Me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

Caracas, 2012 ©

Caracas, 2012 ©

Paso el día pensando en el juicio, consciente de que por la diferencia horaria probablemente será noche de insomnio para mí. No importa, me consuelo, últimamente hay muchas noches de insomnio sin una causa específica así que al menos sabré el motivo de este. Resisto hasta las 3am cuando el sueño me vence, me despierto a las 8, abro el iPad que durmió a mi lado, reviso Twitter. 13 años. 13 años para Leopoldo y no sé cuántos para los otros tres estudiantes. Vuelvo a acomodarme, horizontal, viendo el techo, en mi almohada. Ese gesto que denota una intención de mantenerse en cama, de no pararse bajo ningún pretexto. Pero las responsabilidades son suficiente pretexto para que los pies se incorporen a la verticalidad de la mañana. Preparo un café colombiano que conseguí luego de dos meses de tomar café sabor a otros lados. Vuelvo en el aroma a la cocina de mi madre. Me siento. Mirada fija. Distraigo la mente con el pasar automático del dedo sobre la pantalla, sin pensar mucho. Intentando que la ficticia seguridad de la rutina hoy me baste para evitar el quiebre. En el silencio de la mesa redonda en la que estoy sentada, de mantel plástico florado, para que las manchas sean fácil de eliminar, y cualquier derrame no se perpetúe, allí, en esa calma de mañana, plantas aún adormiladas, de pronto, lloro. Lloro. Me pregunto a mí misma “¿por qué lloras? Era algo completamente predecible”. Y lo era, es verdad. Pero la sentencia me marca a mí, e incluso a los que están allí, una línea aún más lejana de retorno, o de llegada. Esta sentencia simboliza la venganza, el discurso de odio absoluto, que ayer vimos materializado en la violencia a las puertas del Palacio de Justicia, en las agresiones en contra de Manuela, de 5 meses de embarazo. Sentencia a la que siento que cada día nos hemos ido sumiendo, o a la que nos han ido sumiendo, y que hemos permitido, de alguna manera. Una sentencia no tiene fisuras por las cuales entre haz de luz, esperanza, ingenuidad. El llanto no sabe de coherencia, ni de razones, ni necesita de un “sentido”. Me duele la esperanza que no sabemos que aún tenemos hasta que la vemos rota. En este caso aplastada por el martillo en nombre de justicia. Y luego retomo el hilo, me digo que esto podría capitalizarse en votos pero luego pienso en los medios de comunicación casi inexistentes, y en cuánta gente estará al tanto realmente de lo que está pasando, hoy y todos los días. Me pregunto en qué momento la aspiración se ancló en una nevera o una “casa bien equipada”, en qué momento nos ganó el odio, me pregunto que piensa la jueza antes de acostarse a dormir, y qué siente Lilian, y qué está en la mente de los estudiantes en juicio, y en la mente de él, de Leopoldo.

Suenan las campanas de la iglesia que está en la plaza cerca de mi casa recordándome donde estoy. Once de septiembre de dosmilquince. Madrid, España. 14 años del atentado a las torres gemelas.

Sé, horas por delante, que allá habrá otra de esas mañanas frías y sin aliento que tanto conocemos. Mañanas de preguntarse hasta dónde, hasta cuándo. Mañanas de sentir rabia y tristeza. Y luego continuaremos, porque “la vida sigue”. Con esperanza muda y futuro ciego, el país sigue. Y me duele, y me indigno, y ruego por elecciones masivas porque me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

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