Diego

Montaje y foto hecho por Diego, 2011.

Montaje y foto: Diego Tovar Armas, 2011.

La madre le dice a su hijo que está orgullosa de él cuando él es obediente. Yo, desde el anonimato impuesto, desde el ser sigiloso en el que me he convertido ahora que vivo en casa ajena, escucho sin dejar salir ni un asombro, en el silencio que no es producto de una ausencia de ideas sino todo lo contrario: esfuerzo sostenido de no dejar en evidencia lo que adentro ocurre. Menos mal que no me veían, pienso, porque aún a mis 26 años no he aprendido a que mis ojos no me delaten. Pocos se dan cuenta, o pocos me dicen que se dan cuenta. Alexis, por ejemplo, me pregunta mucho “¿en qué piensas que pusiste esa mirada?”. Tengo que tener cuidado de lo que pienso cuando él está cerca. Igual que siempre tenía que pensar lo que diría las veces en que Diego, mi ahijado, era mi interlocutor. Hoy, uno me recuerda al otro.

Cuando Diego y yo aún vivíamos los dos en Caracas lo cuidé en varias ocasiones mientras mis tíos salían de la rutina nocturna. Veíamos películas, leíamos cuentos, comíamos. Todo suena fácil, actividades corrientes para pasar el rato con niños. Pero con él, no lo era. Todo comenzaba con la elección de la película. Íbamos al kiosko cercano que vendía películas piratas y el señor al ver que era un varón, decía “aquí está la nueva de Spiderman, o los 4 Fantásticos, o los Transformers, son buenísimas”. Diego le respondía “no me gustan las películas de violencia”. El señor quedaba algo confundido, me miraba en busca de respuestas que yo no daba porque no entendía sus preguntas mudas. En una oportunidad elegimos entre los dos una película de Disney que se llamaba La extraña vida de Timothy Green. Llegamos a la casa, hicimos cotufas y nos acostamos a verla. Unos padres que no podían tener hijos hacían una caja con los deseos de cómo sería su hijo perfecto, la enterraban y en medio de una tormenta nacía un niño con pies-hojas. Pequeños ramilletes verdes salían de sus tobillos. A medida que avanzaba la película mis nervios aumentaban porque sabía, sabía que las preguntas que vendrían no serían fáciles. Sabía que la película elegida era dinamita para el cerebro de mi querido Diego. Sus preguntas se sobreponían a la película, hablaba rápido, una tras otra. Me veía forzada a poner en pausa a cada minuto. Él necesitaba saber cómo eso era posible, cómo un niño había nacido de la tierra, por qué tenía hojas en sus pies, por qué al cortarlas volvían a salir… Y cuando llegó el otoño a la vida del niño, cuando Diego vio que esas tiernas hojas se tornaban ocre, marcando ya la inminente caída, me preguntó con mucha angustia “¿se va a morir?”.

A los 4 años nos preguntó qué hizo Cristo para morir “así en la cruz” cuando vio una de las tallas de madera de la época colonial que hay en casa de la abuela Aída. Lo preguntó muy preocupado. Su mamá le respondió con tono cansado, “Dieguito, eso nos preguntamos todos”. Más tarde, veíamos el film de Pixar llamado Tierra y al ver que la mamá elefante no aparecía en la siguiente escena, y bebé elefante estaba solo, me preguntó “¿se murió? ¿qué pasó con su mamá?”. Cuando miles de aves migrando llenaron la pantalla, preguntaba “¿y a dónde van? ¿tendrán comida?”. Sentía como en su cabeza se iban tejiendo historias llenas de interrogantes que el mundo en el que le tocó vivir le generaba. Así habrá sido que un día, mientras iban al colegio, aún en pre-escolar y cuando aún no escribía, le preguntó a su mamá cómo podía hacer él para escribir sobre la ciudad.

Le gusta jugar solo, le gusta el orden, y cuando era un chico de 3 años me reclamó que el ponqué solo lo comía tibio. Yo, temerosa de que estuviera muy caliente luego de haber pasado por las ondas del micro, toqué con las palmas de mis dedos la superficie esponjosa. Eso él no me lo perdonó. Me dijo que ya no lo quería porque yo lo había contaminado. Esa noche perdí la paciencia, le dije que era el último pedazo que o se lo comía o me lo comía yo. Se contrarió, me miró mal, y se lo comió, callado. Ahora, años después, sé que cuando se comió ese trozo pensó en todas las bacterias que ingería. Digo, yo a veces me imagino las bacterias recorriendo mi cuerpo luego del salir del metro, así que en parte, puedo entenderlo.

¿Cuál es el límite de la manía? ¿qué línea divide lo “normal” de lo “raro”?

Diego vive ahora en Lima. Hace cómics, y estudia en un colegio italiano. Sigue sin poner la mejilla para que uno lo bese y aunque ya no come caraotas todos los lunes, supongo que esa tradición ha sido suplantada por otra. Cuando hablo por Skype con mi tía, su mamá, que es también mi madrina, a veces lo veo, dice hola, y pasa de largo. La misma interacción que en persona. Las conversaciones son breves y poco fluidas, menos cuando me va a contar de la historieta que está escribiendo, o del curso que tomó para mejorar la técnica de dibujo. Podría juzgarlo, y preocuparme, y cuestionarme cómo sobrevivirá al “mundo real”, pero entonces, de pronto, me veo preguntándome lo mismo “¿Qué hizo Cristo para morir así en la cruz? ¿Mueren las madres elefantes dejando a sus hijos huérfanos? ¿A dónde vuelan los pájaros? ¿Vuelven? ¿Cómo renace la hoja, el retoño el tallo luego de la poda? ¿Por qué me apego a la rutina de avena todas las mañanas? ¿Cómo hago para escribir lo que en la ciudad sucede? ¿En qué piensas que miras así? Y por último, me pregunto lo mismo que Holden Caulfield, ¿a dónde van los patos del Central Park cuando el invierno congela sus aguas?

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