De expectativas y espectadores

Ciudad de itálica, Saltiponce, España.

Las expectativas. Siempre tenemos expectativas de todo y por todo. Hay lluvia, expectativa de que salga sol. Hay sol, expectativa de que las nubes grises salgan. Somos seres completamente insatisfechos, imposibles de complacer. Siempre queremos algo más.
Sí, es un tema repetido, podría decirse que cliché e incluso limitadamente infinito. Pero en este caso me refiero a las expectativas que tenemos como espectadores. Espectadores de una obra en un museo, espectadores de una película, espectadores de la ciudad, espectadores de los otros y espectadores de nosotros mismos.
No había querido ir al Centre Georges Pompidou porque, entre otras cosas, disfrutaba de los paisajes y outsiders de la belle Paris. Pero gracias a la visita de familiares cuyos días en la ciudad estaban más contados que los míos, apresuré la ida al centro. Me conseguí con una serie de obras que no me decían nada. Rien de rien. Ni siquiera un “no me gusta” o un “¿qué podría ser eso?”. NADA. No me hacía siquiera cuestionarme o tener curiosidad por “entender”. ¿Era esa la intención? ¿Generar NADA en el espectador? (y no precisamente generar LA nada, que es otra cosa). ¿No debería el arte generar algo? Así ese algo no tenga ningún vínculo con la obra o con lo que el artista pretenda transmitir? Cuatro bombillitos de arbolito de navidad guindados en una pared blanca. ¿Qué es eso? ¿Soy acaso ignorante por no entenderlo? ¿Se supone que debo entender algo?
Salí muy decepcionada. ¿Será que me había hecho grandes expectativas? No lo sé. ¿Pero como no hacerse expectativas? ¿Es acaso eso posible? ¿Es posible no tener expectativas y al mismo tiempo evitar caer en la indiferencia?
Acabo de terminar de ver una película que toda ella te hacía sentir, como espectador, que llegaría a “algún punto”. Tú crees que cada escena es un gran preámbulo. Pero el preámbulo se convirtió en la introducción, nudo y desenlace. Es una película que ganó el Premio de Mejor Película Europea 2007 y Palma de Oro en Cannes. ¿Debe eso hacerla “buena”? Típico ejemplo de cómo el premio no hace la obra y cómo aún así caemos en elegirla porque “fue premiada”.
En cuanto a espectadores de la ciudad. ¿Realmente lo somos? ¿Hay una relación recíproca entre nosotros y la ciudad que vivimos? Escribimos en ella la rutina pero… ¿nos permitimos, también, escribir y re-escribir en ella las alegrías y los encuentros? La ciudad vista como un palimpsesto, como propone Walter Benjamin. Escritura, sobre escritura. Pasos sobre pasos. ¿Quién los lee?
Y al final, nosotros. Siempre afirmándonos, negándonos para volvernos a afirmar. Dudando de todo para recordarnos la belleza de lo que sabemos, sí existe. Ver a los demás, y contar sus máscaras sin antes contar las de uno, tarea repetida. Sabemos que somos esa colección de historias, de palabras hechas memoria y de destrucciones y nacimientos. Pero… ¿tenemos conciencia de ello porque nos sabemos frente al otro o porque nos sabemos frente a nosotros mismos?
A veces los espejos son necesarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s