La señora Jesusa

Fotografía: Gilles Peress, 1999.

La señora Jesusa duró 15 días en la casa. Empezó a trabajar para cuidar a la señora Teresa, a quien la edad le ha nublado la cronología y la relación espacio-tiempo. La señora Jesusa tenía extrañas costumbres – empezando por su nombre. Hay nombres que no deberían inventar cambiar de género.  La señora Jesusa decía ser enfermera pero cuando a la señora Crucita se le bajó la tensión, los gritos de socorro de Jesusa “Señor Carlos, Señor Carlos” llegaban a Araya. Ni un vasito de agua con azúcar, o las piernas subidas. Todo en torno a la señora Jesusa resultaba un misterio. Un día, el señor Carlos le dio a la señora Jesusa una piña, para refrescar la tarde cumanesa que ahogaba en medio de una brisa estéril. Pero la señora Jesusa decidió lavar con espoja y jabón la piña y hasta ahí quedó la merienda frutal. También hervía los plátanos sin concha, y servía las arepas rellenas de huevo, queso y jamón – digna de un desayuno de camionero. El problema es que ni la señora Teresa ni el señor Carlos son camioneros. A la señora Jesusa le pareció que el casabe – acompañante sagrado de cualquier almuerzo para un cumanés – estaba duro, entonces lo sirvió en un plato hondo lleno de agua.   Eso no le gustó a la señora Teresa. Tampoco le gustaba el nombre así que la llamaba “María”. Yo creo que se le olvidaba. La última tarde, la señora Jesusa ofreció el café guayoyo con un rico aguacate que estaba en su punto perfecto pero que se le había olvidado en el almuerzo. Eso fue suficiente para el señor Carlos tomar la decisión. Era hora de decirle adiós a la señora Jesusa.

Llegó a la casa y 15 días después se fue. Su ropa la metió en bolsas de automercado. No vimos maletas, ni despedidas. La señora Jesusa había simplificado el arte del adiós.

Súplicas telefónicas

Fotografía: Burt Glinn, 1958.

Cuando se trata de amor, todos hemos dejado la dignidad a un lado así sea una vez en la vida. Creo, la verdad,  que para saber no dejarla a un lado hay que haberla perdido varias veces. Aquí estoy sentada en el departamento de mi escuela esperando a mi tutor de tesis, cuando de pronto el silencio de aire acondicionado tan característico de una oficina, se ve interrumpido por un “por favor, vamos a vernos, por favor, por favor, no me hagas esto”. Un drama amoroso telefónico en plena acción. Una de las secretarias le pide al padre de su hijo que por favor se vean. Le dice que el fin de semana se va de viaje, que si puede ser antes. En su voz, más que angustia hay un profundo tono de tristeza suplicante. Él se llama Pedro. Eso es lo único que sé del personaje. El hijo de ambos, Carlos. Ella le dice que no le haga despertar a Carlos tan temprano para poderse ver. Lo cita en Sabana Grande. En ese momento me imagino a los dos, con caras lánguidas, en un banco del bulevar bajo el rayo de sol ardiente tan característico de estos días. Me los imagino siendo interrumpidos por un vendedor de burbujas perseguidoras. Me imagino las burbujas interrumpiendo sus argumentos de porqué volver o los silencios de suspiros. Me imagino una burbuja explotando en la boca de él y ella queriendo limpiársela pero sin saber si debe cruzar la línea divisoria que los separa. Ella sigue en el teléfono. Rogándole. Dejando su dignidad a un lado por una idea de familia. Ella se olvida que está en su oficina, porque una angustia en el corazón hace que se olviden todas las otras realidades. Ella se olvida que está en su oficina, porque sabe que esta será la última vez en la que le ruegue de esa manera para reconciliarse. Esta será la última vez en la que deje a un lado su dignidad.

Almohadas

Fotografía: Mark Power

Entre M y yo hay ocho almohadas de por medio. Cada vez que nos acostamos siento montículos nebulosos desde la punta de mi pie hasta la cara. Las almohadas crean una colina divisoria entre su cuerpo y mi cuerpo. Yo nunca he sido persona de muchas almohadas. De hecho, en mi cama solo tengo una almohada. Tampoco he sido persona de mucho espacio, mi cama es individual. Así que estoy acostumbrada a una almohada en una cama individual. Él, en cambio, está acostumbrado a su colección de almohadas y a su cama matrimonial. Todo suena bien. El problema es que él abraza más las almohadas que a mí. Yo, entonces, he aprendido a abrazarlo a él con una distancia promedio de dos almohadas. También he aprendido a querer a las almohadas. Incluso, he llegado a abrazar almohadas pero sólo cuando él no está. Lentamente, asumí la manía y la volví mía porque estar celosa de una almohada me daba todas las de perder.

Un día, al voltearme para decirle buenos días, él ya no era él. Era, en cambio, una almohada en forma de persona.

TX 1138

THX 1138. Film de George Lucas

Me invitas a caminar. Me dices que vayamos a la derecha. Yo te digo que en un laberinto sin paredes no hay derecha ni izquierda. Te digo que no veo la línea divisoria del horizonte porque en un laberinto sin paredes todo es blanco.

Entonces te pierdes.

Blancos mis pasos en este infinitud que no nos limita el entorno pero sí el tacto de piel ajena. Blanca la espera de volver a encontrarte, a ti, que viste luz sobre luz. Tú, que quisiste sentir, rojo vivo, en un mundo dormido.

Quise despertar contigo. En cambio, desperté con la mayor soledad de mí mismo: mi cuerpo sobre la nada y mis propias manos sosteniéndome.

Palabras para Ecos de Adalber Salas Hernández

[Estas fueron las palabras que Adalber Salas Hernández, director de la Colección Voces Iniciales de la Editorial Bid&Co, escribió para la presentación de Ecos]:

 

Ante todo, quisiera disculparme por no poder estar, físicamente al menos, en esta celebración. Me pesa, tanto por el enorme cariño que le tengo a Camila, como por el gran aprecio que tengo por su libro.

Muchas veces he pensado que el eco, como fenómeno acústico, encarna la relación entre el autor y su obra. Al escribir, uno acepta fragmentar la propia voz, dispersarla en textos. Uno permite que se multiplique en una especie de delta ese río de palabras subterráneo, que fluye bajo la propia vida. Luego de escritos, los textos retornan, pero vueltos extraños – del mismo modo que el eco nos devuelve lo que hemos dicho, apenas reconocible.

No obstante, siempre vale la pena recordar: lo que es válido para el autor casi siempre lo es también para el lector. Leer es una apuesta cuyo riesgo se cifra en el eco. Uno, como lector, interpela al libro que tiene en las manos, y acepta el peligro de que el libro nos devuelva una imagen distorsionada, aunque quizás más justa, de ese yo cuya integridad nos esforzamos tan inútilmente en conservar.

Ecos, el libro de Camila que hoy celebramos, tiene muchas virtudes. Pero sin duda, para mí una de las más notables es lograr escenificar, a lo largo de sus páginas, el difícil comercio entre ausencia y presencia en la vida del ser humano. Con una gran madurez, Camila logra convencer al lector de que haga la apuesta de la lectura, y permita que los poemas caigan en él, haciendo eco, tornándolo distinto. Porque esa operación es la que ejecuta, creo, la -buena- poesía: devolvernos algo de nosotros mismos, pero cambiado, logrando así hacer más amplias las fronteras del mundo que habitamos.

En torno a la serie Dress Code de Marco Bell

Fotografía: Marco Bell.

Dress Code es una serie que, paradójicamente, nos presenta la diferencia que puede existir en el vestuario de una sociedad. Digo paradójicamente porque ese misma variedad de vestuarios, uniformiza y estereotipa. Como si pretendiera seguir el efecto de uniformidad que causa la ropa en las personas, efecto de masa que podemos ver por ejemplo, en los jeans, el fotógrafo Marco Bell, nos presenta una serie uniforme. Todos los retratados están colocados contra una pared y, desnudos de cualquier elemento distractor se nos son dados tal como son. Su ropa, sus zapatos, los accesorios que tienen en las manos e incluso su postura, nos revelan datos de esa persona. Datos con los que podemos jugar y recrear una historia de vida que seguramente no es la real. El elemento “contra la pared” lo considero profundamente simbólico porque el fotógrafo, deliberadamente o no, coloca a sus personajes en una posición en la cual a uno, como espectador, le es más fácil juzgar.

Los disfrazados, por otra parte, adquieren una identidad que no es propia. Se visten de lo que quisieran ser, o de lo que rechazan, o de aquello que les genera miedo y por eso mismo les atrae. Los niños, símbolo de pureza, inocencia, y alegría, llenan sus rostros de la dureza propia de un policía israelí, de la decepción de un preso o del patriotismo de Simón Bolívar, entre otros. El espectador, entonces, en vez de preguntarse “¿qué hará este hombre o mujer?” “¿por qué se vestirá así”, se pregunta “¿cómo un niño puede tener esa mirada?” “¿cómo pudo entrar de esa manera en un rol ajeno?” Y todo esto podemos cuestionarlo porque tenemos ante nosotros una fotografía que, en mi opinión, nos entrega de una manera muy limpia la esencia de esa identidad adquirida.

Esta selección de 20 fotografías de la serie Dress Code, cierra con una imagen completamente distinta en tanto composición visual. Como espectador, tengo ante mí, más cerca, a un hombre con mirada perdida, a un mendigo que si bien puedo apreciar desde lo íntimo del close-up, se me hace imposible juzgar. Desposeído, representa el desinterés por el vestuario, el desinterés en formar parte de un estereotipo. Y de esta manera, Marco Bell, nos da un atisbo de lo que podría ser su próximo trabajo.

[La selección fotográfica puede ser vista en http://marcobellphoto.tumblr.com ]

Salida del sol

A MB.

Claude Monet. Salida del Sol

 

Ocurre que te decepcionas, y sientes que cambiaste de orilla. Que tú orilla, y su orilla, ya no son la misma. Pero no quieres estar sola de este lado, sin él. Sientes el brillo que rebota de su arena y sabes que esa es la luz que quieres. Y pides que se unan los extremos. Que tú extremo se acerque al de él. Y él te dice que así va a ser, que no te preocupes. Y tú te aferras a esa certeza como te aferras a la piedra que elegiste tuya entre todas las piedras del mar, y que aprietas fuertemente en tu mano, debajo de todas las olas, para que el agua no se la vuelva a llevar. Conservas la piedra y la colocas en tu biblioteca, o en tu estante, o en tu mesita de noche y cada vez que la vez sabes que esa fue la piedra que de todas, el mar te quiso conceder y que tú pensaste haber elegido.  Se la muestras, como signo de haber estado en tu propia orilla y como signo también, de haber regresado a la suya.

Regresar a las manos abiertas del otro y sentir que nunca hubo partida.