Hace 5 años

DSCN1946Versailles, Paris, 2015.

Hace 5 años todo era descubrimiento. Primera vez en Europa, primera vez en París, primera vez viviendo sola. Hace 5 años veía con ahínco la manera de sentarse de la chica que lloraba en el metro, o la fisura del habla del que pedía dinero. Hace 5 años, las calles de París eran el escenario para descubrirme, para descubrir, para que el mundo, el otro lado del “charco” se me presentara ante mis ojos. Tenia 21 años, entraba en una universidad con un sistema que era completamente desconocido y daba las gracias en otro idioma que no era el mío. Aprendí de vinos, aprendí de quesos, aprendí que a veces una sonrisa puede ser lo más extraño y que pedir comida por teléfono puede resulta en una pesadilla si el mensajero confunde 5 con 100. También aprendí que no todo silencio es negativo, o que no todo callar es sinónimo de tormenta. A veces simplemente no se sabe qué decir. A veces se ama desde la extraña calma de un corazón que no habla. Hace 5 años fue difícil volver a Caracas, vivir de nuevo con los padres. Pensar que se tenía la independencia que era solo propia de un respiro, de una pausa de la “vida real”. Todo lo vivido parecía un cuento, otra historia. Cinco años después estoy en la misma ciudad. Volví. Al mismo sistema que no entendía, a la misma casa en Levallois que mi hermana Dasza me ofrecía. Volvía a donde tenía que decir merci y no gracias. A sonreír cuando se decía algo que no se entendía y a aceptar que no había nada malo en la equivocación de la R. Que no es mi lengua, pues.

Volver 5 años después, amando ese silencio del sentimiento. Esa levedad del cariño. Aceptando la temporalidad y el pertenecer a un lugar que no se posee. Amando en la distancia, pero amando. Soñando con el encuentro, imaginando la mano rozar el traje, desabotonar la blusa. Acortar la distancia. Cinco años después estoy en esta ciudad que no es mía y tampoco de él (sí, un “él” entra en la historia) pero que es de ambos. Nos despedimos en Saint Lazare, lo recuerdo. Yo crucé a la izquierda y él a la derecha, escaleras abajo. Lloré hasta mi vagón, me senté, había una chica al lado que me dijo “ça va aller” y me dio un pañuelo. La vida, siempre, va. Va y tenemos que ir. En ese momento pensé en la distancia, en la incapacidad del cuerpo de tocar la herida pero ahora, dos meses después entiendo que sí, que la vida siempre va, siempre sigue y que hay amores que cruzan océanos, que hay amores que no se acaban en los labios de nadie y que tienen el tiempo de esta nerviosa paloma que hoy en la tarde se posa en mi balcón para recordarme que el día tiene su hora y que mi vuelo va hacia él.

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Almohadas

Fotografía: Mark Power

Entre M y yo hay ocho almohadas de por medio. Cada vez que nos acostamos siento montículos nebulosos desde la punta de mi pie hasta la cara. Las almohadas crean una colina divisoria entre su cuerpo y mi cuerpo. Yo nunca he sido persona de muchas almohadas. De hecho, en mi cama solo tengo una almohada. Tampoco he sido persona de mucho espacio, mi cama es individual. Así que estoy acostumbrada a una almohada en una cama individual. Él, en cambio, está acostumbrado a su colección de almohadas y a su cama matrimonial. Todo suena bien. El problema es que él abraza más las almohadas que a mí. Yo, entonces, he aprendido a abrazarlo a él con una distancia promedio de dos almohadas. También he aprendido a querer a las almohadas. Incluso, he llegado a abrazar almohadas pero sólo cuando él no está. Lentamente, asumí la manía y la volví mía porque estar celosa de una almohada me daba todas las de perder.

Un día, al voltearme para decirle buenos días, él ya no era él. Era, en cambio, una almohada en forma de persona.

El Perejil

A MB

Perejil

Uno nunca sabe dónde (o cuándo) comienza una discusión, ni dónde (o cuándo) termina. Yo creo que esta discusión comenzó al haber utilizado perejil para una carne molida. Definitivamente ese tuvo que ser el comienzo porque de haber utilizado otra hierba tal discusión no se hubiese dado. La secuencia de eventos fue la siguiente:

– Amor, qué rica te quedó está carnita, tiene sabor a comida árabe.

– Sí, es porque le puse perejil.

– Pero también puede ser influencia española en los árabes.

– No vale, es al revés, por favor.

A partir de este punto francamente no sé qué vino. Llegamos a niveles como “la invasión de Constantinopla fue en 1453” y “los turcos, te hablo de LOS TURCOS, cuando invadieron Grecia”. Todo era tan absurdo como el mismo hecho de estar discutiendo por un perejil. Para despejar dudas: internet (les recomiendo no seguir este procedimiento a la hora de una discusión con su pareja). Google: Historia del perejil. Descubrí que hay una Isla de Perejil que se disputan España y Marruecos,  que en un país – no sé cual porque no descifré de donde era la página – un perejil es una persona que es acusada por un policía de un crimen que no cometió y que los griegos la utilizaban como planta “mágica” en el medioevo – creían que tenía el poder de matar a un “enemigo”. Cada detalle que daba de lo que leía en internet se convertía en viento para una llama de fuego, es decir, la cosa se ponía peor y peor.

Yo estaba indignada por estar discutiendo por un perejil pero ya entendía que no era el perejil en sí, habíamos entrado en una lucha por la razón. Interminable. En ese momento me di cuenta de que estábamos recreando cualquier escena de una película de Woody (Diego Marcano, que razón tenías aquella noche en París al decirme que mi vida es una peli de Woody) y que ese tenía que ser el tema más absurdo por el cual una pareja discutía. El problema era que yo no tenía la capacidad para poder reírme sobre todo el asunto. No aún. Así que me acosté a dormir. Al rato de caras serias (y silencio), él se me acercó y me dijo riendo: “amor, ¿sembramos una matica de perejil?”  y esa pregunta, creo yo,  fue el fin de la discusión.  Ahora sí me río y mucho.

Tantos botones como arrugas tienen sus manos

[Entrada de un diario desempolvado]

 

Bus 130. Destino: Belgrano, calle Pampa. Salida: Paseo Colón. Máquina dispensadora. Monedas. Ausencia.

Al montarme en el “colectivo” o coloquialmente hablando, en un “bondi”, me percato que las monedas son el único medio de pago. Sí, las monedas. Problema: las monedas habían emigrado de mi cartera. Ahora viven en el sombrero de cualquier músico de la ciudad. Ahora viven en las manos del “pibe” que me pidió dinero. Problema resuelto. Alguien pagó mi ticket. Un viejo señor, quizás. Eso creo, sí, eso creo.

Paseo por el barrio chino. Réplica en miniatura de cualquier barrio chino en cualquier ciudad del mundo. Dragones, globos de papel, pequeños gatitos que mueven sus patas deseando suerte al ciego, al sordo, al mudo. Todo perdemos los sentidos en medio de la rutina. Cuando viajo, los recupero. No paro de hacer hallazgos con la mirada. Uno de esos hallazgos fue una tienda de botones. Tiempo paralizado. Tiempo en coma. En esa tienda los relojes dejaron de sonar hace más de 30 años. Cajas podridas. Luz tenue. El señor encorvado camina hacia mí. Empieza la aventura de los botones. Entro al bosque. Hay botones verde grama, selva, madera de zapatero o caoba. Hay botones naranja o sol que se pone. Hay incluso botones nacar. Botones miel, botones mar, río… Hay tantos botones como arrugas tienen sus manos. Él empieza a hablar en francés. Dasza responde. A mí no me habla en español. El idioma lo ha trasladado a sus 12 años. A su infancia, a la tierra abandonada por sus pasos. A la tierra dejada en su cuna, en su cama de infante, en sus pupilas de estudiante de la geografía universal y la historia. Pagué 25 pesos por una bolsa de botones. Dos de regalo: el amarillo oro y el morado ciruela. Algo debo hacer con ellos, pensé. Mientras, el encuentro se suma a mí antología de inéditos.