en esta ciudad

Terrazas del Ávila, Caracas. 2010

en esta ciudad, de atropellados despidos, de corriditas para llegar rápido a la puerta, de “cuídate” en vez de chao. en esta ciudad, de enamorados sin plazas, y de putas sin horario. en esta ciudad, de meganoelpandecadadía, cantaitos de las rutas del carrito, de aveniiida andrés beeeello, cadalaflorida, la campiña, pdvsa la campiña, rapidito que hay puesto. en esta ciudad de nubes vistiendo el ávila, de esquinas con nombres y direcciones sin mapa. en esta ciudad, violenta, obstinada, hostil, abandonada, roida.
en esta ciudad
aún puede la certeza hilar dos cuerpos.

Una turista entre todos los hinchas

De pronto, descubro que él es hincha de los Rojos del Ávila. Digo, “vale, otro más”. Pero luego descubro que es realmente hincha, que va a todos los juegos y que forma parte de una Barra brava. “Bien, puede ser fanático de algo”. Yo no puedo ser fanática de nada, pensé. A partir de ese momento, sería él con sus domingos rojos, y yo con mis domingos tranquilos. Este plan fue interrumpido con su propuesta a asistir a un partido de CCS-Lara. La curiosidad de gato pudo más que el desinterés explícito que he tenido siempre hacia el futbol en general (y cualquier deporte -con inconstantes excepciones). Así que acepté. “Total, hay que vivir eso así sea una vez”, me dije. Estoy segura que él me invitó sin tener esperanzas de que yo dijera que sí. O que diría que sí, pero que luego cancelaría. Pero no cancelé. Me puse mis zapatos de goma – olvidados en una esquina de mi cuarto y partí a la aventura. Estoy segura que por más que quisiera pasar desapercibida era imposible. Era como si tuviera un cartelito que dijera “es mi primera vez en el estadio, brinco brinco de la emoción” – mas estoy segura que mi gestual no era así. Hicimos la cola, entramos, pelée para conseguir un agua mineral – “aquí no sabemos de vicio”, me decían, “sólo vendemos cervezas”. Hubiera sido refrescante una cerveza – para intentar aún más pasar camuflajeada pero los antibióticos y las cervezas no son pareja. Subimos a donde se ubica la barra 4.20. Fuimos recibidos con unos cánticos en los cuales incluían su nombre y una ráfaga verde. Yo, al lado, como la novia que no tiene idea de como actuar. Poco a poco se fue armando una atmósfera de energía convergente. Miles de personas en torno a un mismo sentir, a una emoción casi sobrehumana. A una sincronía de voces. De vez en cuando los que estábamos en este lado, teníamos que callar para saber qué canción habían comenzado y como si existiera un director de esta inmensa coral, seguir la pauta. Yo miraba. Miraba los tatuajes del escudo del CCS que varios llevaban en brazos y piernas, miraba al que movía la bandera, miraba al que se quitaba la camisa, miraba al que escuchaba – simultáneamente- la narración del partido por radio. Y miraba, por supuesto, el partido. Él cantaba, brincaba, reía del momento y de mí – por supuesto. Después del segundo tiempo, empecé a sentir una transformación interna. Algo estaba pasando. La emoción, la emoción que siempre he considerado ajena, de otros, empezó a recorrer mis venas, mi impulso, mi ritmo. Todo empezó por los pies, ligeros movimientos rítmicos y de pronto, lo inimaginable, mis labios. Mis labios comenzaron a moverse. A pronunciar “roo, dale, dale, roo”. Él se dio cuenta, sonrió y bromeó. La crítica de la fanaticada, casi desmedida, pedía un cambio de entrenador mientras que yo seguía siendo una turista entre todos los hinchas. Varias horas después, seguía temblando el estadio. Al menos, para mí.

Cuando no estoy despierta

Marché aux puces. Paris, Fracia, 2011.

Habías nacido. Eras la tercera hija de mi madre, mi segunda hermana. Te llamabas como la segunda. Jimena. Fui por ti al hospital. Al verte, todos mis sentidos se conmovieron. Estabas cubierta de mantas azules turquesa. Te sujetaba con fuerza,  me daba miedo que te cayeras. Las escaleras eran en espiral y alfombradas de color azul índigo. Logré pisar tierra firme. Él me dijo que iría por el carro, que esperara allí. Que esperáramos. No hice caso e intenté caminar para acercarme. Lo primero que vimos al salir del hospital fue un mar, un mar vasto, cristalino. Te dije “qué hermoso debe ser que lo primero que veas en tu vida al nacer sea el mar”. Tú hiciste un gesto de aprobación. Tus ojos estaban abiertos. Me hablaban. De pronto, nos encontramos con un charco y un aviso que decía “mayor reserva de pirañas en el mundo”. Eran miles. Podíamos ver sus afilados dientes. Las superamos. Pero entonces, entonces escuché un “crash”, un desmembramiento. Como si fueras un robot. Tus párpados cerraron. No respondías a mi llamado. Regresé corriendo al hospital. Algo te pasaba. Yo lo sentía. Te coloqué sobre la camilla. Dije “algo le pasa”. Ellos se miraron. Miradas de complicidad triste. De tragedia. Dijeron que te harían una radiografía, como decir que vas a tomar un café. Cuando volvieron, me la mostraron, te habías roto. Estabas completamente rota. Tus miembros se habían desprendido de tu torso. Colgaban cables. En medio de todo el fuerte dolor y la fría sensación de no haber escuchado ni entendido nada, aparecieron papá y mamá felices. Venían a conocerte. Pero ya tú no estabas. Te habías ido. Y yo, yo me quedé con tus ojos mar y este maldito sueño que no comprendo y que hoy te narro.

Y de pronto, pasa

Paris, Francia. 2011

La manera más rápida de conseguirlo es leyendo. Leyendo todas las historias que involucren la larga lista de coincidencias que los llevan a conocerse. Leyendo también los periplos que llevan a no conocerse. Es la manera más fácil, también. Tienes vidas en tus manos, en las palabras que otros han escrito, en los destinos que los demás han querido para esas personas (o esos personajes). Podrías intentar repetirlo en tu vida, pero eso creo que traería finales y a las personas no nos gustan los finales (menos cuando están tan bien orquestados como en una novela). Entonces ahí empieza la fase de búsqueda, buscas por todos lados. Cualquiera podría ser una posible experiencia. Pero de pronto te das cuenta que no quieres buscar, que te cansa, que no tiene sentido – o que no tiene el sentido que quieres. Te sientas. Te sientas en el banco, cruzas las piernas, sacas un cuaderno y escribes. Piensas qué podrías rayar en el asiento de ese parque. No se te ocurre nada. Nada. Ves la nube, forma que nunca tiene una sola forma. Te levantas. Caminas con la mariquita que acaba de caer de un árbol subiendo por tu pierna. Te despides de ella. Y sigues el paso. Sin tormento porque sabes que no eres el único que se siente así. Y de pronto, pasa. Pasa que suena un timbre, y que lo escuchas. Pasa que abres la mirada. Y ahí está. Y sonríes.

Una historia abre

Granada, España. 2011

Entonces ocurre que la hoja cae y da vueltas. Te sientas, la ves y tomas entre tus dedos el azar del viento, el engranaje de la brisa, la cadencia de un vaivén imposible de calcular.
Entonces ocurre que una historia abre, como un capullo de cerezo en pleno abril. Abre recibiendo la luz. Cruzando la mirada con el que se siente a contemplarlo.
Entonces ocurre que hay dos tallos que se rozan, que se tejen, que dejan ver sus zanjas, y comparten la primavera que rasga el cielo.
Entonces ocurre que dos personas ven el mismo haz de luz y deciden extender sus manos para asirlo y al hacerlo, dos manos, dos manos sellan la espera del otro.

En torno a la ponencia del presidente de Guinea, Alpha Condé.

Alpha Condé, Paris. 2011

Al llegar a la calle de mi universidad, me encontré con el paso restringido y unos guardias que me decían “no puedes pasar”. Yo les dije “soy estudiante de Sciences Po, voy a la ponencia”, saqué mi carnet, me sonrieron y me dijeron “pasa, pasa”. Sucede que me estaba dirigiendo a una conferencia del Presidente de Guinea (antiguamente conocida como Guinea Francesa), Alpha Condé. El primer presidente elegido democráticamente en este país que, al pasar por Paris, dejó espacio para volver a su Alma Máter (ya que hizo sus estudios allí) a hablarnos de la democracia en los países africanos. Yo, latina, sentada allí en medio de cientos de franceses y otros estudiantes extranjeros, fui testigo de una clase sobre la libertad y los valores democráticos y del llamado de atención que este hombre hizo a Europa en general de ver el resto del mundo centrándose en ellos mismos.

La contundencia en el verbo de Alpha Condé la evidenciamos al comenzar la conferencia con esta pregunta “¿Quién dice cuándo son las elecciones legislativas en mi país? ¿Guinea o la Unión Europea?” Así dio inicio a una crítica muy fuerte sobre la europeanización y el hecho de que haya sido el mismo “Occidente” el que favoreciera por años las dictaduras en África en pro de intereses económicos. Para él, cuando en Europa dices “África”, las imágenes que vienen son: prostitución, Sida, ignorancia, destrucción. Es decir, una imagen caricaturizada. África es más que eso y están trabajando fuertemente por demostrarlo. Su concepto sobre la democracia se centra en que no es una fórmula matemática que puede aplicarse sin tomar en cuenta la realidad social de los países. Alpha Condé plantea una democracia que se “adapta” a cada pueblo tomando en consideración sus tradiciones y culturas. Esta es, quizás, la única vía para que pueblos que nunca han tenido valores democráticos en su haber, logren aceptarlos poco a poco. Sin embargo, me parece que un concepto “elástico” de la democracia puede llevar a situaciones algo depravadas en las que no estemos en una democracia pero aparentemos estarlo. Este miedo a su planteamiento lo disuadió al decir “los principios democráticos son los mismos pero cada país los aplica de una manera concreta, con sus tradiciones y culturas”.

Al igual que otros políticos que han estado presos, dijo “la prisión es muy buena escuela, el guardia que me cuidaba y pasaba los zapatos todos los días era analfabeta pero tenía todo el poder sobre mí. Creo que la prisión fue un buen colegio para mi carrera política”. Esto lo decía un hombre que tuvo una formación académica impecable antes de haber pasado por prisión. Un hombre que sabe que los “asuntos sociales requieren del tiempo porque es algo que implica al hombre” y que la fórmula debe ser “paciencia más determinación”. Un hombre que felicitó al representante de Human Rights Watch pero que lo llamó “idealista” en su cara. Que le explico cómo una ley sola no puede evitar que poblaciones que creen firmemente en la ablación de clítoris continúen con su tradición. Y que le respondió a un francés que el sueña con que en su país lleguen a haber universidades iguales a Sciences Po y no que todos los que tengan recursos tengan que irse (esta fue la respuesta a una pregunta sumamente impertinente en la que el profesor francés juzgó que Alpha Condé haya podido estudiar en Sciences Po cuando la mayoría de su país es analfabeta y comparó la educación que reciben los profesores en Francia con los profesores de Guinea).

Para Alpha Condé tanto los problemas de mutilación genital, como los problemas de guerrillas (luego de la fase de retiro de armas) son solucionados a través de la educación. Del cambio de conciencia. De la imaginación y voluntad que necesita la política. Es por esto que pidió que tuvieran paciencia, que los procesos sociales ocurren paso por paso (los cuales gracias a la globalización se han ido acelerando) y que no juzgáramos a un pueblo por haber tenido un dictador. “Si un dirigente hace mal y se vuelve dictador hay que ir contra el dirigente, no contra el pueblo”.

Yo quedé impresionada. Impresionada con su mensaje de esperanza y realismo al mismo tiempo a pesar de venir de un país con innumerables problemas sociales y políticos. Como venezolana, sentí un llamado de atención: dejemos de ser derrotistas. Esto fue hace un año, hoy lo secundo con mayor fuerza.

Engranajes

Escena película Hugo Cabret, dirigida por Scorsese

A mí siempre me han dado curiosidad los engranajes. De hecho, cuando era pequeña disfrutaba muchísimo desarmar una rana mecánica (que al colocarla en el agua movía sus ancas y nadaba), ver todo lo que tenía adentro, sacarle las piezas, volver a armarla y, la mejor parte, comprobar que funcionara. Me gustaba tanto la mecánica de las cosas que en 4to año de bachillerato cuando me hicieron un test vocacional, el resultado reflejó mi tendencia a estudiar “mecánica automotriz”. No sé si eso tuvo que ver con el hecho de que las preguntas eran realmente deprimentes: ¿qué le gustaría más, sembrar un tomate, ver las estrellas o desarmar y armar una licuadora? y que yo siempre haya preferido optar por desarmar y armar objetos. El resultado no me gustó, qué literal, pensé.

Anteanoche fui a ver “La invención de Hugo Cabret”. Tenía muchísimas expectativas dado que el libro de Selznick me había parecido una obra estéticamente maravillosa. A mí la película me fascinó. Que es pura post-producción, dicen unos. Yo de asuntos tan cinematográficos no sé, lo que sí sé es que la película está llena de una magia casi palpable, así como las pequeñas pelusas de polvo que se ven flotar en el aire de luz ocre a lo largo del film. Todos los personajes son pequeñas piezas, que calzan perfectamente unas con otras y que dejan siempre un entrelíneas, un mensaje que decodificar. En lo personal, me sentí muy identificada con Hugo, con esa necesidad de encontrarle explicación al mundo. Para él, el mundo es una gran máquina y como en ninguna máquina hay piezas que sobran, él no podía sobrar. Esto se lo decía a una chica muy racional, carente de aventuras más allá de las novelas, y con ansias enormes de sentir sin pensar. Dos personas me dijeron que la niña era igualita a mí y yo, me sentí igualita a Hugo. Así es como al parecer, lo que uno cree que ve de uno mismo es diferente a lo que los demás ven.

Hoy, sola en casa y aprovechando el tiempo para leer algo y disminuir el número de “pendientes”, abrí un email que Mario Morenza me envió con dos regalos adjuntos:  dos cuentos de J.R. Wilcock escaneados. Decido leer el intitulado “Absalon Amet” (aquí lo comparto) y, para mi sorpresa, resulta ser la historia de un relojero que fabrica a un complejo “Filósofo Universal” lleno de cilindros de verbos, preposiciones, conjunciones, adverbios y más, logrando que diga frases tan irreverentes como esta: “El gato es indispensable para el progreso de la religión”. Claro está que todo el cuento es una gran ironía y sarcasmo sobre la filosofía moderna occidental. Lo que me sorprende es como este cuento junto con la película y junto a mi pasión por el funcionamiento de las cosas se convirtieron en las piezas necesarias para que este reloj reflexivo que es mi blog, moviera sus agujas. Algunos lo llamarían coincidencias, yo lo llamo engranajes.