Engranajes

Escena película Hugo Cabret, dirigida por Scorsese

A mí siempre me han dado curiosidad los engranajes. De hecho, cuando era pequeña disfrutaba muchísimo desarmar una rana mecánica (que al colocarla en el agua movía sus ancas y nadaba), ver todo lo que tenía adentro, sacarle las piezas, volver a armarla y, la mejor parte, comprobar que funcionara. Me gustaba tanto la mecánica de las cosas que en 4to año de bachillerato cuando me hicieron un test vocacional, el resultado reflejó mi tendencia a estudiar “mecánica automotriz”. No sé si eso tuvo que ver con el hecho de que las preguntas eran realmente deprimentes: ¿qué le gustaría más, sembrar un tomate, ver las estrellas o desarmar y armar una licuadora? y que yo siempre haya preferido optar por desarmar y armar objetos. El resultado no me gustó, qué literal, pensé.

Anteanoche fui a ver “La invención de Hugo Cabret”. Tenía muchísimas expectativas dado que el libro de Selznick me había parecido una obra estéticamente maravillosa. A mí la película me fascinó. Que es pura post-producción, dicen unos. Yo de asuntos tan cinematográficos no sé, lo que sí sé es que la película está llena de una magia casi palpable, así como las pequeñas pelusas de polvo que se ven flotar en el aire de luz ocre a lo largo del film. Todos los personajes son pequeñas piezas, que calzan perfectamente unas con otras y que dejan siempre un entrelíneas, un mensaje que decodificar. En lo personal, me sentí muy identificada con Hugo, con esa necesidad de encontrarle explicación al mundo. Para él, el mundo es una gran máquina y como en ninguna máquina hay piezas que sobran, él no podía sobrar. Esto se lo decía a una chica muy racional, carente de aventuras más allá de las novelas, y con ansias enormes de sentir sin pensar. Dos personas me dijeron que la niña era igualita a mí y yo, me sentí igualita a Hugo. Así es como al parecer, lo que uno cree que ve de uno mismo es diferente a lo que los demás ven.

Hoy, sola en casa y aprovechando el tiempo para leer algo y disminuir el número de “pendientes”, abrí un email que Mario Morenza me envió con dos regalos adjuntos:  dos cuentos de J.R. Wilcock escaneados. Decido leer el intitulado “Absalon Amet” (aquí lo comparto) y, para mi sorpresa, resulta ser la historia de un relojero que fabrica a un complejo “Filósofo Universal” lleno de cilindros de verbos, preposiciones, conjunciones, adverbios y más, logrando que diga frases tan irreverentes como esta: “El gato es indispensable para el progreso de la religión”. Claro está que todo el cuento es una gran ironía y sarcasmo sobre la filosofía moderna occidental. Lo que me sorprende es como este cuento junto con la película y junto a mi pasión por el funcionamiento de las cosas se convirtieron en las piezas necesarias para que este reloj reflexivo que es mi blog, moviera sus agujas. Algunos lo llamarían coincidencias, yo lo llamo engranajes.

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