En torno a las partidas

París, 2011.

Caminé hacia la puerta contando los pasos. Cada paso era un tiempo menos que le quedaba para hablar. Tomé el pomo de la puerta como quien piensa si viene un punto final o un punto y coma. Incluso contuve el suspiro más de lo que la nostalgia lo permite. Pero la palabra no llegó a salir de su lengua. Para el momento en el que yo había llegado a la escalera, no escuché la puerta cerrarse. No la escuché porque seguía abierta. Pero no lo vi porque no alcanzó la fuerza que contenía la lágrima, para voltearme.
Porque tomamos la decisión de partir guardando una esperanza absurda de que el otro siempre nos detendrá. La partida pierde su naturaleza de liberación cuando es la única opción que queda. Porque no es lo mismo partir como viaje de los pasos a partir porque hay un paso que no sigue el tuyo. Partir como método para que el otro mire es arena movediza. Porque sabemos que una vez que hemos partido lo que queda es el trazo, la raya, que el otro puede seguir. O no.
Partir sin búsqueda pero sí a sabiendas que la estadía sólo pesará aún más en los párpados.
Hay partidas silenciosas, más que todo, escurridizas, y hay partidas que intentan ser un gran escándalo. Una alarma. Cuando esta última no cumple su objetivo, el que parte sufre doble desilusión: la de la partida en sí y la de la expectativa que no dio flor.
Sucede que una partida no debe tener más expectativa que la realización de sí misma.

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