¿Por qué nosotros?

Elliot Erwitt, 1955.

Elliot Erwitt, 1955.

Es importante que encontremos cinco respuestas a la pregunta “¿por qué nosotros?”, escribo en unas recomendaciones para el trabajo. A los días abro el documento, leo solo esa línea y me pregunto “¿por qué nosotros?” Porqué no los otros, el otro, aquel par, aquella niña que llora la pérdida de su madre, sin saber que es pérdida total, irrevocable. ¿Por qué nosotros? Porqué no ese hombre que se halla padre de tres, viudo, porque entre la vida de ella y la vida que venía, la madre eligió la criatura, mientras el cáncer avanzaba.  ¿Por qué nosotros? Porqué no la abuela que ha criado ya a hijos, nietos y bisnietos y aún tiene que cocinar el día a día sin otras manos que la asistan. ¿Por qué nosotros? Y no aquel, que necesita el hilo reparador, la pega que junte los trozos del corazón sintético. ¿Por qué nosotros? Y no los que siempre andan buscándose, y se rozan, pero no se ven, y ni se encuentran. ¿Por qué nosotros? Si la existencia de un “nosotros” exige decisiones, exige precisar el tiempo aunque parezca inoportuno y para esas cosas no estamos ahora.  ¿Por qué nosotros? Si el cauce se ha llevado las raíces. ¿Por qué nosotros? Si somos dos troncos que van corriente abajo. ¿Por qué nosotros? Si somos imposibilidad geográfica. ¿Por qué nosotros?  Si es más fácil la misma cama, el mismo sofá, las mismas manías, la vuelta de la esquina, lo conocido. “¿Por qué nosotros?”, pregunta egocéntrica, egoísta, prepotente, ridícula. No tengo cinco respuestas, solo el atisbo de una que muta de piel y aún así no sacia la necesidad de quien quiere siempre encontrar respuestas en donde no hay más que un puñado de signos de interrogación que entre ellos se reproducen para ser de la duda, el hambre, y también el pan. 

Impaciente amar

The Bride Stripped Bare by Her Bachelors, Even (The Green Box). Septiembre 1934. Marcel Duchamp

The Bride Stripped Bare by Her Bachelors, Even (The Green Box). Septiembre, 1934. Marcel Duchamp.

Hemos perdido la tradición epistolar. El pensar cada palabra con cuidado, con extrema determinación, como si no hubiera vuelta atrás una vez que la pluma ha tocado el papel. Ahora somos una instantánea, un ir y venir a velocidades kb/s. El límite de la velocidad está determinado por la banda del internet o el servicio de datos del celular. Nos hemos convertido en seres impacientes – o así pareciera. Pero… ¿Cómo no? ¿Cómo no ser impacientes si vivimos en un mundo donde todo ocurre de manera fugaz?

Mi abuelo solía enviarle telegramas a mi abuela desde el rincón de Venezuela en el que estuviera de viaje. El telegrama – ancestro del tuit – solía ser una pequeña dosis concentrada de añoranza. Pequeña dosis concentrada que respondía a la necesidad de hacerle saber al otro que su presencia era real aunque hubiese distancia de por medio.

Al irse de viaje a Italia, le envió una carta por día, describiéndole su estado mental. El entorno pasaba a ser secundario, y lo único importante era la comunicación continua. ¿La diferencia a estos tiempos? No era simultánea. Él esperaba con ansías las respuestas de alguien que lidiaba con la cotidianidad, la realidad de desayuno, almuerzo y cena y los niños llorando. En un punto, él desespera. No sabe de ella, de los hijos, ni de nada de lo que ocurre en su casa. Porque a pesar de estar lejos, él quería los detalles accidentados de lunes a domingo. De él brotó la misma desesperación que sentimos cuando no han respondido el mensaje de Whatsapp. Hizo, incluso, un recuento de la fecha en que recibió por última vez una carta así como vemos la última vez que ese, el que queremos, se conectó. Entonces 1956 y 2013 se unen: la impaciencia del amante no sabe de tecnologías ni tiempos. Es exactamente la misma deriva, el mismo sentir de abandono. Como si la distancia, entonces, lograra quebrar, fracturar, la comunicación que tienen los cuerpos, el lenguaje silente del roce.

En aquella oportunidad el servicio de correo estaba en huelga, y por eso él no había recibido ni una carta. Según lo que leí en su detallada descripción, cuando él descubrió que no había sido olvidado, que había una causa externa, una explicación puntual de porqué el silencio de su amada, sintió un alivio, un resurgir de la seguridad del que ama. Como si la certeza del otro fuera tan débil así. Como si uno pudiera perder al otro sin explicación aparente. Ella – la causa, explicación o razón – es un reavivar de la llama, un retomar del otro. Un saberse en el presente.

Hay en la distancia un tejer transparente de las almas, una confianza que pende de la comunicación. No hay en la lejanía ojos que calmen, silencios que sean respiros. Hay magia y misterio. Luz y sombra. La distancia hace del ausente, presencia, pero trae con sí los fantasmas que amenazan la sonrisa frente a frente al papel – o la pantalla.

Queda

soltar, abrir siempre las manos, atar un nudo intangible pero concreto que una el presente con el encuentro próximo.

Queda

ser en el otro aunque no sea su piel la que despierte tu mañana.

Contigo, AAA.

Por ti.