Carlos César

Apuntes de un diario inexistente

Pequeños retazos de quién es mi padre, a través de mis ojos.

CC disfrazado de algún animal imaginario de la Venezuela de los años 60.

Muchas noches, al llegar tarde del trabajo, recuerdo como mi papá, quien no se desataba la corbata hasta llegar a la casa, sacaba del bolsillo interior de su blazer, un Galak. Era mi chocolate favorito.

Cuando estaba en 4to año de bachillerato y no sabía que estudiar un día mi papá me trajo un folleto de Ingeniería de Producción de la USB, diciéndome que quizás me podría interesar. Yo era muy buena en matemáticas y la prueba vocacional había dado que debía estudiar ingeniería mecánica (lo que él estudió). De pequeña me gustaba desarmar juguetes y entender sus mecanismos, lo cual explica porqué él pensaría que alguna ingeniería podría interesarme. Le di las gracias pero le dije que yo sabía que eso no era lo que quería.

Otro día, tocó a la puerta y me dijo que había una carrera nueva en la UNIMET que se llamaba Estudios Liberales y que él creía que sí me interesaría. Buscó una reunión con la directora de la escuela, Elsa Cardozo, hermana de su buen amigo Juan Cardozo. Elsa amorosamente me explicó en qué consistía la carrera y ese día decidí que eso era lo que quería estudiar.

En mi segundo año de EELL (Estudios Liberales) la UNIMET firmó un acuerdo de intercambio de estudios con SciencesPo Paris. Para poder ir en mi tercer o cuarto año, necesitaría nociones intermedias de francés aunque las clases fueran en inglés. Nunca habíamos tenido vínculos con Francia y no éramos francófilos. Mi papá me sugirió ir a la Alianza Francesa, donde había estudiado él cuando yo era pequeña. Me acompañó y me inscribí en las clases de los sábados. Por un tiempo, él me llevaba y buscaba todos los sábados en la mañana a la Alianza de La Castellana, donde conocí a mis amigos Rodrigo y Diego Marcano, y a Emilio Montejo.

El día que decidí que no continuaría con el doble programa Derecho – EELL hubo silencio en la casa y algunas preguntas. Mis buenas notas no justificaban esa decisión. El día que tenía un examen al que decidí no ir – lo cual implicaría que no aprobaría la materia, recuerdo a mi papá tocar la puerta y decirme “Cami, ¿estás segura que no quieres ir? Mejor ir e intentarlo a no ir, ¿no?” A lo que le respondí “Sí, estoy segura, yo sé que no seré abogada y esto en vez de ayudarme me está frenando en otros aspectos de mi vida, como mi escritura”. Hasta el día de hoy agradezco que haya tocado mi puerta y me haya hecho esa pregunta, aunque en el momento me haya parecido inoportuna.

El día que dije que había sido seleccionada para irme a París al intercambio de estudios, también hubo silencio y muchas preguntas. Pero las preguntas nunca fueron para impedirme de hacer algo, sino para buscar soluciones. Hicimos los trámites de CADIVI y en enero de 2011 estaba montándome en un avión para mudarme a lo que sería años después mi ciudad, mi casa, mi lugar. El abrigo que llevaba era el de mi bisabuela Clarisa Ríos, que usó cuando visitó a su hijo en Londres. En mi cartera llevaba una estampita que me dio mi papá para que me protegiera en el camino. Mi mamá me dio un pin con un angelito.

En el viaje más reciente que hizo a París, en enero 2020, justo antes de la pandemia, mi papá me dijo que me veía muy cansada. Fue a la farmacia y me compró una caja de complejo vitamínico B. En ese gesto, y a mis 30 años, me sentí hija.

Cada vez que nos vemos y toca el momento de la partida, mi papá llora como si nos estuviéramos despidiendo por la primera vez. Como si este proceso de vivir lejos no es algo a lo que podamos acostumbrarnos nunca. Yo siempre he sido muy agradecida por su gran capacidad para expresar su amor a las tres mujeres de la casa (y a Tula, nuestra gata).

Cuando nos despedimos por teléfono aún me dice “Dios te bendiga”, aunque ya yo no pida la bendición. Una parte de mí se siente en paz al escuchar esas palabras.

También sabemos reírnos como si nos estuviéramos echando el mismo cuento por la primera vez. Y días después me enviará imágenes que hacen referencia al cuento, para así continuar la risa.

Carlos César nació el 21 de abril de 1958 en Carúpano y hoy celebro su vida, su generosidad, su testarudez a veces y su curiosidad por todo. Deseo que sean muchos los encuentros (y despedidas) que tengamos por delante, con mucha salud y amor.

Feliz cumpleaños, papi.

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