Una más

Con la esperanza de que cada historia que se suma hoy, sea una que se le resta al futuro.

Vivir lejos de donde se creció hace que los recuerdos los mantengamos en pequeñas vitrinas de cristal, al resguardo del tiempo y del olvido que se va posando en capas, como el polvo. Hay ciertas vivencias, o experiencias traumáticas que colocamos en lugares oscuros de nuestra psique, en compartimientos con llaves que ya no tenemos. O no creemos tener. Y seguimos. Creo que toda mujer que conozco ha hecho esto alguna vez en su vida. Y de pronto algo, una situación, un evento, desvela el recuerdo reprimido y nos da la llave. A veces tenemos la voluntad de abrir el cofre, otras veces no. Todas son válidas.

Las últimas dos semanas he estado en vela leyendo y escuchando los testimonios de mujeres venezolanas víctimas de violencia de género (en sus diferentes presentaciones). Algunas conocidas, otras no. Cada voz que se alza, que se atreve a contar su experiencia, a exponer a su depredador, es un hilo de luz en la oscura sociedad en la que las mujeres sobrevivimos. Es un hilo de luz para entender el nivel de toxicidad en el que estamos sumergidos, y una súplica para que cambiemos patrones, para que nos cuestionemos qué hacer en la deconstrucción de estas dinámicas. Para muchos, es un doloroso mirarse en el espejo del silencio cómplice, para otros una gota más en el vaso del hartazgo. Y para las víctimas, es nuestro momento de ser escuchadas, es nuestro momento de gritar “basta, esto no puede seguir ocurriendo”. Decidir hablar, contar nuestras historias, asumirse “víctima”, sanar, son procesos personales, dolorosos, de largo aliento que cada quien vive de manera individual. Pero dentro de la individualidad de cada caso hay también el reconocerse en la historia de esa mujer que no conocemos, hay también esa sororidad, ese estar juntas, y permanecer juntas.

Las razones que me llevan a contar mi historia son muchas pero la primera es mi necesidad de sumarme a la voz de tantas para visibilizar patrones de conducta que hemos normalizado por tanto tiempo. Patrones que matan y que van contra cualquier idea de sociedad igualitaria. Digo “hemos” porque soy parte de esa sociedad patriarcal que quiero cambiar. Siento que mi miedo a hablar es menor al poder que tiene ser escuchada. A las que deciden quedarse calladas, las entiendo y las abrazo. Porque por cada mujer que ha decidido contar su historia conozco al menos dos que no lo han hecho.

La violencia de género tiene varios grados: desde el micromachismo de todos los días hasta la más terrible: el feminicidio (como dice Luxana en su testimonio). El cambio comienza desde cada uno de estos niveles.

Mi historia data de hace mucho tiempo pero fue hace apenas dos años que confronté a mi abusador. En su reacción, así como en el hecho de pedir perdón por e-mail vemos la esencia de esa toxicidad de la que hablamos las mujeres, de culpabilizar a la víctima, de reducirnos a nada.

Ocurrió hace 13 años. En esa época solía reunirme con mis amigos a jugar RISK. Siempre en casa de mi mejor amigo (quien aún lo es). Él solía buscarme y regresarme. Confieso que al ser la más pequeña del grupo siempre me sentí muy protegida, y cuidada. Nunca me sentí en riesgo o expuesta. A estas reuniones iban amigos de Letras de la UCAB y la UCV y a veces amigos de amigos. Dentro de este grupo extendido estaba X, a quien yo encontraba atractivo. Un día X me escribe que va a jugar RISK en su casa con unos amigos suyos, que si quería ir. Le dije que sí. Me fue a buscar. Al llegar a la casa no había nadie. Sus amigos se habían accidentado y no vendrían. Era la primera vez que no estaba con mi grupo, y que estaba sola con él. Me propuso un trago de jugo de naranja con algún alcohol. Me dijo que si quería ver el consultorio de su abuelo, quien era psiquiatra. En el diván, nos besamos. Me mordió bastante fuerte. Me quería desabotonar el pantalón y le dije que no quería. Que no quería nada más. Me preguntó que por qué, que por qué no quería hacerlo si era algo natural. Recuerdo claramente su “es antinatural no querer hacerlo”, mientras me besaba con fuerza. Quería irme pero no tenía cómo. Él seguía cuestionándome porqué me rechazaba al placer, a entregarme, sin escucharme que yo no quería y procedía con desvestirse. Me forzó a hacerle sexo oral. Acabó en mi boca. Después de eso, me llevó a mi casa. Vomité y lloré. Desperté al día siguiente con la boca bastante inflamada y sin saber muy bien qué explicación dar. No di ninguna.

Después de ese día, él desapareció del grupo. Me lo crucé en eventos literarios, y nos evitábamos. En el momento le conté a mis amigos más cercanos sin estar consciente de lo que había pasado. Sabía que algo estaba mal porque años anteriores había vivido – esta vez siendo a la que le cuentan – una situación similar con una amiga en NYC y había incluido una denuncia. Fue la primera vez que entendí las complejidades e injusticias de demostrar que hubo abuso y la noción legal de consentimiento. Sabía que algo estaba mal pero en el momento no le puse nombre. No podía, no sabía. Con los años, aprendiendo más y más de estos temas, mudándome a Francia, cuna del movimiento feminista, entendí muchas cosas. Entendí lo que me había ocurrido pero nunca tuve necesidad ni interés de enfrentarlo. Porque temía su reacción y porque después de todo, era parte del pasado. Porque prefería ahorrarle ese dolor a mis padres, y a su mamá.

Hasta que una noche de octubre de 2019, X me envió una solicitud de amistad en Facebook. Sentí coraje, sentí ira. Sentí rabia que se atreviera a hacer algo tan banal, como si lo que pasó hace tantos años no era razón suficiente para más nunca dirigirme la palabra. Me sorprendí de la reacción que tuve, manos frías, corazón acelerado, al ver la invitación. La llave se me estaba dando y decidí abrir el compartimiento. Decidí hablarle. Le manifesté mi sorpresa y le dije que me tomó años aceptarlo pero que había abusado de mí. Su reacción y su respuesta fue el segundo acto de violencia de su parte (las partes tachadas son en respeto a algo que me cuenta sobre él que no me toca a mí contar).


Dado el nivel de agresividad con el que me hablaba (además, con horas de diferencia entre un mensaje y el otro), decidí bloquearlo. Me daba terror que mi teléfono fuera receptáculo de mensajes de odio al antojo de su ira. Lo bloquée y dudé de mí. Me dije por un milésimo de segundo “estoy loca, todo me lo inventé”. Dudé de mí y esta es la parte que da más miedo. Que por más que sepamos que lo que decimos sí fue como ocurrió, aún así, el abusador tiene el poder de hacernos creer que no. Le escribí a esos amigos a los que les había contado. Son amigos con los que me he distanciado pero que quiero igual, y que me respondieron. Les pregunté “¿me puedes decir qué recuerdas de lo que pasó con X?”. Me contaron lo que recordaban y coincidía con lo que le había dicho a X. No estaba loca. No estoy loca. A los días, me llegó un correo pidiéndome perdón, por su reacción y por el daño que me pudo haber ocasionado aunque no lo recordara. No le respondí y me sentí mal al no hacerlo. Porque a eso estamos acostumbradas (quizás por la educación católica): a que cuando alguien pide perdón, hay que aceptarlo. Hay que ser “compasivo”. Pero no. No tenemos que perdonarlos.

Comparto su respuesta porque necesito que quede claro que:

  • la víctima nunca tiene la culpa.
  • no es no
  • aceptar ir a la casa de alguien no es sinónimo de aceptar tener relaciones sexuales (estoy contigo Luxana)
  • aceptar un trago no es sinónimo de aceptar tener relaciones sexuales
  • una mujer puede decir no en cualquier momento sin que esto sea un problema o sin tener que ser atacada
  • nada justifica una violencia sexual
  • una violación ocurre también sin penetración y bajo coerción psicológica
  • si obligas a alguien a hacerte sexo oral valiéndote de tu fuerza, de las circunstancias, y de la vulnerabilidad de la mujer, hombre que me lees: eres un violador.
  • no estamos locas, ni somos mucho menos histéricas
  • las víctimas no son responsables de educar a nadie y si deciden hacerlo es porque así lo quieren

“Fabricamos la feminidad como fabricamos también la masculinidad y la virilidad” decía Simone de Beauvoir en los años 70. Llegó el momento de fabricar nuevos patrones de lo que quiere decir ser hombre y deconstruir los patrones nocivos de virilidad tóxica. Este trabajo de desmontaje de lo que somos como sociedad es arduo y requiere de humildad y de saber poner a un lado las inseguridades que justamente son producto de estas dinámicas. Empecemos por escuchar a las víctimas, por hacernos preguntas de cómo hemos podido contribuir a perennizar estos comportamientos pero no nos quedemos ahí, hagamos más: alcemos nuestra voz, eduquémonos, leamos, busquemos ayuda para contribuir a la construcción de una sociedad donde ser mujer no quiera decir vivir con miedo y masculinidad no sea sinónimo de fuerza, abuso y opresión.

Camila Ríos Armas (she/her).

Cuento mi historia que se suma a tantas otras historias de mujeres víctimas de abuso sexual en Venezuela. Para más información sobre el movimiento #yotecreovzla, los invito a consultar https://twitter.com/yotecreovzla

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