Y de pronto, pasa

Paris, Francia. 2011

La manera más rápida de conseguirlo es leyendo. Leyendo todas las historias que involucren la larga lista de coincidencias que los llevan a conocerse. Leyendo también los periplos que llevan a no conocerse. Es la manera más fácil, también. Tienes vidas en tus manos, en las palabras que otros han escrito, en los destinos que los demás han querido para esas personas (o esos personajes). Podrías intentar repetirlo en tu vida, pero eso creo que traería finales y a las personas no nos gustan los finales (menos cuando están tan bien orquestados como en una novela). Entonces ahí empieza la fase de búsqueda, buscas por todos lados. Cualquiera podría ser una posible experiencia. Pero de pronto te das cuenta que no quieres buscar, que te cansa, que no tiene sentido – o que no tiene el sentido que quieres. Te sientas. Te sientas en el banco, cruzas las piernas, sacas un cuaderno y escribes. Piensas qué podrías rayar en el asiento de ese parque. No se te ocurre nada. Nada. Ves la nube, forma que nunca tiene una sola forma. Te levantas. Caminas con la mariquita que acaba de caer de un árbol subiendo por tu pierna. Te despides de ella. Y sigues el paso. Sin tormento porque sabes que no eres el único que se siente así. Y de pronto, pasa. Pasa que suena un timbre, y que lo escuchas. Pasa que abres la mirada. Y ahí está. Y sonríes.

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