El sindicato de los tequeñones

Portobello Market, Londres, 2011.

En Caracas, tanto el mundo de las artes plásticas como el literario tiene su sincato de los tequeñones. Si usted alguna vez ha ido a una presentación de libro o a una inauguración de una exposición, sabrá de que se trata.

El término fue acuñado por mi querida Katy. Consiste en una congregación de personas que deciden asistir a los eventos culturales y artísticos en los cuales seguramente ofrecerán vino – el preciado vino. Abilio diría que ellos no van por los tequeños porque un buen borracho, ni tequeños come. Pero el sábado comprobé lo contrario cuando, por suerte para ellos y pesar para los galeristas hubo dos inauguraciones simultáneas, en dos galerías que quedan a menos de 10 metros de distancia. Esto debió haber sido para ellos el evento magno del año.

Al llegar a la galería me encontré con cuatro hombres custodiando la entrada. Apenas los vi me di cuenta que hoy habrían agitaciones en el sindicato. Entré, recorrí la expo, y salí. Hablaba con mi primo cuando de pronto percaté que el mesonero se acercaba bandeja en manos. Estos cuatro buitres agitaron sus alas y entre ellos hicieron un gesto que yo leía “al ataque”. El mesonero creo pensó lo mismo que yo porque en su cara se imprimió un “auxilio” evidenciado por los dos ojos como platos. El pobre intentó esquivarlos pero fue imposible. De estos buitres, no se salva nadie.

Siguió el evento y todo se convirtió en un modus operandi perfectamente orquestado, hasta que la señora dueña de la galería decidió tomar cartas en el asunto: – Señores, yo sé que vienen por el vino pero tomen con moderación. Además, este vino es para los invitados y ustedes no son invitados.

Confieso que temí por su vida pero ellos, siguiendo la inteligencia que hasta el momento los ha caracterizado (por ejemplo, son unos maestros en el hurto de libros en las presentaciones), decidieron regresar a la otra expo, donde habían aparecido los primeros pasapalos y entre ellos, algunos tequeños. Además de un harpa, un perro con un pañuelo y un mendigo.

El sindicato de los tequeñones siempre ha estado conformado por hombres – en su mayoría de avanzada edad. Pero este día, también había una representación femenina. El ejemplar cargaba un bolso en el que fácilmente pudiera caber una obra de las expuestas, unos zapatos sucios y lo más hermoso: unas uñas acrílicas de aproximádamente 5 cm de largo, pintadas de color lila. Eso, junto a los lentes de sol en la cabeza y el cabello decolorado de amarillo/anaranjado nos daban una muestra perfecta del kitsch latinoamericano. Ella era la mente maestra. De su bolso – otrora blanco – sacó un periódico en donde tenía encerrados en círculos – con el mismo énfasis y desesperación del que busca casa en los clasificados – varios anuncios. En eso escuché las líneas de su próximo ataque “miren, de aquí nos vamó a las 5 pál otro evento, ahora que telminé con el motorizao al que le caché otra jeva, tengo los fines libres pa’ tomá y comé gratiñanga”.

Ellos no sienten el desprecio de los demás, ni las malas miradas. Hasta se atreven a acercarse a los artistas o escritores para felicitarlos por su obra (sin siquiera saber el título). Ellos no tienen pena porque para ellos todo eso es parte de un trabajo arduo que implica comprar los distintos periódicos para buscar los eventos del día. Ellos representan la amoralidad.

Lo curioso, si me preguntan, es que al final, la conducta buitre se había expandido y estábamos todos al ataque del vino, cuidando que los otros no se llevarán el vasito de plástico marca Selva.

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