La noche que hoy llevo dentro

Paris, 15 novembre 2015.

París, 15 noviembre 2015.

Hoy el sol sobre París molesta. Yo, que sueño con días en los que el cielo esté azul, y las nubes resalten como algodones. En los que el sol caiga directo y no haya el cielo, gris, blanco, que me hace perder las coordenadas de mi cuerpo pero que es tan común en esta ciudad. Yo, que sueño con decir “día tropical” y sonreír, hoy siento que el sol me sobra. Que el sol, la luz, el cielo azul, entra en conflicto con el sentimiento frío que se apodera de mí. El shock pasa y entra un dolor, una tristeza, que busca una blancura sobre la cual entregarse, sobre el cual verse, como en un espejo, y compartir el duelo. Como si compartiendo el duelo con su cielo, todo tuviera más sentido. Como en una película que llueve cuando el personaje principal está triste, o llueve y luego viene una depresión o momento cumbre. Pero hoy París nos responde con sol, con sol y ganas de salir a sentirlo, con ganas de ver las calles aunque sé que estarán vacías. Reacciono lentamente. A mi cuerpo le ha tomado dos días entender que hace menos de 5 días caminaba yo por calles cercanas con mi novio y mis padres y pasábamos cerca del restaurant en el que, como un testigo dijo, “yacían sentados cuerpos sin vida aún con el vaso de cerveza en la mano, y la cabeza en la mesa”. Me tomó dos días darme cuenta que el viernes anterior, Dasza, Katia y yo habíamos ido a un bar de vinos y quesos a unas cuadras de allí y que la que nos atendió, amiga de mis amigas, vivió el horror de cerca y tuvo que quedarse encerrada en el lugar toda la noche custodiada por la policía. Me tomó dos días procesar que ese terror, es el terror de muchos en otras partes del mundo y que pareciera que hay muertes que importan a unos más que otras. Me tomó dos días decir “pudimos ser nosotras”. Quizás porque viniendo de Caracas, viendo la cantidad de muertos por violencia común, esa frase, esa frase se piensa casi a diario. “Pudimos ser nosotras”. Y no lo fuimos y pienso entonces, en los que sí lo fueron, en sus familias, y en las familias de aquellos que viven bajo una guerra constante. Pienso en los niños y en las víctimas. Pienso que esta vez fue en una zona poco turística, donde en la noche los locales, restaurantes, bares, se llenan de gente variada, bohemia, sobre todo joven. Pienso que no sé si pueda comprender que matar sea para algunos la misión de vida.

Hoy despierto, más triste, por París y por Beirut y por la humanidad entera.  ¿Soy naïf por decir que me duele el mundo?¿O cliché? A veces los sentimientos son así, inocentes. Me permito la inocencia, me permito soñar con un mundo menos violento. Desde Levallois, mirando el Sena, las calles de París se me hacen ajenas. Aquí siempre hay silencio, aquí siempre hay sábados tranquilos y domingos casi sin movimiento pero hoy sé que estoy en una ciudad en duelo, que en este momento son muchos los que lloran.

Salir. Porque las ganas de decir adiós al que se ama y parte son mayores que el pesar. Pasear tomados de las manos y ver que ese sol, ese sol que me molestaba en la mañana y que me hizo ver que sí hay tristeza en mí, que sí hay temor, cae hermosamente sobre la Nôtre Dame, sobre el Pont Neuf, y que la belleza no ha sido alterada. Algunos jugando la pétanque, otros reunidos alrededor de la catedral buscando consuelo, otros turistas perdidos en su mapa. El duelo lo veo en el silencioso río que sigue sereno su cause, y en el atardecer que cae leve sobre los edificios. Me despido con un beso, un beso largo, salado y vuelvo a casa.

Nadie ve mi ventana, vivo en un edificio alto, pero esta noche habrá una vela que ilumine la noche que llevo dentro.

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Parc de Sceaux

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Parc de Sceaux, Paris, 2015.

Ayer corría sobre hojas secas pero parecía que nadie había hecho ese camino, no había trazo, ni ruta. Pisaba fuerte la hoja, y el sonido de hojarasca me anunciaba que era la primera que caminaba por allí. Me concentré en el ritmo del chasquido, como si así pudiera olvidar que mi pie izquierdo sangraba y que con cada paso dado, había una herida que dejaba soltar la sangre del zapato que días atrás lucía bien pero hacía daño. Al pasar por la orilla del río, más de 10 cisnes dirigían su nado en dirección contraría a mí. Algunos rezagados estiraban sus patas traceras, en símbolo de descanso, flotando ligeramente mientras los patos se acercaban sin interactuar. Los cisnes y patos compartían el agua pero no así el tiempo. Un ratón jugaba a meterse entre las rocas húmedas sin percatarse de la presencia de los otros. De lejos, un perro eufórico ladraba y buscaba llegar a ellos. Continué mi trote, chaz chaz chaz chaz, única música posible. El quiebre del color, la llegada del bronce había anunciado semanas antes el cambio de estación. Ahora era solo preámbulo de los tiempos blancos por venir.
La nube colapsó el instante ante nosotros.
Trajo la lluvia el silencio de la hoja, el silencio del color que se lava la cara con cada gota. El paso antes sonoro se convirtió en barro, y los pies dejaron de ser dos para ser cuatro. El paraguas cubría a media los cuerpos. Se juntaron más. La lluvia invita a la intimidad incluso en un parque. Los mismos patos se paseaban, sin consciencia de sí mismos, pero permitiéndome ver que los días eran dos, que no estaba en la orilla del Sena y que los cisnes esta vez no tenían cuellos sobre los cuales guindar mis deseos.
Mis pensamientos adquirieron forma espiral, al igual que los jardines del castillo. Se hizo mi boca orangerie sin naranjas y solo la fuente, sobre la que otrora el niño perdido jugaba con la angustia de la madre, se me presentó como solución: seguir, fluir como su agua, siempre presente.
De su beso vino la más fuerte convicción de instante.