El mundo es una poesía

A Edda Armas.

Boulevard Saint-Germain-des-Près, Paris. 2011.

Hoy, al entrar al siempreadictivofacebook, me encontré con un mensaje de Mh que decía: Sin cursilerías: el día de la poesía es todo el año. Estoy de acuerdo, para algunos, el día de la poesía es todo los días, todo el año, a toda hora. Pero el día en el que el mundo pone el ojo en la poesía es hoy 21 de marzo, día también del equinoccio de primavera.

Me desperté pensando qué era la poesía para mí. Típica pregunta de entrevista de radio. Seguida de esa pregunta, siempre viene un suspiro. Un largo suspiro que quisiera fuera comprensible para el que me entrevista y pasara así a la siguiente pregunta. Pero claro, no todo funciona tan bien.  No pretendo hacer una disgregación de la importancia de la poesía en mi vida pero, mi pensamiento de recién despertada me llevó a esto:  tener una madre poeta es, sí, una experiencia de vida.

Cuando era pequeña recuerdo que siempre le pedía que me contara un cuento “pero de los tuyos, mami, de los tuyos, de los que no tienen libros”. Entonces ella empezaba a narrar cuentos fantasiosos de animales que hablaban y niñas que resolvían misterios. A mí me encantaba. Sé que podía ser agotador porque en vez de dormir, quería más y más cuentos.  Pero ella era la que alimentaba ese mundo onírico. Ahora, ya de grande, me cuenta que cuando fuimos a Disneylandia (yo tenía casi 4 años) y llegamos a la casa de Alicia (en el país de las maravillas), pregunté por el conejo. Mi mamá me dijo que ya debía estar por llegar, que ella lo acababa de ver. Yo, entonces, con zapaticos de patente negros, vestidito y carterita en mano (vestimenta nada práctica para que un niño vaya a un parque como ese), decidí sentarme en las escaleritas que llevaban a la puerta. Yo iba a esperar al conejo de Alicia. Según mi mamá, pasó un buen rato y yo seguía allí. A la espera. Inmóvil. Así fue, que hasta chance les dio de tomar fotos. No sé el final del cuento, ni como me convencieron, ella me cuenta que me explicaba que el reloj  del conejo se había dañado pero probablemente terminé llorando y gritando “conejooo!”. Ahora me rio, pero sé que debió ser una angustia. Así como es una angustia no encontrar un libro que quieres. O una felicidad inmensa encontrar una Obra Completa de algún escritor que persigues.

El caso es que ese mundo fantástico se expandió en mí. Aún creo que el conejo de Alicia anda por ahí y que cuando aparece un grillo es un gesto poético heredado de mi madre (o de mi abuelo). El mundo es una poesía, como encontré caminando por el Boulevard Saint -Germain-des-Près. Y mi casa, también.

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