Un poema de la Serie M (inédita)

Mark Rothko

Me incitas a la narrativa
a la descripción
a la prosa

no a lo breve
ni al verso huérfano

Me incitas a frases conexas
hiladas por comas, puntos y comas
nunca un punto y final

Incitas en mi
la rosa tallo de noche
tallo sin espinas
seda hilada
entre la palabra y su deseo.

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Sobre el Leviathán de Anish Kapoor [Monumenta 2011]

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Un aire rojo que cubre los pies de los visitantes y una sensación de calor que se destila del color. Un monumento ante nuestros ojos que me lleva a los instantes en que acostada en la arena de alguna playa, cerraba los ojos y quedaba ahí latiendo una incadescencia. En el folleto que me dieron, Anish Kapoor dice que él espera que entrar en su espacio dentro del espacio sea una experiencia contemplativa y poética. Para mí, lo fue. Hay una poesía encerrada entre las líneas difusas y dependientes del sol. Hay una poesía entre los cóncavos que se crean y las sombras que se proyectan reflejando las vigas del Grand Palais. Contemplo el gran potencial del negro que tiene el rojo, como él dijo. Pero de pronto es un rosado leve el que ilumina estas páginas. Una luz que me hace trascender estando aún sentada. Pienso entonces en las fotografías del cosmos o de alguna estrella.

Vigas Grand Palais, Leviathán de Anish Kapoor. París, 2011.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

El título de la obra, “Leviathán” me lleva al monstruo bíblico, también al Estado de Hobbes. A la fuerza de la obra que, a la manera imponente como se te presenta luego de que aceptas entrar en su interior. Es darle a la obra el poder de hacer de ti parte de ella misma. La gente aplaude y se crean ecos de ecos. Sientes como van a las concavidades y regresan multiplicados. Cuando no hay sol, son las líneas negras propias de las lona de la obra que nuestros ojos miran. La obra va al ritmo de la nube que tapa al sol. La obra va al ritmo de la nube que tape el sol o que lo deje desnudo. La sombra se proyecta en líneas que se cruzan [maya incandescente]. Mi piel se tiñe de la monocromia de Anish Kapoor. Somos todos parte de la obra y al mismo tiempo no somos más que espectadores. Regreso a la era que no recuerdo, a la imagen del universo que algún satélite captó. Siento en mi piel el aire ancestral que me lleva a la línea que se dibuja en la curva del Leviathán.

Leviathán de Anish Kapoor. Paris, 2011.

Le Grand Palais está dentro de la obra en forma de sombra. Al salir por una puerta giratoria llena de misterio, un hombre informa que la visita no ha terminado y  hace una seña para que uno continúe a mano derecha. Obediente sigo el camino y al girar está frente a mí el cuerpo del que ya he visto las entrañas. La obra dentro del Grand Palais. Las curvas siguen pero sin concavidades. Es una experiencia que se vive a la inversa. De lo interno a lo externo. Del misterio a lo develado. De la metáfora al objeto. De la idea a la materia. Del negro en lo rojo a la luz blanca de las 4pm en el azul del cielo parisino.

Grand Palais, Paris, 2011.

De lo que aún hay

Buenos Aires, 2009.

Hay una sintaxis olvidada

un trayecto repetido en la lengua de los que abandonan

Hay una moral de guillotina

y unos culpables del instante

Hay un cielo azul que repite sus sombras y una estación

que intercambia dinero por destinos

Hay unos rieles que disuelven

la desesperación de los viajeros

Hay calles que se alejan del mapa y permanecen ocultas

a la angustia del turista

Hay un abismo latente

ojos testigos

y hay unos rieles

los mismos rieles

que dan la abertura y el cierre.

El Bar de la Boutique

Palermo, Buenos Aires. 2009.

Otra tarde en la Boutique del Libro. Todas las tardes en este sitio son distintamente iguales. Lo que no cambia es el chico que me toma la orden. Voz dulce, ojos tiernos, pasos suaves, gestos pensados, calculados. Le pido un café con leche (he descubierto que el café con leche de este lugar es como el marrón claro venezolano). Saco el celular y lo coloco sobre la mesa. Espero el café. Me fumo un cigarro. Los ojos marrones vuelven a salir, a lo lejos, gatunos. Entre los libros de poesía veo una mirada convertida en binoculares. Me mira desde lejos. Siento que puede ver lo que escribo en este cuaderno. Sin saberlo, se ha convertido en un personaje recurrente de mi diario. El café llega en manos del mozo de pasos finos y mirada tierna. Le doy las gracias y me responde “de nada”, por un momento siento que ya no estoy en BsAs. Aquí nadie dice “de nada” sino “no por favor”. Un sorbo. Dos líneas del libro “Llamas telefónicas” de Roberto Bolaño. Otro sorbo. La luz empieza a hacerse escasa. A lo lejos los ojos marrones. Ve la dificultad con la que leo, y me prende la lampara. No logro darle las gracias porque ahora no consigo su mirada. Otro sorbo. En la mesa de al lado se sientan cuatro señores: dos mujeres y dos hombres. Eran señores de edad entrada. Muy bien vestidos. Parecía que llegaron al Bar de la Boutique sólo por casualidad (ahora sé porqué llegaron… Venían de una funeraria que queda a unas cuantas cuadras de aquí). Piden cuatro cortados. Nada más. Una de las señoras toma su celular. Los otros hablaban de la bolsa, de política, de fútbol, quizás. Hacían predicciones en esas tres áreas. La mujer que tenía el celular interrumpió el debate sobre la eficiencia de Maradona como técnico de la selección argentina para preguntar que a quienes ponía en el aviso. Los otros tres iniciaron una enumeración sin puntos ni comas de nombres y apellidos. Era peor que el narrador de una corrida de caballos. La mujer le repetía a la otra mujer que estaba al otro lado del teléfono (y que probablemente mientras los cuatro señores se decidían, se pintaba las uñas) los nombres y apellidos de parte de quien iba el obituario. Dado que todos eran descendientes de europeos: polacos, rusos, alemanes, italianos, los nombres – y apellidos – debían ser deletreados. Esa escena a lo David Lynch duró aproximadamente unos 15 minutos. Al darle el número de la tarjeta de crédito, todo acabó. La mujer cuelga diciendo que era necesario poner un anuncio porque la gente toma en cuenta esos “detalles”, los otros tres le respondieron con un indiferente y su eco sí (un sísí). De ahí la conversación se enfocó en el muerto. Era compadre del nuero de la señora que había llamado. Vivió muchos años en la pampa. Montaba a caballos todos los días y tomaba mate cada 4 horas. Era riguroso. Ni un minuto más ni un minuto menos. Eso hacía que pudiese dormir las horas necesarias. Ni una más, ni una menos. Se había casado con una colombiana que llegó a la Argentina con sus padres cuando era muy pequeña. Se habían conocido en la Facultad de Letras y Filosofía de la UBA. Ella era comunista y él, él no era nada pero era todo. Luego de haber terminado la carrera, decidieron huir al campo. Se habían cansado de tener que estar pendientes siempre de si tenían monedas para el colectivo o si había paro en el subte, o si alcanzaba el sueldo para comprar leche. Entre los dos llegaron a la decisión de irse al campo. Ahí no necesitaban monedas, ni subte y la leche se la daban las vacas directamente. Este es un elemento importante en la historia del compadre del nuero de la señora que hizo la llamada. Me di cuenta de eso porque cuando contó lo de las vacas, suspiró y agregó “y directamente de las vacas vino su muerte”. Parece ser, yo me perdí una parte de la historia porque en la mesa de al frente se había sentado una pareja (que no era pareja) bastante particular: ella llevaba unas mallas muy ajustadas con lazos negros estampados y unas botas que hablaban de sus años; él, vestido como cualquier ejecutivo o chico que trabaja en oficinas, miope, con zapatos de cuero gastado y pantalones de pana para evitar que el frío congelara el posible calor que se generaría horas después, cuando salieran del bar. Parecer ser, entonces, que el compadre del nuero de la señora que hizo la llamada telefónica contrajo una bacteria por tomar leche no pasteurizada y murió. Dejó a la colombiana con todas las vacas, chivos, sembradíos y un niño de la edad del nieto de la señora que hizo la llamada. Al terminar de contar la historia, el silencio se adueñó de sus bocas y fue así como pude escuchar lo que hablaban la pareja que no era pareja.

La mujer de las mallas ajustadas y el hombre de pana tenían 5 años sin verse. Ella, con un libro de Barthes en la mano, pretendía contarle, así, en un café en medio de Palermo, lleno de gente, todo lo que en esos 5 años pasó o dejó de pasar. Yo, aturdida, pero maravillada de todas las historias que escuchaba, pedía una Stella Artois y prendía otro cigarrillo. Era mejor que cualquier película. Era el material para una película, de hecho. Los fragmentos de Barthes se mezclaban con las piezas incompletas de sus 5 años de ausencia. Se casó, se divorció. No se mudó. Él – el ex-esposo – tampoco se mudó. Contaba como había alcanzado la máxima felicidad al vivir con su ex-esposo en la misma casa pero sin ser su pareja. Él hombre se atragantaba con el café y la posible pasión que vendría luego, se enfriaba a pesar del pantalón de pana. Sólo le decía “mi psicoanalista me dijo que es muy importante cerrar ciclos” (he notado, luego de ser testigo omnipresente de varias conversaciones, que todo porteño tiene un psicoanalista, y que este es el personaje más presente y recurrente en cualquier diálogo que se lleve a cabo en un café, un subte, un bar, una plaza…). Ella, sorda a lo que él decía, seguía su monólogo (interrumpido por segundos para tomar un sorbo de café o para tomar – sin permiso – mi encendedor y prenderse un cigarrillo). Al terminar, sólo le dijo “¿y tú? ¿tienes novia?”  Pero antes de que él pudiera empezar a ser el personaje central de la escena (el que contaría ahora su vida) ella dijo “ah, verdad, vos no sos de esos que se comprometen”. Ahí él se lanzó por la colina de que sí era de esos pero que ahora no. En ese instante, me percaté de como la bota de ella, que hablaba de sus años, empezaba a subir y bajar, en un leve roce por el pantalón de pana de él. Todo ya estaba preparado para que el mozo de mirada tierna y pasos silentes le trajese la cuenta y se fueran, cuando entró a la escena, un segundo hombre. Mira a la mujer de las mallas ajustadas y lazos estampados y le dice “yo la conozco a vos” y ella – que en ese instante tuvo que regresar la bota al suelo – le dice “¿vos has estado en el bar 730?”, “no, no recuerdo” responde él y ella agrega “ah, entonces vos me confundió con otra”. Desde mi asiento, su mirada denotaba una amnesia selectiva. El otro, como era miope y se había quitado los lentes, no era capaz de ver la mentira en los párpados de la mujer que vivía con su ex-esposo o quizás poco le importaba si conocía a aquel tipo o no. La cuenta llegó y con ella, la propuesta de largarse de ahí a algún hotel. O quizás a la casa de la mujer, porque su ex-esposo y su psicoanalista, no veían ningún problema en que ese fuere el lugar de trabajo de la mujer de mallas ajustadas y lazos estampados.

Tantos botones como arrugas tienen sus manos

[Entrada de un diario desempolvado]

 

Bus 130. Destino: Belgrano, calle Pampa. Salida: Paseo Colón. Máquina dispensadora. Monedas. Ausencia.

Al montarme en el “colectivo” o coloquialmente hablando, en un “bondi”, me percato que las monedas son el único medio de pago. Sí, las monedas. Problema: las monedas habían emigrado de mi cartera. Ahora viven en el sombrero de cualquier músico de la ciudad. Ahora viven en las manos del “pibe” que me pidió dinero. Problema resuelto. Alguien pagó mi ticket. Un viejo señor, quizás. Eso creo, sí, eso creo.

Paseo por el barrio chino. Réplica en miniatura de cualquier barrio chino en cualquier ciudad del mundo. Dragones, globos de papel, pequeños gatitos que mueven sus patas deseando suerte al ciego, al sordo, al mudo. Todo perdemos los sentidos en medio de la rutina. Cuando viajo, los recupero. No paro de hacer hallazgos con la mirada. Uno de esos hallazgos fue una tienda de botones. Tiempo paralizado. Tiempo en coma. En esa tienda los relojes dejaron de sonar hace más de 30 años. Cajas podridas. Luz tenue. El señor encorvado camina hacia mí. Empieza la aventura de los botones. Entro al bosque. Hay botones verde grama, selva, madera de zapatero o caoba. Hay botones naranja o sol que se pone. Hay incluso botones nacar. Botones miel, botones mar, río… Hay tantos botones como arrugas tienen sus manos. Él empieza a hablar en francés. Dasza responde. A mí no me habla en español. El idioma lo ha trasladado a sus 12 años. A su infancia, a la tierra abandonada por sus pasos. A la tierra dejada en su cuna, en su cama de infante, en sus pupilas de estudiante de la geografía universal y la historia. Pagué 25 pesos por una bolsa de botones. Dos de regalo: el amarillo oro y el morado ciruela. Algo debo hacer con ellos, pensé. Mientras, el encuentro se suma a mí antología de inéditos.

Leve golpe de mar

A MB

Habitación junto al mar. Edward Hopper.

Él está a mi lado, a la custodia inconsciente de mis miedos y aún así, no puedo dormir. Escucho toda clase de ruidos y la oscuridad alimenta la imaginación tenebrosa. Me lanzo a la tarea de asociar cada sonido a su respectiva fuente. Es absurdo. Como resultado obtengo la fuerte convicción de que los cangrejos lograrán traspasar el piso de la carpa y que sus tenazas morderán nuestra piel.
Las vueltas sobre el sleeping-bag o el aislante, no sopesaban la dureza del piso – a la vez arenoso, a la vez roca. Mi desesperada rutina insomne lo despertaba en medio del mejor sueño que los párpados saben borrar al abrirse. Me decía “mira las estrellas, amor, increíbles”. Y verlas me regalaba la visual asociada a los sueños o a los cuentos intergalácticos que se suelen leer cuando se es pequeño. Me dispuse con la mejor intención a narrarle mi penuria, todo lo que me imaginaba, la invasión de los bichos incluso la nimiedad que me hacía sentir el techo – cielo – estrellado, cuando de pronto percato que su respiración había cambiado, se había hecho profunda, pesada, como si estuviera cayendo por el vacío. No había dudas: se había dormido. Definitivamente a él el sonido del mar le cura el desvelo, pensé. A mí me lo alimentaba. El golpe de las olas con la orilla de la playa revolvía mi interior azul, el agua entraba hasta los compartimientos creídos ya cerrados – y sellados por el tiempo, la mirada fija en un cielo tan ajeno, a veces equidistante a la memoria de los otros. Yo, que nunca había dormido en suelos que no fueran de tierra yacía, allí, en mi día de cumpleaños número 23, escuchando mi propio mar y sintiendo el leve golpe del mar de los otros, el leve golpe del mar de él.