Elogio al tiempo  

Madrid, 2015©

Madrid, 2015©

Con Caetano

 

El agua rompe el silencio de la espuma

la ropa desaparece en mis costados

y rodean los fantasmas su cuerpo

¿Habrá sido suficientemente árido mi golpe para asegurar el cierre del tiempo?

Ese que se repite en el caracol de sus cabellos

que llega a la hora sin seguir instrucciones

que aguarda paciente en el banco metálico

y es compositor de destinos en días soleados

 

Me descubro

centrifugando azares

mientras tendido en el patio trasero maúlla el gato los trece años de vida que no le quedan

y seca el presente la humedad latente en mis huesos.

Me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

Caracas, 2012 ©

Caracas, 2012 ©

Paso el día pensando en el juicio, consciente de que por la diferencia horaria probablemente será noche de insomnio para mí. No importa, me consuelo, últimamente hay muchas noches de insomnio sin una causa específica así que al menos sabré el motivo de este. Resisto hasta las 3am cuando el sueño me vence, me despierto a las 8, abro el iPad que durmió a mi lado, reviso Twitter. 13 años. 13 años para Leopoldo y no sé cuántos para los otros tres estudiantes. Vuelvo a acomodarme, horizontal, viendo el techo, en mi almohada. Ese gesto que denota una intención de mantenerse en cama, de no pararse bajo ningún pretexto. Pero las responsabilidades son suficiente pretexto para que los pies se incorporen a la verticalidad de la mañana. Preparo un café colombiano que conseguí luego de dos meses de tomar café sabor a otros lados. Vuelvo en el aroma a la cocina de mi madre. Me siento. Mirada fija. Distraigo la mente con el pasar automático del dedo sobre la pantalla, sin pensar mucho. Intentando que la ficticia seguridad de la rutina hoy me baste para evitar el quiebre. En el silencio de la mesa redonda en la que estoy sentada, de mantel plástico florado, para que las manchas sean fácil de eliminar, y cualquier derrame no se perpetúe, allí, en esa calma de mañana, plantas aún adormiladas, de pronto, lloro. Lloro. Me pregunto a mí misma “¿por qué lloras? Era algo completamente predecible”. Y lo era, es verdad. Pero la sentencia me marca a mí, e incluso a los que están allí, una línea aún más lejana de retorno, o de llegada. Esta sentencia simboliza la venganza, el discurso de odio absoluto, que ayer vimos materializado en la violencia a las puertas del Palacio de Justicia, en las agresiones en contra de Manuela, de 5 meses de embarazo. Sentencia a la que siento que cada día nos hemos ido sumiendo, o a la que nos han ido sumiendo, y que hemos permitido, de alguna manera. Una sentencia no tiene fisuras por las cuales entre haz de luz, esperanza, ingenuidad. El llanto no sabe de coherencia, ni de razones, ni necesita de un “sentido”. Me duele la esperanza que no sabemos que aún tenemos hasta que la vemos rota. En este caso aplastada por el martillo en nombre de justicia. Y luego retomo el hilo, me digo que esto podría capitalizarse en votos pero luego pienso en los medios de comunicación casi inexistentes, y en cuánta gente estará al tanto realmente de lo que está pasando, hoy y todos los días. Me pregunto en qué momento la aspiración se ancló en una nevera o una “casa bien equipada”, en qué momento nos ganó el odio, me pregunto que piensa la jueza antes de acostarse a dormir, y qué siente Lilian, y qué está en la mente de los estudiantes en juicio, y en la mente de él, de Leopoldo.

Suenan las campanas de la iglesia que está en la plaza cerca de mi casa recordándome donde estoy. Once de septiembre de dosmilquince. Madrid, España. 14 años del atentado a las torres gemelas.

Sé, horas por delante, que allá habrá otra de esas mañanas frías y sin aliento que tanto conocemos. Mañanas de preguntarse hasta dónde, hasta cuándo. Mañanas de sentir rabia y tristeza. Y luego continuaremos, porque “la vida sigue”. Con esperanza muda y futuro ciego, el país sigue. Y me duele, y me indigno, y ruego por elecciones masivas porque me niego a hacer de Venezuela un país al que rendir homenaje, como si hubiera muerto.

Diego

Montaje y foto hecho por Diego, 2011.

Montaje y foto: Diego Tovar Armas, 2011.

La madre le dice a su hijo que está orgullosa de él cuando él es obediente. Yo, desde el anonimato impuesto, desde el ser sigiloso en el que me he convertido ahora que vivo en casa ajena, escucho sin dejar salir ni un asombro, en el silencio que no es producto de una ausencia de ideas sino todo lo contrario: esfuerzo sostenido de no dejar en evidencia lo que adentro ocurre. Menos mal que no me veían, pienso, porque aún a mis 26 años no he aprendido a que mis ojos no me delaten. Pocos se dan cuenta, o pocos me dicen que se dan cuenta. Alexis, por ejemplo, me pregunta mucho “¿en qué piensas que pusiste esa mirada?”. Tengo que tener cuidado de lo que pienso cuando él está cerca. Igual que siempre tenía que pensar lo que diría las veces en que Diego, mi ahijado, era mi interlocutor. Hoy, uno me recuerda al otro.

Cuando Diego y yo aún vivíamos los dos en Caracas lo cuidé en varias ocasiones mientras mis tíos salían de la rutina nocturna. Veíamos películas, leíamos cuentos, comíamos. Todo suena fácil, actividades corrientes para pasar el rato con niños. Pero con él, no lo era. Todo comenzaba con la elección de la película. Íbamos al kiosko cercano que vendía películas piratas y el señor al ver que era un varón, decía “aquí está la nueva de Spiderman, o los 4 Fantásticos, o los Transformers, son buenísimas”. Diego le respondía “no me gustan las películas de violencia”. El señor quedaba algo confundido, me miraba en busca de respuestas que yo no daba porque no entendía sus preguntas mudas. En una oportunidad elegimos entre los dos una película de Disney que se llamaba La extraña vida de Timothy Green. Llegamos a la casa, hicimos cotufas y nos acostamos a verla. Unos padres que no podían tener hijos hacían una caja con los deseos de cómo sería su hijo perfecto, la enterraban y en medio de una tormenta nacía un niño con pies-hojas. Pequeños ramilletes verdes salían de sus tobillos. A medida que avanzaba la película mis nervios aumentaban porque sabía, sabía que las preguntas que vendrían no serían fáciles. Sabía que la película elegida era dinamita para el cerebro de mi querido Diego. Sus preguntas se sobreponían a la película, hablaba rápido, una tras otra. Me veía forzada a poner en pausa a cada minuto. Él necesitaba saber cómo eso era posible, cómo un niño había nacido de la tierra, por qué tenía hojas en sus pies, por qué al cortarlas volvían a salir… Y cuando llegó el otoño a la vida del niño, cuando Diego vio que esas tiernas hojas se tornaban ocre, marcando ya la inminente caída, me preguntó con mucha angustia “¿se va a morir?”.

A los 4 años nos preguntó qué hizo Cristo para morir “así en la cruz” cuando vio una de las tallas de madera de la época colonial que hay en casa de la abuela Aída. Lo preguntó muy preocupado. Su mamá le respondió con tono cansado, “Dieguito, eso nos preguntamos todos”. Más tarde, veíamos el film de Pixar llamado Tierra y al ver que la mamá elefante no aparecía en la siguiente escena, y bebé elefante estaba solo, me preguntó “¿se murió? ¿qué pasó con su mamá?”. Cuando miles de aves migrando llenaron la pantalla, preguntaba “¿y a dónde van? ¿tendrán comida?”. Sentía como en su cabeza se iban tejiendo historias llenas de interrogantes que el mundo en el que le tocó vivir le generaba. Así habrá sido que un día, mientras iban al colegio, aún en pre-escolar y cuando aún no escribía, le preguntó a su mamá cómo podía hacer él para escribir sobre la ciudad.

Le gusta jugar solo, le gusta el orden, y cuando era un chico de 3 años me reclamó que el ponqué solo lo comía tibio. Yo, temerosa de que estuviera muy caliente luego de haber pasado por las ondas del micro, toqué con las palmas de mis dedos la superficie esponjosa. Eso él no me lo perdonó. Me dijo que ya no lo quería porque yo lo había contaminado. Esa noche perdí la paciencia, le dije que era el último pedazo que o se lo comía o me lo comía yo. Se contrarió, me miró mal, y se lo comió, callado. Ahora, años después, sé que cuando se comió ese trozo pensó en todas las bacterias que ingería. Digo, yo a veces me imagino las bacterias recorriendo mi cuerpo luego del salir del metro, así que en parte, puedo entenderlo.

¿Cuál es el límite de la manía? ¿qué línea divide lo “normal” de lo “raro”?

Diego vive ahora en Lima. Hace cómics, y estudia en un colegio italiano. Sigue sin poner la mejilla para que uno lo bese y aunque ya no come caraotas todos los lunes, supongo que esa tradición ha sido suplantada por otra. Cuando hablo por Skype con mi tía, su mamá, que es también mi madrina, a veces lo veo, dice hola, y pasa de largo. La misma interacción que en persona. Las conversaciones son breves y poco fluidas, menos cuando me va a contar de la historieta que está escribiendo, o del curso que tomó para mejorar la técnica de dibujo. Podría juzgarlo, y preocuparme, y cuestionarme cómo sobrevivirá al “mundo real”, pero entonces, de pronto, me veo preguntándome lo mismo “¿Qué hizo Cristo para morir así en la cruz? ¿Mueren las madres elefantes dejando a sus hijos huérfanos? ¿A dónde vuelan los pájaros? ¿Vuelven? ¿Cómo renace la hoja, el retoño el tallo luego de la poda? ¿Por qué me apego a la rutina de avena todas las mañanas? ¿Cómo hago para escribir lo que en la ciudad sucede? ¿En qué piensas que miras así? Y por último, me pregunto lo mismo que Holden Caulfield, ¿a dónde van los patos del Central Park cuando el invierno congela sus aguas?