Viajar en el tiempo toma segundos

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Esta es la primera vez que vivo en una ciudad en la que se habla mí mismo idioma. Con excepción de ese mes que pasé en Buenos Aires en 2009, es la primera vez en la que el mundo exterior no se me presenta en otro lenguaje, donde puedo insultar con gusto y reclamar con el carácter este a veces tan jodido con el que nací. En otros idiomas, soy la versión suave de mí misma. Hay una rabia que solo se alimenta de la lengua con la que tu madre te habla, y que aunque intentes desarrollarla en otros idiomas siempre va a tener esa limitación (o quizás beneficio) de ser una ira soluble, ligera, no arraigada.

Es la primera vez, también, que al hablar, reconocen mi acento. No me dicen “oh, Espagnole?, como me pasa en París. Me dicen directamente “¿venezolana?”. A lo que respondo, sí y sonrío con discreción. La sonrisa viene por añadidura, una reacción automática. La raíz o razones de porqué la mueca no es algo sobre lo que haya reflexionado. O quizás sí pero no lo suficiente como para escribir sobre ello. La pregunta que sigue es “¿y te gusta aquí? ¿Cuánto tiempo tienes que saliste de Venezuela?”. Respondo que casi un año pero que aquí tengo par de meses, apenas. Me preguntan entonces donde estuve antes, y respondo: Ah, es que vivo en Francia. Decir “vivo en París” aún me cuesta, y me parece fulminante como respuesta. Luego indagan en qué parte de Francia, porque los anónimos de esta ciudad disfrutan mucho hacerse de Sherlock Holmes, o bueno, podría solo decirse que son muy simpáticos – dependiendo desde qué perspectiva se vea. Siempre me dicen que seguramente prefiero estar aquí y que me quedaré aquí, a lo que vuelvo a poner esa sonrisa fácil, casi punto de fuga, o de huida. Recurso no verbal para cambiar lo antes posible el rumbo de la conversación porque sé de antemano que al final espera la pregunta repetida y compasiva de  “¿y las cosas están muy mal en Venezuela?”.

Hoy en la mañana, en el corto trayecto de 4 estaciones, mi cotidiana actividad de observar con detenimiento a los que me rodean, se vio interrumpida con unos acordes de algún Cuatro y el canto… “cuando al amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta…”. Automáticamente me transporté a aquel viaje que hacíamos los cuatro a Cumaná, a visitar a mis abuelos paternos, y en el que mi padre sintonizaba la radio para estar al tanto de los accidentes viales, pero cuyo repertorio musical era solo música tradicional de las que hablan de vacas, ganado, mujeres y abandono o despecho. Luego de tres horas de escuchar joropo llanero del bueno, ese rajado, yo, quizás de 9 años o menos, dije que estaba harta de esa música, que apagara la radio. Mi padre me dio un discurso de lo que significaba esa música, de nuestro patrimonio cultural, de dónde venían mis ambos abuelos, de Venezuela más allá de Caracas. Viajar en el tiempo toma segundos. Fui al recuerdo y volví en menos de un minuto. En el momento en el que regresé al vagón, el señor continuaba cantando. Una parte de mi quería decirle “señor, termine rápido, esto duele”, mientras los ojos se humedecían. Otra parte de mí pensaba en el estudio de Consultores 21 que dice que 1 de cada 4 personas quieren irse de Venezuela. Una tercera parte se preguntó lo de siempre “¿y qué estaría haciendo allá si no estuviera aquí?”.

Esta es la primera vez que vivo en una ciudad donde quien pide dinero habla mi mismo idioma y acompaña la petición, llenando la distancia a casa, con un Cuatro y una canción de Simón Díaz. El señor pasó recolectando compasiones, y al darle un euro que introdujo en su koala azul, desteñido, y con una banderita de Venezuela cosida torpemente, le dije “¿venezolano?” y me respondió, aún inserto en la jerga llanera, “de pura cepa” y sonrió. La misma mueca. Esta vez no punto de fuga, sino ancla a la tierra que ambos, en la diferencia de nuestras vidas, compartimos.

3 pensamientos en “Viajar en el tiempo toma segundos

  1. Camila, colocar el sentimiento/ la emoción sobre una situación de vida que atravesamos en un texto (sin que aún sea puro “recuerdo” siempre es una proeza, pero acá colocas más que eso. Insertas el propio dolor “de la vida que duele”. Esto que ahora, inéditamente, padecemos los venezolanos, al sufrir esta diáspora inexorable.
    Frases memorables recorren este texto, hija, en su construcción bien sentida, dos de ellas, especialmente destacables por la claves que marcan: “En otros idiomas, soy la versión suave de mí misma.” y “Hay una rabia que solo se alimenta de la lengua con la que tu madre te habla.”. Te abrazo, E

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