Mots cachés

Richard Kalvar_1971.jpg

Richard Kalvar, Paris, 1971.

 

I

La lune se cache entre les arbres nus, les branches la touchent en essayant de la traverser. Un touriste (ou peut-être pas) prend des photos avec un Rolleiflex. Il soutient son appareil photo avec la délicatesse de qui sait que dans ses mains est gardé le temps, de qui sait que dans cette machine, la vie s’arrête et continue seulement au moment où quelqu’un regarde les photos.

Le photographe est debout, il regarde tout, il attend. La photo se transforme en désir. Le moment est une invention et ses yeux en cherchent. Le touriste (ou peut-être pas) me regarde aussi, il n’a pas aperçu mes plumes noires. Il n’a pas vu que je suis prête pour le vol et que toute la ville est ma destination.

Je survole son instant. Je le laisse attendre la spontanéité créée. L’artifice. Le regard précis qui se pose sur les autres mais jamais sur moi. Personne ne veut se rencontrer dans le regard perdu de qui est toujours prête à s’évader.

 

 

 

Parc de Sceaux

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Ayer corría sobre hojas secas pero parecía que nadie había hecho ese camino, no había trazo, ni ruta. Pisaba fuerte la hoja, y el sonido de hojarasca me anunciaba que era la primera que caminaba por allí. Me concentré en el ritmo del chasquido, como si así pudiera olvidar que mi pie izquierdo sangraba y que con cada paso dado, había una herida que dejaba soltar la sangre del zapato que días atrás lucía bien pero hacía daño. Al pasar por la orilla del río, más de 10 cisnes dirigían su nado en dirección contraría a mí. Algunos rezagados estiraban sus patas traceras, en símbolo de descanso, flotando ligeramente mientras los patos se acercaban sin interactuar. Los cisnes y patos compartían el agua pero no así el tiempo. Un ratón jugaba a meterse entre las rocas húmedas sin percatarse de la presencia de los otros. De lejos, un perro eufórico ladraba y buscaba llegar a ellos. Continué mi trote, chaz chaz chaz chaz, única música posible. El quiebre del color, la llegada del bronce había anunciado semanas antes el cambio de estación. Ahora era solo preámbulo de los tiempos blancos por venir.
La nube colapsó el instante ante nosotros.
Trajo la lluvia el silencio de la hoja, el silencio del color que se lava la cara con cada gota. El paso antes sonoro se convirtió en barro, y los pies dejaron de ser dos para ser cuatro. El paraguas cubría a media los cuerpos. Se juntaron más. La lluvia invita a la intimidad incluso en un parque. Los mismos patos se paseaban, sin consciencia de sí mismos, pero permitiéndome ver que los días eran dos, que no estaba en la orilla del Sena y que los cisnes esta vez no tenían cuellos sobre los cuales guindar mis deseos.
Mis pensamientos adquirieron forma espiral, al igual que los jardines del castillo. Se hizo mi boca orangerie sin naranjas y solo la fuente, sobre la que otrora el niño perdido jugaba con la angustia de la madre, se me presentó como solución: seguir, fluir como su agua, siempre presente.
De su beso vino la más fuerte convicción de instante.

Otoño en Madrid

Madrid, 2015©

Madrid, 2015©

Toda ciudad es dos. Dos en sí misma. Una cuando recorro sus calles con la compañía de mi paso y mi manía y otra cuando la cadencia de mi andar es eco del paso de otro. Camino rápido, ritmo de llegar lo más pronto posible, de siempre tener un destino, un lugar a término. Pensaba que ya había olvidado esperar, o caminar con alguien a mi lado pero la compañía se recuerda rápido. Nunca realmente aprendemos en los huesos la soledad de la hora. Íbamos a comprar las entradas para ver el Burlador de Sevilla. Yo jamás lo he leído y él me dice que tuvo que dejar de leerlo porque era muy complicado el vocabulario. Seguramente las palabras que él no había entendido, yo tampoco las entendería. Sin saberlo, con inocentes preguntas sobre significados de palabras me hizo darme cuenta de mi deficiente vocabulario. No teníamos prisa, y las calles todas, en esas esquinas, se nos pierden en el mapa. Siempre hay callejones que se antojan a la pérdida. Al llegar, la taquilla estaba cerrada. Segunda frustración del día. La primera había sido intentar comprar las entradas por internet. Entre un intento y el otro, varias calles, un atardecer gris, brisa, cabellos en mi boca y en la suya al acercarse.
Un chocolat chaud pour compenser la frustration ? No sabíamos dónde sentarnos, pero tampoco lo conversamos. Caminábamos, porque no necesitábamos más. Me preguntó si quería churros y si he ido a la churrería San Ginés, respondo que no. Me dice “ay, Camila, ¿qué has conocido de Madrid?”.
Llegamos a un lugar de luces amarilla, noche puesta. Una mesa libre, solo una, con dos sillas, esperando allí, por los dos. Me senté para guardarla. No fuera a ser que luego de tanto esperarnos, la perdiéramos. Los churros llegaron con dos tazas de chocolate oscuro, una sonrisa y unas manos encontrándose encima de la mesa. Sonreí. Un acordeón bastante desentonado al fondo, y la misma luz amarilla que ahora caía sobre los bucles de un hombre de pelos largos, cigarro en mano, capa puesta. El Cigala inhalaba el instante en el que lo reconocí. Lágrimas negras comenzó a sonar en mi cabeza, y él, a mi lado, girando sus pestañas el azul de sus ojos, me vio, y supe que había alegría en la Madrid que se descubría ante mí en la esquina rocosa de una callejuela del centro, en la luz otoñal que recuesta su brillo en la columna de la catedral, en la sombra azulada de las ramas, en la mañana que inicia con una canción brasilera, en la pregunta que se pierde en los idiomas, en la honestidad misteriosa del suspiro ahhyay, en las palabras inventadas, en el silencio de una mirada que cae en la del otro mientras la gitana nos pide la hora que no tenemos.

En sus huesos se quiebra un adiós que desde ya sé que no quiero decir.

Personas fugacidadaltacto

Lucio Fontana

Lucio Fontana

Hay personas fugacidadaltacto. Hay personas raícesquenorespiran. Hay personas soyunecoquenoescuchas. Hay personas estáprohibidotocar y otras, en cambio, muy vencaminaporlacasa. A mí siempre me han llamado la atención las del primer grupo. Son personas que fluyen, se dejan asombrar y asombran, se apresuran al contacto, la intimidad primera no tiene frenos, abren corazón rasgadura lienzo de Fontana. Hacen creer y se creen que lo eterno está en el instante y el verso de Borges “El hoy fugaz es tenue y es eternoes su mantra. Son etéreos pero también suelo. Fugazmente realidad y presente que parece eternidad. Dicen cosas tipo “no es solo esta noche pero si lo es, sería entonces una noche eterna” y las palabras no les producen temor. No creen en eso de “al nombrar, creas”.  Viven y hacen vivir una verdad que solo dura poco. Verdad-anzuelo que atraviesa los labios, boquita abierta. Pez que ya es pescado. Son personas que al tener el pezmirasusbranquiasaunsemueven en las manos, se arrepienten. Retroceden. Cierran la apertura. Cosen la rasgadura. Rezan “vive, pez, no te mueras” y lo devuelven al mar. “Dejando ir te estoy salvando”, dicen. Pero la verdad, es que están salvándose ellos mismos de tener que lidiar con la permanencia. Son fugaces para ganarle la carrera al miedo, pero el miedo, el miedo siempre gana. Y ellos pierden.

¿Por qué nosotros?

Elliot Erwitt, 1955.

Elliot Erwitt, 1955.

Es importante que encontremos cinco respuestas a la pregunta “¿por qué nosotros?”, escribo en unas recomendaciones para el trabajo. A los días abro el documento, leo solo esa línea y me pregunto “¿por qué nosotros?” Porqué no los otros, el otro, aquel par, aquella niña que llora la pérdida de su madre, sin saber que es pérdida total, irrevocable. ¿Por qué nosotros? Porqué no ese hombre que se halla padre de tres, viudo, porque entre la vida de ella y la vida que venía, la madre eligió la criatura, mientras el cáncer avanzaba.  ¿Por qué nosotros? Porqué no la abuela que ha criado ya a hijos, nietos y bisnietos y aún tiene que cocinar el día a día sin otras manos que la asistan. ¿Por qué nosotros? Y no aquel, que necesita el hilo reparador, la pega que junte los trozos del corazón sintético. ¿Por qué nosotros? Y no los que siempre andan buscándose, y se rozan, pero no se ven, y ni se encuentran. ¿Por qué nosotros? Si la existencia de un “nosotros” exige decisiones, exige precisar el tiempo aunque parezca inoportuno y para esas cosas no estamos ahora.  ¿Por qué nosotros? Si el cauce se ha llevado las raíces. ¿Por qué nosotros? Si somos dos troncos que van corriente abajo. ¿Por qué nosotros? Si somos imposibilidad geográfica. ¿Por qué nosotros?  Si es más fácil la misma cama, el mismo sofá, las mismas manías, la vuelta de la esquina, lo conocido. “¿Por qué nosotros?”, pregunta egocéntrica, egoísta, prepotente, ridícula. No tengo cinco respuestas, solo el atisbo de una que muta de piel y aún así no sacia la necesidad de quien quiere siempre encontrar respuestas en donde no hay más que un puñado de signos de interrogación que entre ellos se reproducen para ser de la duda, el hambre, y también el pan. 

Impaciente amar

The Bride Stripped Bare by Her Bachelors, Even (The Green Box). Septiembre 1934. Marcel Duchamp

The Bride Stripped Bare by Her Bachelors, Even (The Green Box). Septiembre, 1934. Marcel Duchamp.

Hemos perdido la tradición epistolar. El pensar cada palabra con cuidado, con extrema determinación, como si no hubiera vuelta atrás una vez que la pluma ha tocado el papel. Ahora somos una instantánea, un ir y venir a velocidades kb/s. El límite de la velocidad está determinado por la banda del internet o el servicio de datos del celular. Nos hemos convertido en seres impacientes – o así pareciera. Pero… ¿Cómo no? ¿Cómo no ser impacientes si vivimos en un mundo donde todo ocurre de manera fugaz?

Mi abuelo solía enviarle telegramas a mi abuela desde el rincón de Venezuela en el que estuviera de viaje. El telegrama – ancestro del tuit – solía ser una pequeña dosis concentrada de añoranza. Pequeña dosis concentrada que respondía a la necesidad de hacerle saber al otro que su presencia era real aunque hubiese distancia de por medio.

Al irse de viaje a Italia, le envió una carta por día, describiéndole su estado mental. El entorno pasaba a ser secundario, y lo único importante era la comunicación continua. ¿La diferencia a estos tiempos? No era simultánea. Él esperaba con ansías las respuestas de alguien que lidiaba con la cotidianidad, la realidad de desayuno, almuerzo y cena y los niños llorando. En un punto, él desespera. No sabe de ella, de los hijos, ni de nada de lo que ocurre en su casa. Porque a pesar de estar lejos, él quería los detalles accidentados de lunes a domingo. De él brotó la misma desesperación que sentimos cuando no han respondido el mensaje de Whatsapp. Hizo, incluso, un recuento de la fecha en que recibió por última vez una carta así como vemos la última vez que ese, el que queremos, se conectó. Entonces 1956 y 2013 se unen: la impaciencia del amante no sabe de tecnologías ni tiempos. Es exactamente la misma deriva, el mismo sentir de abandono. Como si la distancia, entonces, lograra quebrar, fracturar, la comunicación que tienen los cuerpos, el lenguaje silente del roce.

En aquella oportunidad el servicio de correo estaba en huelga, y por eso él no había recibido ni una carta. Según lo que leí en su detallada descripción, cuando él descubrió que no había sido olvidado, que había una causa externa, una explicación puntual de porqué el silencio de su amada, sintió un alivio, un resurgir de la seguridad del que ama. Como si la certeza del otro fuera tan débil así. Como si uno pudiera perder al otro sin explicación aparente. Ella – la causa, explicación o razón – es un reavivar de la llama, un retomar del otro. Un saberse en el presente.

Hay en la distancia un tejer transparente de las almas, una confianza que pende de la comunicación. No hay en la lejanía ojos que calmen, silencios que sean respiros. Hay magia y misterio. Luz y sombra. La distancia hace del ausente, presencia, pero trae con sí los fantasmas que amenazan la sonrisa frente a frente al papel – o la pantalla.

Queda

soltar, abrir siempre las manos, atar un nudo intangible pero concreto que una el presente con el encuentro próximo.

Queda

ser en el otro aunque no sea su piel la que despierte tu mañana.

Contigo, AAA.

Por ti.

Once

Metropolitan Museum, New York, 2013.

Metropolitan Museum, New York, 2013.

Hay portales que se abren cuando dos, dos de tantos, develan la sombra de sus rostros.  Dos miradas sin foco pero con cruce. El curioso gesto del que no se sabe, y sabe al otro. Hay portales que se abren cuando dos, dos de tantos, trazan las líneas del reloj en el mismo horizonte. Y cuatro manos acortan la espera que tiene el mar entre sus olas. Dos unos que buscan ser 11 número misterio espacio que se crea. Hay portales que se abren cuando dos, dos de tantos, se asumen abismo y entrega.