Otoño en Madrid

Madrid, 2015©

Madrid, 2015©

Toda ciudad es dos. Dos en sí misma. Una cuando recorro sus calles con la compañía de mi paso y mi manía y otra cuando la cadencia de mi andar es eco del paso de otro. Camino rápido, ritmo de llegar lo más pronto posible, de siempre tener un destino, un lugar a término. Pensaba que ya había olvidado esperar, o caminar con alguien a mi lado pero la compañía se recuerda rápido. Nunca realmente aprendemos en los huesos la soledad de la hora. Íbamos a comprar las entradas para ver el Burlador de Sevilla. Yo jamás lo he leído y él me dice que tuvo que dejar de leerlo porque era muy complicado el vocabulario. Seguramente las palabras que él no había entendido, yo tampoco las entendería. Sin saberlo, con inocentes preguntas sobre significados de palabras me hizo darme cuenta de mi deficiente vocabulario. No teníamos prisa, y las calles todas, en esas esquinas, se nos pierden en el mapa. Siempre hay callejones que se antojan a la pérdida. Al llegar, la taquilla estaba cerrada. Segunda frustración del día. La primera había sido intentar comprar las entradas por internet. Entre un intento y el otro, varias calles, un atardecer gris, brisa, cabellos en mi boca y en la suya al acercarse.
Un chocolat chaud pour compenser la frustration ? No sabíamos dónde sentarnos, pero tampoco lo conversamos. Caminábamos, porque no necesitábamos más. Me preguntó si quería churros y si he ido a la churrería San Ginés, respondo que no. Me dice “ay, Camila, ¿qué has conocido de Madrid?”.
Llegamos a un lugar de luces amarilla, noche puesta. Una mesa libre, solo una, con dos sillas, esperando allí, por los dos. Me senté para guardarla. No fuera a ser que luego de tanto esperarnos, la perdiéramos. Los churros llegaron con dos tazas de chocolate oscuro, una sonrisa y unas manos encontrándose encima de la mesa. Sonreí. Un acordeón bastante desentonado al fondo, y la misma luz amarilla que ahora caía sobre los bucles de un hombre de pelos largos, cigarro en mano, capa puesta. El Cigala inhalaba el instante en el que lo reconocí. Lágrimas negras comenzó a sonar en mi cabeza, y él, a mi lado, girando sus pestañas el azul de sus ojos, me vio, y supe que había alegría en la Madrid que se descubría ante mí en la esquina rocosa de una callejuela del centro, en la luz otoñal que recuesta su brillo en la columna de la catedral, en la sombra azulada de las ramas, en la mañana que inicia con una canción brasilera, en la pregunta que se pierde en los idiomas, en la honestidad misteriosa del suspiro ahhyay, en las palabras inventadas, en el silencio de una mirada que cae en la del otro mientras la gitana nos pide la hora que no tenemos.

En sus huesos se quiebra un adiós que desde ya sé que no quiero decir.

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