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Si pudiera
atar mis manos a la suavidad de la hora, tejer el algoritmo de la espera, descubrir el espejismo de sus manos desconsiendo la metáfora que nos cobija. Si pudiera bailar nuestro silencio, la nota de su miedo. Si pudiera escasear los minutos que nos distancian y aun así siempre parecer inédita. Si pudiera recordar la historia sin modificar los signos de exclamación y las preguntas que teníamos. Si pudiera guindar un dreamcatcher sobre nuestros cuerpos para que atrape los sueños que no tenemos la capacidad de asir. Entonces, estaría escribiendo una novela de amor, un bestseller que venden en los kioskos subterráneos de Buenos Aires.
Prefiero
la realidad tostada de los sanduches para desayuno, almuerzo y cena, la botella de vino sin sacacorchos que estalla al intentar abrirla, los mosquitos caníbales que favorecen al insomnio, la luz de 7am que nos irradia desde la ventana sin cortina, la primera discusión gracias a whatsapp – o a través de whatsapp, el mirar al otro en medio de la multitud y querer gritar “ese es, ese es” y luego ofender a la justicia haciéndole honor a los versos de Szymborska  en el poema “Un amor feliz”.
Prefiero
el lente de la realidad y darle play a un soundtrack que se va construyendo a la medida de nuestras pulsaciones.

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