Descarga – a propósito de la delincuencia en mi país

Caricatura de Rayma

Los recientes casos de violencia me han golpeado, me han dibujado una desesperación mayor al cuadro “El grito”, de Munch. Los recientes casos de asesinatos, sicariato, secuestros, invaden el espacio que cohabito. Televisión, radio, prensa, internet, twitter, llamadas telefónicas avisando que cercanos han sido secuestrados. Los relatos graciosos que solían caracterizar a los cuentos de sobremesa se han convertido en un “quién sabe de más historias de violencia”. Todos estos casos invaden hasta mi inconsciente. Vivo en un país donde mis pesadillas – en las cuales me matan a tiros, me secuestran, veo hombres con metralletas que se acercan, etc – no se alejan del despertar. Entonces, la pesadilla pierde su carácter onírico y es cruenta realidad. Realidad roja, ensangrentada, abaleada. Nuestra ciudad, como todas las demás tiene sus cielos azules, sus nubes blancas, sus alegrías, sus regocijos, su metáfora, sí, es cierto. Tiene su sello único, El Ávila. Pero sobre ella – y sobre muchas más de nuestro país –  cae el peso de todos nuestros muertos que hemos preferido quitarles los rostros. Preferimos no saber quienes eran, cuál era su vida, ni su historia. Porque así duele menos tanta bala, tanto truncamiento.  Dicen que la esperanza no se pierde, yo digo que la capacidad de asombro tampoco. Nos acostumbramos a asombrarnos y luego subir los hombros y bajarlos. Nos acostumbramos a decir “bueno, aquí nos tocó vivir, y no volveré a tener 22 años así que igual voy a salir”. Y esto me frustra. Me frustra no estar en la calle, no gritar que quiero que se tomen medidas efectivas. Me  frustra saber que aunque estuviera en la calle, no podría cambiar este hecho. ¿Y qué hacemos? ¿Por qué hemos dejado que la delincuencia tome nuestras calles? ¿Cómo somos ciudadanos sin calles? Caminar, vivir la ciudad es parte de ser ciudadanos. Es civismo. No podemos vivir en una ciudad que nos obliga al encierro, a las cuatro paredes.

Me pregunto, como sociedad, ¿cómo rezan por un presidente que muere de cáncer, cómo organizan caminatas y marchas por su salud y no por la salud de todos los venezolanos? O mejor dicho: ¿Quién se responsabiliza? Los que seguimos vivimos rogando no ser estadísticas, vivimos con un estrés que tapamos en salidas nocturnas, en recitales de poesía, en exposiciones. Está bien, de no hacerlo acabaríamos locos. Pero aceptemos que nos invade un pánico que no nos atrevemos a verbalizar para hacerlo menos tangible. Pero está ahí, como están las muertes. Y no podemos seguir evadiendo de nosotros mismos, de nuestra ciudad, de nuestra realidad de morgues con kiosquitos de comida y jugos, de la publicidad de servicio de blindaje de carros y escoltas por una noche.

Hay que despertar y enfrentarnos con nuestra propia sombra. No nos resignemos a la muerte. Creamos en la posibilidad de revertir está realidad nefasta.

[Esto lo escribí una mañana mientras hacía el trabajo final de la última materia de mi carrera. Al llegar a mi casa, el candidato presidencial Henrique Capriles estaba dando una rueda de prensa sobre este tema y dijo: “Las personas que caen producto de la violencia no son un número”. Una parte de mí, esa en la que la que siempre hay esperanza – sintió un profundo consuelo].

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s