlo, en el terreno que él tan orgullosamente cuidaba. Nos ladró, de los colmillos guindaba baba, para mí, casi rabia. Sigue caminando, no lo veas. “¿Y si nos persigue y ataca por detrás?”. Risas. Ya habíamos dejado atrás al señor de los espacios abandonados cuando de pronto, en la otra esquina un gato masticaba con fe de fin de domingo algo que no identificamos, parecía una culebra. Me asustó. Me excusé diciendo que soy de ciudad, que mis contactos con la naturaleza salvaje se reducían a algunos veranos en los que iba a la finca de mi padrino en Chirgüa, o de mi otro padrino en Acarigua. Recordé con gracia la vez que un sapo tamaño mutante yacía en la poceta donde Jimena acababa de orinar. La circunferencia de la manzana era lo suficientemente pequeña como para que en 15 minutos ya estuviéramos de vuelta al banco donde jugábamos cartas minutos antes. Los cochinos ya no estaban, tampoco los gallos ni las gallinas, los actores habían dejado vacío el escenario. Estábamos los dos, y quien sabe si algún mirón, de esos que durante todo nuestro viaje nos veían con desconfianza y curiosidad.

Cuerpos sumergidos. Expele el barro su calor sobre mi espalda. Turbia corriente sin fondo. 

 Domingo en Aguas Calientes y el cielo que preparaba el relámpago. De frente, la corriente eléctrica dividía la nube en dos, o en tres. Él intentó capturar lo que es efímero, lo que solo estaba para que viéramos sin poder guardarlo. Nos percatamos de que la noche había llegado cuando las dos luces del tren se proyectaron en los rieles. Nos montamos en un tren que mecía la hora, que nos hacía notar con el sonido de su mecánica el avance del tiempo, lo que dejábamos y a donde nos acercábamos. Nos miramos, no reímos tanto esa vez. Al menos no él. Me sentí mercancía en tránsito, producto a destino, bien a ser vendido. A que jamás olvidaremos esto, dije. La tela gastada cubría los asientos, azul otrora eléctrico, ahora más bien opaco. Nos abrazamos en medio de los transeúntes internos que pasaban de un vagón a otro, en medio del vendedor ambulante de aaaasaditos, aaaasaditos y cafecito brasileño, dos bolivianos, cómprelo, en medio de la película a todo volumen que nadie veía y en medio de un entorno ajeno que hicimos nuestro bajo el secreto del ruido y el silencio de las ventanas selladas. 

Viajar en el tiempo toma segundos

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Esta es la primera vez que vivo en una ciudad en la que se habla mí mismo idioma. Con excepción de ese mes que pasé en Buenos Aires en 2009, es la primera vez en la que el mundo exterior no se me presenta en otro lenguaje, donde puedo insultar con gusto y reclamar con el carácter este a veces tan jodido con el que nací. En otros idiomas, soy la versión suave de mí misma. Hay una rabia que solo se alimenta de la lengua con la que tu madre te habla, y que aunque intentes desarrollarla en otros idiomas siempre va a tener esa limitación (o quizás beneficio) de ser una ira soluble, ligera, no arraigada.

Es la primera vez, también, que al hablar, reconocen mi acento. No me dicen “oh, Espagnole?, como me pasa en París. Me dicen directamente “¿venezolana?”. A lo que respondo, sí y sonrío con discreción. La sonrisa viene por añadidura, una reacción automática. La raíz o razones de porqué la mueca no es algo sobre lo que haya reflexionado. O quizás sí pero no lo suficiente como para escribir sobre ello. La pregunta que sigue es “¿y te gusta aquí? ¿Cuánto tiempo tienes que saliste de Venezuela?”. Respondo que casi un año pero que aquí tengo par de meses, apenas. Me preguntan entonces donde estuve antes, y respondo: Ah, es que vivo en Francia. Decir “vivo en París” aún me cuesta, y me parece fulminante como respuesta. Luego indagan en qué parte de Francia, porque los anónimos de esta ciudad disfrutan mucho hacerse de Sherlock Holmes, o bueno, podría solo decirse que son muy simpáticos – dependiendo desde qué perspectiva se vea. Siempre me dicen que seguramente prefiero estar aquí y que me quedaré aquí, a lo que vuelvo a poner esa sonrisa fácil, casi punto de fuga, o de huida. Recurso no verbal para cambiar lo antes posible el rumbo de la conversación porque sé de antemano que al final espera la pregunta repetida y compasiva de  “¿y las cosas están muy mal en Venezuela?”.

Hoy en la mañana, en el corto trayecto de 4 estaciones, mi cotidiana actividad de observar con detenimiento a los que me rodean, se vio interrumpida con unos acordes de algún Cuatro y el canto… “cuando al amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta…”. Automáticamente me transporté a aquel viaje que hacíamos los cuatro a Cumaná, a visitar a mis abuelos paternos, y en el que mi padre sintonizaba la radio para estar al tanto de los accidentes viales, pero cuyo repertorio musical era solo música tradicional de las que hablan de vacas, ganado, mujeres y abandono o despecho. Luego de tres horas de escuchar joropo llanero del bueno, ese rajado, yo, quizás de 9 años o menos, dije que estaba harta de esa música, que apagara la radio. Mi padre me dio un discurso de lo que significaba esa música, de nuestro patrimonio cultural, de dónde venían mis ambos abuelos, de Venezuela más allá de Caracas. Viajar en el tiempo toma segundos. Fui al recuerdo y volví en menos de un minuto. En el momento en el que regresé al vagón, el señor continuaba cantando. Una parte de mi quería decirle “señor, termine rápido, esto duele”, mientras los ojos se humedecían. Otra parte de mí pensaba en el estudio de Consultores 21 que dice que 1 de cada 4 personas quieren irse de Venezuela. Una tercera parte se preguntó lo de siempre “¿y qué estaría haciendo allá si no estuviera aquí?”.

Esta es la primera vez que vivo en una ciudad donde quien pide dinero habla mi mismo idioma y acompaña la petición, llenando la distancia a casa, con un Cuatro y una canción de Simón Díaz. El señor pasó recolectando compasiones, y al darle un euro que introdujo en su koala azul, desteñido, y con una banderita de Venezuela cosida torpemente, le dije “¿venezolano?” y me respondió, aún inserto en la jerga llanera, “de pura cepa” y sonrió. La misma mueca. Esta vez no punto de fuga, sino ancla a la tierra que ambos, en la diferencia de nuestras vidas, compartimos.

Bar secreto

Buenos Aires, 2009.

Estar en una ciudad ajena hace que quieras apropiarte de ella, así sea montándote en sus autobuses, o en su metro, o conociendo los lugares secretos a los que solo los habitantes de esa ciudad tienen acceso. Una de las noches en BA, M me dice que vamos a ir a un bar secreto. Yo, sin que eso me hubiese impresionado mucho le dije “qué fino”. Me parecía que si un par de turistas habían llegado a un bar secreto a través de internet, no podía ser tan incógnito. La verdad era que una amiga que vive en BA desde hace tiempo nos había invitado. Decidimos tomar un taxi para llegar directo. Era algo lejos y luego de caminar más de 50 cuadras durante el día, no quedan muchas ganas para la noche. Con el taxi nos ahorraríamos preguntar, sacar el mapa, corrijo, buscar un poste con luz para sacar el mapa, dudar de la dirección en la que estábamos con relación al mapa, posiblemente discutir  “es a la derecha, no, es a la izquierda”, etc…. Tomamos el taxi. El taxista conversador nos habló de lo típico, la K, el control cambiario, la mierda en la ciudad, y terminó con el clásico “¿y qué pasó el 7O? Pensábamos que iba a ganar Capriles. ¿Hubo fraude?”. M y yo no logramos escapar de esta pregunta ni siquiera en el extranjero. Nos miramos con un “si este supiera lo que fue ese día para los dos” y respondimos a unísono “no, no hubo fraude” .  El caso es que, según el taxista, ya habíamos llegado a la calle Arévalo, donde estaba el bar secreto. Pagamos, nos bajamos y empezamos a buscar el número de la casa. No estaba. Yo, algo sarcástica, digo “yo sé que el bar es secreto pero no estamos en Harry Potter como para que ni siquiera la casa exista”. A Mno le causó tanta gracia. Me decía, “sigamos buscando”. No estaba esa casa. De pronto, pensamos, “¿será que esta no es la calle?”. Efectivamente, no era la calle. Como no tenía mi mapa (porque nos habíamos ido en taxi para evitar todo eso), no teníamos idea de dónde carajos nos había dejado el taxista. M pregunta a una gente que tenía cara de saberse sus pasos y le responden “creo que es tres cuadras más arriba”. El taxista, con su súper GPS nos había dejado en otra calle y hasta nos había deseado suerte y un “en esta calle no parece haber ningún local”. En su momento pensé “claro, señor porque es secreto” pero había tenido razón, no había ningún local porque nos había dejado en una calle que él mismo se sacó del orto.

Sobre el Leviathán de Anish Kapoor [Monumenta 2011]

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Un aire rojo que cubre los pies de los visitantes y una sensación de calor que se destila del color. Un monumento ante nuestros ojos que me lleva a los instantes en que acostada en la arena de alguna playa, cerraba los ojos y quedaba ahí latiendo una incadescencia. En el folleto que me dieron, Anish Kapoor dice que él espera que entrar en su espacio dentro del espacio sea una experiencia contemplativa y poética. Para mí, lo fue. Hay una poesía encerrada entre las líneas difusas y dependientes del sol. Hay una poesía entre los cóncavos que se crean y las sombras que se proyectan reflejando las vigas del Grand Palais. Contemplo el gran potencial del negro que tiene el rojo, como él dijo. Pero de pronto es un rosado leve el que ilumina estas páginas. Una luz que me hace trascender estando aún sentada. Pienso entonces en las fotografías del cosmos o de alguna estrella.

Vigas Grand Palais, Leviathán de Anish Kapoor. París, 2011.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

El título de la obra, “Leviathán” me lleva al monstruo bíblico, también al Estado de Hobbes. A la fuerza de la obra que, a la manera imponente como se te presenta luego de que aceptas entrar en su interior. Es darle a la obra el poder de hacer de ti parte de ella misma. La gente aplaude y se crean ecos de ecos. Sientes como van a las concavidades y regresan multiplicados. Cuando no hay sol, son las líneas negras propias de las lona de la obra que nuestros ojos miran. La obra va al ritmo de la nube que tapa al sol. La obra va al ritmo de la nube que tape el sol o que lo deje desnudo. La sombra se proyecta en líneas que se cruzan [maya incandescente]. Mi piel se tiñe de la monocromia de Anish Kapoor. Somos todos parte de la obra y al mismo tiempo no somos más que espectadores. Regreso a la era que no recuerdo, a la imagen del universo que algún satélite captó. Siento en mi piel el aire ancestral que me lleva a la línea que se dibuja en la curva del Leviathán.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Le Grand Palais está dentro de la obra en forma de sombra. Al salir por una puerta giratoria llena de misterio, un hombre informa que la visita no ha terminado y  hace una seña para que uno continúe a mano derecha. Obediente sigo el camino y al girar está frente a mí el cuerpo del que ya he visto las entrañas. La obra dentro del Grand Palais. Las curvas siguen pero sin concavidades. Es una experiencia que se vive a la inversa. De lo interno a lo externo. Del misterio a lo develado. De la metáfora al objeto. De la idea a la materia. Del negro en lo rojo a la luz blanca de las 4pm en el azul del cielo parisino.

Grand Palais, Paris, 2011.

El Bar de la Boutique

Palermo, Buenos Aires. 2009.

Otra tarde en la Boutique del Libro. Todas las tardes en este sitio son distintamente iguales. Lo que no cambia es el chico que me toma la orden. Voz dulce, ojos tiernos, pasos suaves, gestos pensados, calculados. Le pido un café con leche (he descubierto que el café con leche de este lugar es como el marrón claro venezolano). Saco el celular y lo coloco sobre la mesa. Espero el café. Me fumo un cigarro. Los ojos marrones vuelven a salir, a lo lejos, gatunos. Entre los libros de poesía veo una mirada convertida en binoculares. Me mira desde lejos. Siento que puede ver lo que escribo en este cuaderno. Sin saberlo, se ha convertido en un personaje recurrente de mi diario. El café llega en manos del mozo de pasos finos y mirada tierna. Le doy las gracias y me responde “de nada”, por un momento siento que ya no estoy en BsAs. Aquí nadie dice “de nada” sino “no por favor”. Un sorbo. Dos líneas del libro “Llamas telefónicas” de Roberto Bolaño. Otro sorbo. La luz empieza a hacerse escasa. A lo lejos los ojos marrones. Ve la dificultad con la que leo, y me prende la lampara. No logro darle las gracias porque ahora no consigo su mirada. Otro sorbo. En la mesa de al lado se sientan cuatro señores: dos mujeres y dos hombres. Eran señores de edad entrada. Muy bien vestidos. Parecía que llegaron al Bar de la Boutique sólo por casualidad (ahora sé porqué llegaron… Venían de una funeraria que queda a unas cuantas cuadras de aquí). Piden cuatro cortados. Nada más. Una de las señoras toma su celular. Los otros hablaban de la bolsa, de política, de fútbol, quizás. Hacían predicciones en esas tres áreas. La mujer que tenía el celular interrumpió el debate sobre la eficiencia de Maradona como técnico de la selección argentina para preguntar que a quienes ponía en el aviso. Los otros tres iniciaron una enumeración sin puntos ni comas de nombres y apellidos. Era peor que el narrador de una corrida de caballos. La mujer le repetía a la otra mujer que estaba al otro lado del teléfono (y que probablemente mientras los cuatro señores se decidían, se pintaba las uñas) los nombres y apellidos de parte de quien iba el obituario. Dado que todos eran descendientes de europeos: polacos, rusos, alemanes, italianos, los nombres – y apellidos – debían ser deletreados. Esa escena a lo David Lynch duró aproximadamente unos 15 minutos. Al darle el número de la tarjeta de crédito, todo acabó. La mujer cuelga diciendo que era necesario poner un anuncio porque la gente toma en cuenta esos “detalles”, los otros tres le respondieron con un indiferente y su eco sí (un sísí). De ahí la conversación se enfocó en el muerto. Era compadre del nuero de la señora que había llamado. Vivió muchos años en la pampa. Montaba a caballos todos los días y tomaba mate cada 4 horas. Era riguroso. Ni un minuto más ni un minuto menos. Eso hacía que pudiese dormir las horas necesarias. Ni una más, ni una menos. Se había casado con una colombiana que llegó a la Argentina con sus padres cuando era muy pequeña. Se habían conocido en la Facultad de Letras y Filosofía de la UBA. Ella era comunista y él, él no era nada pero era todo. Luego de haber terminado la carrera, decidieron huir al campo. Se habían cansado de tener que estar pendientes siempre de si tenían monedas para el colectivo o si había paro en el subte, o si alcanzaba el sueldo para comprar leche. Entre los dos llegaron a la decisión de irse al campo. Ahí no necesitaban monedas, ni subte y la leche se la daban las vacas directamente. Este es un elemento importante en la historia del compadre del nuero de la señora que hizo la llamada. Me di cuenta de eso porque cuando contó lo de las vacas, suspiró y agregó “y directamente de las vacas vino su muerte”. Parece ser, yo me perdí una parte de la historia porque en la mesa de al frente se había sentado una pareja (que no era pareja) bastante particular: ella llevaba unas mallas muy ajustadas con lazos negros estampados y unas botas que hablaban de sus años; él, vestido como cualquier ejecutivo o chico que trabaja en oficinas, miope, con zapatos de cuero gastado y pantalones de pana para evitar que el frío congelara el posible calor que se generaría horas después, cuando salieran del bar. Parecer ser, entonces, que el compadre del nuero de la señora que hizo la llamada telefónica contrajo una bacteria por tomar leche no pasteurizada y murió. Dejó a la colombiana con todas las vacas, chivos, sembradíos y un niño de la edad del nieto de la señora que hizo la llamada. Al terminar de contar la historia, el silencio se adueñó de sus bocas y fue así como pude escuchar lo que hablaban la pareja que no era pareja.

La mujer de las mallas ajustadas y el hombre de pana tenían 5 años sin verse. Ella, con un libro de Barthes en la mano, pretendía contarle, así, en un café en medio de Palermo, lleno de gente, todo lo que en esos 5 años pasó o dejó de pasar. Yo, aturdida, pero maravillada de todas las historias que escuchaba, pedía una Stella Artois y prendía otro cigarrillo. Era mejor que cualquier película. Era el material para una película, de hecho. Los fragmentos de Barthes se mezclaban con las piezas incompletas de sus 5 años de ausencia. Se casó, se divorció. No se mudó. Él – el ex-esposo – tampoco se mudó. Contaba como había alcanzado la máxima felicidad al vivir con su ex-esposo en la misma casa pero sin ser su pareja. Él hombre se atragantaba con el café y la posible pasión que vendría luego, se enfriaba a pesar del pantalón de pana. Sólo le decía “mi psicoanalista me dijo que es muy importante cerrar ciclos” (he notado, luego de ser testigo omnipresente de varias conversaciones, que todo porteño tiene un psicoanalista, y que este es el personaje más presente y recurrente en cualquier diálogo que se lleve a cabo en un café, un subte, un bar, una plaza…). Ella, sorda a lo que él decía, seguía su monólogo (interrumpido por segundos para tomar un sorbo de café o para tomar – sin permiso – mi encendedor y prenderse un cigarrillo). Al terminar, sólo le dijo “¿y tú? ¿tienes novia?”  Pero antes de que él pudiera empezar a ser el personaje central de la escena (el que contaría ahora su vida) ella dijo “ah, verdad, vos no sos de esos que se comprometen”. Ahí él se lanzó por la colina de que sí era de esos pero que ahora no. En ese instante, me percaté de como la bota de ella, que hablaba de sus años, empezaba a subir y bajar, en un leve roce por el pantalón de pana de él. Todo ya estaba preparado para que el mozo de mirada tierna y pasos silentes le trajese la cuenta y se fueran, cuando entró a la escena, un segundo hombre. Mira a la mujer de las mallas ajustadas y lazos estampados y le dice “yo la conozco a vos” y ella – que en ese instante tuvo que regresar la bota al suelo – le dice “¿vos has estado en el bar 730?”, “no, no recuerdo” responde él y ella agrega “ah, entonces vos me confundió con otra”. Desde mi asiento, su mirada denotaba una amnesia selectiva. El otro, como era miope y se había quitado los lentes, no era capaz de ver la mentira en los párpados de la mujer que vivía con su ex-esposo o quizás poco le importaba si conocía a aquel tipo o no. La cuenta llegó y con ella, la propuesta de largarse de ahí a algún hotel. O quizás a la casa de la mujer, porque su ex-esposo y su psicoanalista, no veían ningún problema en que ese fuere el lugar de trabajo de la mujer de mallas ajustadas y lazos estampados.

Una turista entre todos los hinchas

De pronto, descubro que él es hincha de los Rojos del Ávila. Digo, “vale, otro más”. Pero luego descubro que es realmente hincha, que va a todos los juegos y que forma parte de una Barra brava. “Bien, puede ser fanático de algo”. Yo no puedo ser fanática de nada, pensé. A partir de ese momento, sería él con sus domingos rojos, y yo con mis domingos tranquilos. Este plan fue interrumpido con su propuesta a asistir a un partido de CCS-Lara. La curiosidad de gato pudo más que el desinterés explícito que he tenido siempre hacia el futbol en general (y cualquier deporte -con inconstantes excepciones). Así que acepté. “Total, hay que vivir eso así sea una vez”, me dije. Estoy segura que él me invitó sin tener esperanzas de que yo dijera que sí. O que diría que sí, pero que luego cancelaría. Pero no cancelé. Me puse mis zapatos de goma – olvidados en una esquina de mi cuarto y partí a la aventura. Estoy segura que por más que quisiera pasar desapercibida era imposible. Era como si tuviera un cartelito que dijera “es mi primera vez en el estadio, brinco brinco de la emoción” – mas estoy segura que mi gestual no era así. Hicimos la cola, entramos, pelée para conseguir un agua mineral – “aquí no sabemos de vicio”, me decían, “sólo vendemos cervezas”. Hubiera sido refrescante una cerveza – para intentar aún más pasar camuflajeada pero los antibióticos y las cervezas no son pareja. Subimos a donde se ubica la barra 4.20. Fuimos recibidos con unos cánticos en los cuales incluían su nombre y una ráfaga verde. Yo, al lado, como la novia que no tiene idea de como actuar. Poco a poco se fue armando una atmósfera de energía convergente. Miles de personas en torno a un mismo sentir, a una emoción casi sobrehumana. A una sincronía de voces. De vez en cuando los que estábamos en este lado, teníamos que callar para saber qué canción habían comenzado y como si existiera un director de esta inmensa coral, seguir la pauta. Yo miraba. Miraba los tatuajes del escudo del CCS que varios llevaban en brazos y piernas, miraba al que movía la bandera, miraba al que se quitaba la camisa, miraba al que escuchaba – simultáneamente- la narración del partido por radio. Y miraba, por supuesto, el partido. Él cantaba, brincaba, reía del momento y de mí – por supuesto. Después del segundo tiempo, empecé a sentir una transformación interna. Algo estaba pasando. La emoción, la emoción que siempre he considerado ajena, de otros, empezó a recorrer mis venas, mi impulso, mi ritmo. Todo empezó por los pies, ligeros movimientos rítmicos y de pronto, lo inimaginable, mis labios. Mis labios comenzaron a moverse. A pronunciar “roo, dale, dale, roo”. Él se dio cuenta, sonrió y bromeó. La crítica de la fanaticada, casi desmedida, pedía un cambio de entrenador mientras que yo seguía siendo una turista entre todos los hinchas. Varias horas después, seguía temblando el estadio. Al menos, para mí.

Diálogos triviales entre poetas


Librería Shakespeare and Co, París. 2011

1.

– Él: No es bueno colgarse el tiempo al cuello.

– Ella: Este tiempo es de cuerda. Es un ejercicio de constancia.

 

2.

– Él: Ni siquiera lo pienses muy alto. Podría traerte karma.

– Él 2: Es verdad, el pensamiento también tiene decibeles.

 

3.

– Él con él mismo: Yo mismo creí que dos versos no eran míos, por eso están en bastardilla.

 

4.

– Ella: Contigo es que tengo que hablar, sabes mucho de blogs, ayúdame a arreglar el mío.

– Ella 2: A ver, ¿qué sucede con tu blog?

– Ella: Intenté entrar en el mundo HTML y me perdí.

– Ella 2: Tranquila, dale a HTML y luego “expandir artilugios”.

– Ella: ¿”Expandir artilugios”? ¡Qué poético!

 

5.

– Ella: Me meteré en un gimnasio para recibir mi cuota de endorfinas.

– Él: Jajaja. ¡No, no! Come chocolate, ¡te lo ruego!

– Ella: No es tan efectivo.

– Él: Mmm, bueno, promete que dejarás el gimnasio cuando consigas a un chico inteligible.

 

6.

– Él (refiriéndose a un sueño que Ella le contó): ¡Mierda! ¡Qué fuerte! Eso no es un sueño, es una noticia.

– Ella: ¿Una noticia? ¿De qué? Ay no no, qué pavoso. Ni de broma.

– Él: De la página de sucesos.

– Ella: Ah, ¡una noticia! Ya entendí. Me había asustado.

 

7.

– Ella: ¿Cómo estás?

– Ella 2: Estoy… Estoy buscando el adjetivo… No lo encuentro.

– Ella: No suena bien.

– Ella 2: Ah, ¡ya sé! Estoy… Descomprimiéndome… ¿Esa palabra existe?

 

8.

– Ella: Te amo.

– Él: Corrijo: Amas la parte cruel en mí. Pero está bien, esa es la mejor.

– Ella: Jajaja, amo todas menos la terca y obstinada.

– Él: Amas todas menos la que se parece más a cierta partecita tuya.

 

9.

– Él: Si alguien me escuchara en estos momentos, probablemente se burlaría de toda mi disertación absurda sobre el Medio Oriente.

– Él 2: Menos mal que en esta mesa no hay narradores.

 

10.

– Ella (interrumpiendo una inútil conversación sobre la utilidad del cine): No sé, yo ahora sólo pienso si la tarjeta de crédito que acabo de dar, va a pasar.

– Él: Jaja, muy bien, siempre es bueno hacerse esa pregunta.

– Ella: Es que pagué todas las cosas de mi gata la semana pasada y no sé si luego pagué la tarjeta.

– Él: Bueno, queda el consuelo que siempre es mejor pagarle las cosas a tu gato que a tu novio.