Lección

Buenos Aires, 2012.

Buenos Aires, 2012.

 

Cuando estamos sobre lo efímero

sobre lo incierto

sobre lo espontáneo

soñar siempre es más fácil

 

Difícil es imaginar ante una certeza

ante un tiempo caminado

ante un conocer

 

La ciudad a veces nos ofrece

una lección de ingenuidad.

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Bar secreto

Buenos Aires, 2009.

Estar en una ciudad ajena hace que quieras apropiarte de ella, así sea montándote en sus autobuses, o en su metro, o conociendo los lugares secretos a los que solo los habitantes de esa ciudad tienen acceso. Una de las noches en BA, M me dice que vamos a ir a un bar secreto. Yo, sin que eso me hubiese impresionado mucho le dije “qué fino”. Me parecía que si un par de turistas habían llegado a un bar secreto a través de internet, no podía ser tan incógnito. La verdad era que una amiga que vive en BA desde hace tiempo nos había invitado. Decidimos tomar un taxi para llegar directo. Era algo lejos y luego de caminar más de 50 cuadras durante el día, no quedan muchas ganas para la noche. Con el taxi nos ahorraríamos preguntar, sacar el mapa, corrijo, buscar un poste con luz para sacar el mapa, dudar de la dirección en la que estábamos con relación al mapa, posiblemente discutir  “es a la derecha, no, es a la izquierda”, etc…. Tomamos el taxi. El taxista conversador nos habló de lo típico, la K, el control cambiario, la mierda en la ciudad, y terminó con el clásico “¿y qué pasó el 7O? Pensábamos que iba a ganar Capriles. ¿Hubo fraude?”. M y yo no logramos escapar de esta pregunta ni siquiera en el extranjero. Nos miramos con un “si este supiera lo que fue ese día para los dos” y respondimos a unísono “no, no hubo fraude” .  El caso es que, según el taxista, ya habíamos llegado a la calle Arévalo, donde estaba el bar secreto. Pagamos, nos bajamos y empezamos a buscar el número de la casa. No estaba. Yo, algo sarcástica, digo “yo sé que el bar es secreto pero no estamos en Harry Potter como para que ni siquiera la casa exista”. A Mno le causó tanta gracia. Me decía, “sigamos buscando”. No estaba esa casa. De pronto, pensamos, “¿será que esta no es la calle?”. Efectivamente, no era la calle. Como no tenía mi mapa (porque nos habíamos ido en taxi para evitar todo eso), no teníamos idea de dónde carajos nos había dejado el taxista. M pregunta a una gente que tenía cara de saberse sus pasos y le responden “creo que es tres cuadras más arriba”. El taxista, con su súper GPS nos había dejado en otra calle y hasta nos había deseado suerte y un “en esta calle no parece haber ningún local”. En su momento pensé “claro, señor porque es secreto” pero había tenido razón, no había ningún local porque nos había dejado en una calle que él mismo se sacó del orto.

Almohadas

Fotografía: Mark Power

Entre M y yo hay ocho almohadas de por medio. Cada vez que nos acostamos siento montículos nebulosos desde la punta de mi pie hasta la cara. Las almohadas crean una colina divisoria entre su cuerpo y mi cuerpo. Yo nunca he sido persona de muchas almohadas. De hecho, en mi cama solo tengo una almohada. Tampoco he sido persona de mucho espacio, mi cama es individual. Así que estoy acostumbrada a una almohada en una cama individual. Él, en cambio, está acostumbrado a su colección de almohadas y a su cama matrimonial. Todo suena bien. El problema es que él abraza más las almohadas que a mí. Yo, entonces, he aprendido a abrazarlo a él con una distancia promedio de dos almohadas. También he aprendido a querer a las almohadas. Incluso, he llegado a abrazar almohadas pero sólo cuando él no está. Lentamente, asumí la manía y la volví mía porque estar celosa de una almohada me daba todas las de perder.

Un día, al voltearme para decirle buenos días, él ya no era él. Era, en cambio, una almohada en forma de persona.

El Bar de la Boutique

Palermo, Buenos Aires. 2009.

Otra tarde en la Boutique del Libro. Todas las tardes en este sitio son distintamente iguales. Lo que no cambia es el chico que me toma la orden. Voz dulce, ojos tiernos, pasos suaves, gestos pensados, calculados. Le pido un café con leche (he descubierto que el café con leche de este lugar es como el marrón claro venezolano). Saco el celular y lo coloco sobre la mesa. Espero el café. Me fumo un cigarro. Los ojos marrones vuelven a salir, a lo lejos, gatunos. Entre los libros de poesía veo una mirada convertida en binoculares. Me mira desde lejos. Siento que puede ver lo que escribo en este cuaderno. Sin saberlo, se ha convertido en un personaje recurrente de mi diario. El café llega en manos del mozo de pasos finos y mirada tierna. Le doy las gracias y me responde “de nada”, por un momento siento que ya no estoy en BsAs. Aquí nadie dice “de nada” sino “no por favor”. Un sorbo. Dos líneas del libro “Llamas telefónicas” de Roberto Bolaño. Otro sorbo. La luz empieza a hacerse escasa. A lo lejos los ojos marrones. Ve la dificultad con la que leo, y me prende la lampara. No logro darle las gracias porque ahora no consigo su mirada. Otro sorbo. En la mesa de al lado se sientan cuatro señores: dos mujeres y dos hombres. Eran señores de edad entrada. Muy bien vestidos. Parecía que llegaron al Bar de la Boutique sólo por casualidad (ahora sé porqué llegaron… Venían de una funeraria que queda a unas cuantas cuadras de aquí). Piden cuatro cortados. Nada más. Una de las señoras toma su celular. Los otros hablaban de la bolsa, de política, de fútbol, quizás. Hacían predicciones en esas tres áreas. La mujer que tenía el celular interrumpió el debate sobre la eficiencia de Maradona como técnico de la selección argentina para preguntar que a quienes ponía en el aviso. Los otros tres iniciaron una enumeración sin puntos ni comas de nombres y apellidos. Era peor que el narrador de una corrida de caballos. La mujer le repetía a la otra mujer que estaba al otro lado del teléfono (y que probablemente mientras los cuatro señores se decidían, se pintaba las uñas) los nombres y apellidos de parte de quien iba el obituario. Dado que todos eran descendientes de europeos: polacos, rusos, alemanes, italianos, los nombres – y apellidos – debían ser deletreados. Esa escena a lo David Lynch duró aproximadamente unos 15 minutos. Al darle el número de la tarjeta de crédito, todo acabó. La mujer cuelga diciendo que era necesario poner un anuncio porque la gente toma en cuenta esos “detalles”, los otros tres le respondieron con un indiferente y su eco sí (un sísí). De ahí la conversación se enfocó en el muerto. Era compadre del nuero de la señora que había llamado. Vivió muchos años en la pampa. Montaba a caballos todos los días y tomaba mate cada 4 horas. Era riguroso. Ni un minuto más ni un minuto menos. Eso hacía que pudiese dormir las horas necesarias. Ni una más, ni una menos. Se había casado con una colombiana que llegó a la Argentina con sus padres cuando era muy pequeña. Se habían conocido en la Facultad de Letras y Filosofía de la UBA. Ella era comunista y él, él no era nada pero era todo. Luego de haber terminado la carrera, decidieron huir al campo. Se habían cansado de tener que estar pendientes siempre de si tenían monedas para el colectivo o si había paro en el subte, o si alcanzaba el sueldo para comprar leche. Entre los dos llegaron a la decisión de irse al campo. Ahí no necesitaban monedas, ni subte y la leche se la daban las vacas directamente. Este es un elemento importante en la historia del compadre del nuero de la señora que hizo la llamada. Me di cuenta de eso porque cuando contó lo de las vacas, suspiró y agregó “y directamente de las vacas vino su muerte”. Parece ser, yo me perdí una parte de la historia porque en la mesa de al frente se había sentado una pareja (que no era pareja) bastante particular: ella llevaba unas mallas muy ajustadas con lazos negros estampados y unas botas que hablaban de sus años; él, vestido como cualquier ejecutivo o chico que trabaja en oficinas, miope, con zapatos de cuero gastado y pantalones de pana para evitar que el frío congelara el posible calor que se generaría horas después, cuando salieran del bar. Parecer ser, entonces, que el compadre del nuero de la señora que hizo la llamada telefónica contrajo una bacteria por tomar leche no pasteurizada y murió. Dejó a la colombiana con todas las vacas, chivos, sembradíos y un niño de la edad del nieto de la señora que hizo la llamada. Al terminar de contar la historia, el silencio se adueñó de sus bocas y fue así como pude escuchar lo que hablaban la pareja que no era pareja.

La mujer de las mallas ajustadas y el hombre de pana tenían 5 años sin verse. Ella, con un libro de Barthes en la mano, pretendía contarle, así, en un café en medio de Palermo, lleno de gente, todo lo que en esos 5 años pasó o dejó de pasar. Yo, aturdida, pero maravillada de todas las historias que escuchaba, pedía una Stella Artois y prendía otro cigarrillo. Era mejor que cualquier película. Era el material para una película, de hecho. Los fragmentos de Barthes se mezclaban con las piezas incompletas de sus 5 años de ausencia. Se casó, se divorció. No se mudó. Él – el ex-esposo – tampoco se mudó. Contaba como había alcanzado la máxima felicidad al vivir con su ex-esposo en la misma casa pero sin ser su pareja. Él hombre se atragantaba con el café y la posible pasión que vendría luego, se enfriaba a pesar del pantalón de pana. Sólo le decía “mi psicoanalista me dijo que es muy importante cerrar ciclos” (he notado, luego de ser testigo omnipresente de varias conversaciones, que todo porteño tiene un psicoanalista, y que este es el personaje más presente y recurrente en cualquier diálogo que se lleve a cabo en un café, un subte, un bar, una plaza…). Ella, sorda a lo que él decía, seguía su monólogo (interrumpido por segundos para tomar un sorbo de café o para tomar – sin permiso – mi encendedor y prenderse un cigarrillo). Al terminar, sólo le dijo “¿y tú? ¿tienes novia?”  Pero antes de que él pudiera empezar a ser el personaje central de la escena (el que contaría ahora su vida) ella dijo “ah, verdad, vos no sos de esos que se comprometen”. Ahí él se lanzó por la colina de que sí era de esos pero que ahora no. En ese instante, me percaté de como la bota de ella, que hablaba de sus años, empezaba a subir y bajar, en un leve roce por el pantalón de pana de él. Todo ya estaba preparado para que el mozo de mirada tierna y pasos silentes le trajese la cuenta y se fueran, cuando entró a la escena, un segundo hombre. Mira a la mujer de las mallas ajustadas y lazos estampados y le dice “yo la conozco a vos” y ella – que en ese instante tuvo que regresar la bota al suelo – le dice “¿vos has estado en el bar 730?”, “no, no recuerdo” responde él y ella agrega “ah, entonces vos me confundió con otra”. Desde mi asiento, su mirada denotaba una amnesia selectiva. El otro, como era miope y se había quitado los lentes, no era capaz de ver la mentira en los párpados de la mujer que vivía con su ex-esposo o quizás poco le importaba si conocía a aquel tipo o no. La cuenta llegó y con ella, la propuesta de largarse de ahí a algún hotel. O quizás a la casa de la mujer, porque su ex-esposo y su psicoanalista, no veían ningún problema en que ese fuere el lugar de trabajo de la mujer de mallas ajustadas y lazos estampados.

Tantos botones como arrugas tienen sus manos

[Entrada de un diario desempolvado]

 

Bus 130. Destino: Belgrano, calle Pampa. Salida: Paseo Colón. Máquina dispensadora. Monedas. Ausencia.

Al montarme en el “colectivo” o coloquialmente hablando, en un “bondi”, me percato que las monedas son el único medio de pago. Sí, las monedas. Problema: las monedas habían emigrado de mi cartera. Ahora viven en el sombrero de cualquier músico de la ciudad. Ahora viven en las manos del “pibe” que me pidió dinero. Problema resuelto. Alguien pagó mi ticket. Un viejo señor, quizás. Eso creo, sí, eso creo.

Paseo por el barrio chino. Réplica en miniatura de cualquier barrio chino en cualquier ciudad del mundo. Dragones, globos de papel, pequeños gatitos que mueven sus patas deseando suerte al ciego, al sordo, al mudo. Todo perdemos los sentidos en medio de la rutina. Cuando viajo, los recupero. No paro de hacer hallazgos con la mirada. Uno de esos hallazgos fue una tienda de botones. Tiempo paralizado. Tiempo en coma. En esa tienda los relojes dejaron de sonar hace más de 30 años. Cajas podridas. Luz tenue. El señor encorvado camina hacia mí. Empieza la aventura de los botones. Entro al bosque. Hay botones verde grama, selva, madera de zapatero o caoba. Hay botones naranja o sol que se pone. Hay incluso botones nacar. Botones miel, botones mar, río… Hay tantos botones como arrugas tienen sus manos. Él empieza a hablar en francés. Dasza responde. A mí no me habla en español. El idioma lo ha trasladado a sus 12 años. A su infancia, a la tierra abandonada por sus pasos. A la tierra dejada en su cuna, en su cama de infante, en sus pupilas de estudiante de la geografía universal y la historia. Pagué 25 pesos por una bolsa de botones. Dos de regalo: el amarillo oro y el morado ciruela. Algo debo hacer con ellos, pensé. Mientras, el encuentro se suma a mí antología de inéditos.