Yo también doy mi palabra. Impresiones libres e inexactas sobre el pabellón de Venezuela en la Bienal de Venecia 2015.

 

Fotografías: Marco Bell. Venecia, mayo, 2015.

[Según Morella Jurado, directora del Instituto de las Artes de la Imagen y el Espacio (Iartes): “Vamos a dar nuestra palabra al mundo de que somos un territorio de paz”].

[Trabajamos con la descolonización, con el tema indígena, no desde lo arqueológico, sino reivindicando a los pueblos, sus saberes, para no permitir que se destruya su herencia”, Morella Jurado]

[“Se trata de la rebelión de los pueblos del sur, de los desdentados, desposeídos, las mujeres, que hacen frente a ese poder hegemónico que se quiere apropiar, expoliar nuestras culturas, cuerpos y territorios” Argelia Bravo]

[“Denuncia contra el machismo, contra la contaminación y a favor de la ecología” Efe Óscar Sotillo Meneses, comisario del pabellón]

 

Venezuela fue el primer país sudamericano en construir un pabellón en la Bienal de Venecia, cuya primera edición data de 1895. Se terminó de construir en 1956, bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Estuvo a cargo de Carlos Scarpa, arquitecto italiano y amigo de Graziano Gasparini, quien fue, a su vez, el artífice de la inclusión de Venezuela en el “Giardini de la Biennale”, centro donde se ubican los 30 pabellones nacionales permanentes. Venezuela, quedó, para siempre, entre Rusia y Suiza.

En 2015, visité por primera vez Venecia, por primera vez Italia, y por primera vez la Bienal, la cual se presentaba como el máximo atractivo del viaje.

Comienza la visita a nuestro pabellón: una canoa en la entrada, al aire libre, una pared roja de fondo y letras negras que decían “Te doy mi palabra”. Las paredes del jardín estaban cubiertas con líneas tricolor que nacían de la embarcación y terminaban en algunos versos de Gustavo Pereira, escritor del preámbulo de nuestra maltratada Constitución. La Venezuela que nace de la canoa, de nuestras raíces. Cuidado de equivocarse de qué raíces hablamos. Al entrar, a mano derecha, vendían en una mesita posters de una mujer encapuchada con senos de silicona dando de mamar a un bebé. Lo acompañan unas postales del blanco sobre blanco de Reverón. Había, también, un cuaderno para dejar impresiones y comentarios sobre el trabajo de los dos artistas exhibidos: Argelia Bravo y Félix Molina, pero solo llegué a leer un “Viva Chávez” y un “Comandante eterno”. ¿Quién dijo que esto era sobre arte? ¿Vive Chávez en la teta de silicona del poster que no voy a comprar? me pregunto.

Continúa el recorrido. Leo un texto sobre “la palabra”. Texto inconexo al resto de la exhibición, así como la canoa tatuada de patriotismo easy made. En medio de una oscuridad reinante, dos salas una al frente de la otra. Un video de calidad dudosa me muestra a tres mujeres sin rostros que detallar, encapuchadas. Son las madres que alimentan con su leche los hijos de la patria de Chávez, las nuevas generaciones. Himno nacional de fondo. Las madres de esa patria se me presentan como seres anónimos. Identidad irrelevante, inaccesible. No somos individuos, somos una sola masa, no hay voces, hay una voz. ¿no lo entienden?, imagino que me dicen.

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Se le presenta al visitante otro videoarte. En este caso tengo ante mí a una mujer con unas cucharas de madera. Tierra, nuestras raíces. No se equivoquen de cuáles raíces. La mujer venezolana, una vez más sin rostro visible. La leyenda reza “Virgen de la Cuchara”. ¿Es esta a la Virgen que le rezan las bocas hambrientas que esperan la llegada del pollo o la carne a los anaqueles vacíos? ¿O el café? ¿O la leche? Virgen de la Cuchara, a ti te rezo para que me alimentes con yuca y ñame. A ti te rezo para que aceleres la cola. A ti te rezo para que mi número de cédula trasmute y así pueda ir a comprar todos los días. A ti, Virgencita de la Cuchara, te rezo para que la soberanía de mi plato vacío no sea violada. Como patria, virgencita, como discurso, como palabra hueca. Como paz, pero solo la que ellos nombren.

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En la sala continúa, varios videos. Los audífonos guindan, cuerpos caídos, rotos. Ante mis ojos, tres mujeres camufladas y con lentes de sol. Ramas y árboles salen de sus trajes. Toman papelón con limón. Nuestras raíces. El trío reivindicador de “las malezas” lee el comunicado en el que se pide el “restablecimiento del debido proceso de las plantas”. La FAO – que justo acaba de premiar al gobierno de Maduro por su loable gestión en materia de alimentación – es enemigo de los vegetales. “No queremos veneno en nuestros platos”, “pedimos por el cese de las hostilidades del exterminio de las hierbas y bombas tóxicas como pesticidas”. ¿Se dan cuenta de que se parodian a sí mismos?, me pregunto. Terminan gritando desenfrenadamente que “sí les importa un bledo”. Patria orgánica, patria bio.

Siguiente video: “Clase de cultura I dictada por una experta”.  Una niña – una vez más, encapuchada – hablando de las recetas de su abuela. Dice “el ñame es una verdura. La gente aquí no sabe porque lo que hacen es comprá’ y comprá’”. Sus ojos y boca nos cuentan “mi abuela abre el hueco y yo le echo la bromita. Dura 6 meses y nace una piñita”.  ¿Esta propuesta artística es realmente una lucha contra el machismo, como dice su autora?.

“¿Por qué será que hay tanta ignorancia?”

Somos el ñame, la yuca, la canoa de madera rayada de tricolor. ¿Somos eso y nada más? Reduccionismo absurdo.

No somos la violencia que deja huérfanos a niños, madres, padres, abuelos, o el hambre que mata al que no consigue qué comer, no somos tampoco el último modelo del teléfono que todos desean y algunos consiguen, ni la antena de DIRECTV que se ven en las casas en los cerros. No somos las colas en Bershka o Zara. Ni la Coca-Cola y pasta que es almuerzo y cena de tantos. Tampoco somos el secuestrador que se lleva hasta el cepillo de dientes y pelea con su cómplice para repartirse lo que se roban. Somos la raíz, el ocumo, la mujer virgen violada por la patria, madre, esa que no sale de la cocina y que siembra “bromitas” y no semillas. No somos la mujer que murió por ponerse unas tetas de silicona, ni la madre adolescente que le lleva 12 años a su hijo. Somos joropo, cuatro, plátano frito, yuca, pescado. ¿Cómo no aceptar que somos también muerte, odio, deseo, envidia, estética Miss Venezuela y colas en McDonalds luego de una marcha oficialista?.

Otro video: tres mujeres cantando María moñitos me convidó a comer plátano con arroz… La letra proyectada en idiomas diversos: ruso, inglés, etc. Las líneas que vienen del patio se extienden hasta escribir “casabe”. No lo podemos leer porque la sala está a oscuras. Mi amigo pide que prendan las luces para poder apreciar la “obra de arte”. Le dice a la guía de sala “mi amor, pero así no podemos apreciar esta maravilla”. Ella, obediente, prende las luces. ¿Y qué pasó con el montaje? ¿Y dónde está el trabajo de todos los profesionales que tenemos en el área? ¿Por qué descuidar los detalles? ¿Por qué esta estética de la mediocridad, lo hecho a medias, lo mal hecho?

Oscuro el lugar en el que me encuentro como venezolana que no se reconoce en una maría moñitos cantada por mujeres encapuchadas. Quiero rostros, quiero historias con nombres, quiero personas que me digan quiénes son, qué hacen, a donde van. Quiero individuos, no masas.

María moñitos tiene para mí la voz de mi bisabuela, quien siempre me la cantaba en casa luego de almorzar. Sí tenemos raíces comunes, sí queremos recordar y preservar la memoria de dónde venimos pero este discurso ideológico ha pintado nuestro pasado y el presente de un solo color, y pretende también, echar brochazos al futuro. Cambiar el recuerdo y la historia para los que nacen en un país sin puentes pero con muchas orillas e islas. En estos videos piden el cese de la “hipócrita persecución de las hierbas”, yo pido el cese de la hipócrita impostura de hacernos creer que somos solo algo, solo un lado, solo una raíz, solo la yuca que tiende la indígena para hacer casabe, solo el papelón con limón que toman las encapuchadas, solo la teta al aire para alimentar al bebé con leche rancia de patria muerta, solo eso o nada. O solo lo otro. Yo doy mi palabra de que somos, lo juro, todo esto y más. Aceptarlo es tarea pendiente para todos, quizás, incluso para mí misma.

Referencias:  http://www.vtv.gob.ve/articulos/2015/04/06/venezuela-asistira-a-la-bienal-de-venecia-bajo-el-lema-201cte-doy-mi-palabra201d-1139.html

http://www.eluniversal.com/arte-y-entretenimiento/150506/venezuela-mira-hacia-sus-origenes-indigenas-en-la-56-bienal-de-venecia

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