Petite lettre et un poème avant de partir

Paul Jacoulet. Une parisienne.
Tu vas me manquer, Paris.
Je t’aime et… À bientôt, mon amie!
Camila.

PAYSAGE

Charles BAUDELAIRE, 1821-1867 

Tableaux Parisiens – Les fleurs du mal

Je veux, pour composer chastement mes églogues,

Coucher auprès du ciel, comme les astrologues,

Et, voisin des clochers, écouter en rêvant

Leurs hymnes solennels emportés par le vent.

Je verrai l’atelier qui chante et qui bavarde ;

Les tuyaux, les clochers, ces mâts de la cité,

Et les grands ciels qui font rêver d’éternité.

Il est doux, à travers les brumes, de voir naître

L’étoile dans l’azur, la lampe à la fenêtre,

Les fleuves de charbon monter au firmament

Et la lune verser son pâle enchantement.

Je verrai les printemps, les étés, les automnes ;

Et quand viendra l’hiver aux neiges monotones,

Je fermerai partout portières et volets

Pour bâtir dans la nuit mes féeriques palais.

Alors je rêverai des horizons bleuâtres,

Des jardins, des jets d’eau pleurant dans les albâtres,

Des baisers, des oiseaux chantant soir et matin,

Et tout ce que l’Idylle a de plus enfantin.

L’Émeute, tempêtant vainement à ma vitre,

Ne fera pas lever mon front de mon pupitre ;

Car je serai plongé dans cette volupté

D’évoquer le Printemps avec ma volonté,

De tirer an soleil de mon cœur et de faire

De mes pensers brûlants une tiède atmosphère.

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En torno a las partidas

París, 2011.

Caminé hacia la puerta contando los pasos. Cada paso era un tiempo menos que le quedaba para hablar. Tomé el pomo de la puerta como quien piensa si viene un punto final o un punto y coma. Incluso contuve el suspiro más de lo que la nostalgia lo permite. Pero la palabra no llegó a salir de su lengua. Para el momento en el que yo había llegado a la escalera, no escuché la puerta cerrarse. No la escuché porque seguía abierta. Pero no lo vi porque no alcanzó la fuerza que contenía la lágrima, para voltearme.
Porque tomamos la decisión de partir guardando una esperanza absurda de que el otro siempre nos detendrá. La partida pierde su naturaleza de liberación cuando es la única opción que queda. Porque no es lo mismo partir como viaje de los pasos a partir porque hay un paso que no sigue el tuyo. Partir como método para que el otro mire es arena movediza. Porque sabemos que una vez que hemos partido lo que queda es el trazo, la raya, que el otro puede seguir. O no.
Partir sin búsqueda pero sí a sabiendas que la estadía sólo pesará aún más en los párpados.
Hay partidas silenciosas, más que todo, escurridizas, y hay partidas que intentan ser un gran escándalo. Una alarma. Cuando esta última no cumple su objetivo, el que parte sufre doble desilusión: la de la partida en sí y la de la expectativa que no dio flor.
Sucede que una partida no debe tener más expectativa que la realización de sí misma.

De expectativas y espectadores

Ciudad de itálica, Saltiponce, España.

Las expectativas. Siempre tenemos expectativas de todo y por todo. Hay lluvia, expectativa de que salga sol. Hay sol, expectativa de que las nubes grises salgan. Somos seres completamente insatisfechos, imposibles de complacer. Siempre queremos algo más.
Sí, es un tema repetido, podría decirse que cliché e incluso limitadamente infinito. Pero en este caso me refiero a las expectativas que tenemos como espectadores. Espectadores de una obra en un museo, espectadores de una película, espectadores de la ciudad, espectadores de los otros y espectadores de nosotros mismos.
No había querido ir al Centre Georges Pompidou porque, entre otras cosas, disfrutaba de los paisajes y outsiders de la belle Paris. Pero gracias a la visita de familiares cuyos días en la ciudad estaban más contados que los míos, apresuré la ida al centro. Me conseguí con una serie de obras que no me decían nada. Rien de rien. Ni siquiera un “no me gusta” o un “¿qué podría ser eso?”. NADA. No me hacía siquiera cuestionarme o tener curiosidad por “entender”. ¿Era esa la intención? ¿Generar NADA en el espectador? (y no precisamente generar LA nada, que es otra cosa). ¿No debería el arte generar algo? Así ese algo no tenga ningún vínculo con la obra o con lo que el artista pretenda transmitir? Cuatro bombillitos de arbolito de navidad guindados en una pared blanca. ¿Qué es eso? ¿Soy acaso ignorante por no entenderlo? ¿Se supone que debo entender algo?
Salí muy decepcionada. ¿Será que me había hecho grandes expectativas? No lo sé. ¿Pero como no hacerse expectativas? ¿Es acaso eso posible? ¿Es posible no tener expectativas y al mismo tiempo evitar caer en la indiferencia?
Acabo de terminar de ver una película que toda ella te hacía sentir, como espectador, que llegaría a “algún punto”. Tú crees que cada escena es un gran preámbulo. Pero el preámbulo se convirtió en la introducción, nudo y desenlace. Es una película que ganó el Premio de Mejor Película Europea 2007 y Palma de Oro en Cannes. ¿Debe eso hacerla “buena”? Típico ejemplo de cómo el premio no hace la obra y cómo aún así caemos en elegirla porque “fue premiada”.
En cuanto a espectadores de la ciudad. ¿Realmente lo somos? ¿Hay una relación recíproca entre nosotros y la ciudad que vivimos? Escribimos en ella la rutina pero… ¿nos permitimos, también, escribir y re-escribir en ella las alegrías y los encuentros? La ciudad vista como un palimpsesto, como propone Walter Benjamin. Escritura, sobre escritura. Pasos sobre pasos. ¿Quién los lee?
Y al final, nosotros. Siempre afirmándonos, negándonos para volvernos a afirmar. Dudando de todo para recordarnos la belleza de lo que sabemos, sí existe. Ver a los demás, y contar sus máscaras sin antes contar las de uno, tarea repetida. Sabemos que somos esa colección de historias, de palabras hechas memoria y de destrucciones y nacimientos. Pero… ¿tenemos conciencia de ello porque nos sabemos frente al otro o porque nos sabemos frente a nosotros mismos?
A veces los espejos son necesarios.

De vuelta a las tinieblas o crónica de la independencia de una puerta

Google images

Que la nevera se dañe puede ser un evento realmente trágico. Lo sé luego de haberlo vivido. No se trata solamente del hecho de “no tener nevera” y por ende, la incertidumbre de dónde guardar los alimentos y comida sino de las consecuencias técnicas que se puedan generar.

Todo comenzó cuando entramos a la casa y yo sentí un olor muy fuerte. “Pareciera que un queso se quedó fuera de la nevera”. Mi madre que estaba aquí de vacaciones dijo “sí, que buen olfato tienes, habíamos dejado el Camembert fuera”. Entonces, como buena madre, procedió a “poner todo en su lugar”. Yo estaba en mi cuarto, probablemente en Facebook o alimentando el vicio de cualquier red social, cuando mi madre me llama para decirme que ella creía que la puerta de la nevera estaba algo “descuadrada”. Y este fue el comienzo de la tragedia.

Me coloqué en frente de la nevera y dije “sí, qué extraño, ¿qué será lo que pasa?”. La abrí para ver si era la gaveta de los vegetales mal cerrada o algún envase que sobresaliera pero antes de que me diera tiempo de hacer esta inspección de rutina, la puerta produjo un ruido de esos que uno sabe el tipo de eventos que están por sucederse. La puerta no sólo estaba algo “descuadrada” como mi madre había dicho sino que comenzó a experimentar un proceso de desprendimiento del resto de la nevera, algo así como un desmembramiento. “Creo que es mejor dejarla así, mami; llamaré a Dominique y Natasha”.

Una hora después llegó el escuadrón de rescate. Al verla (a la nevera, claro), proclamaron al unísono “Oh làlà“. Ahí lo supe: la habíamos perdido.

Dominique intentó devolverle a la nevera su puerta porque aún se veía como algo realizable. Como cuando se disloca un hombro y con mucho esfuerzo alguien hace los movimientos adecuados para que regrese a su lugar. En este caso, por más esfuerzo de Dominique, Natasha, mi mamá y yo (detalle importante: la puerta era muy pesada ya que además de ser puerta de nevera, era también, un espejo), la ruptura que hace una hora comenzó a darse, tuvo hecho. La puerta se desprendió por completo guindando, literalmente, de un pequeño cable. Muerta, sin signos de vida. El panel de funciones digitales quedó sin luz. Dentro del cadáver estaba todo el mercado de “exquisiteses francesas” que mi mamá y yo habíamos hecho para su degustación. Incluyendo, la champagne rosada para su cumpleaños.

Los cuatro nos miramos las caras pero como para mi mamá eso no era suficiente, comenzó a hablarles (en español, claro está). La barrera idiomática que había entre ellos dos y ella la obligó a proceder a la gesticulación (cosa que se le da fabulosamente). El que entendieran las primeras cosas sencillas que dijo, le dio el coraje necesario para iniciar un monólogo sobre las posibles razones que pudieron causar la ruptura. Ellos, no se quedaron atrás. Yo, la verdad, sólo pensaba en mi mercado. Lo que siguió fue un proceso de “selección”. Que botar (habían cosas muy viejas allí adentro), que dejar en el balcón (aún había fresco en la ciudad) y que podían ellos llevarse a su nevera parisina (y por ende, discreta en tamaño). Al finalizar, Dominique decidió bajar el coloquialmente llamado breique porque si bien los comandos estaban muertos y la puerta ganado su independencia (algo inútil esta última), la luz del freezer aún prendía.

Nos despedimos las dos muy agradecidas por la ayuda pero con el mal sabor de todo lo que había pasado. Como buena tragedia, ahí no terminó. Hubo un giro, de esos que son necesarios para que la trama tenga gustico.

Decidimos conectarnos para contarle al mundo lo que nos había pasado pero voilà, no había internet. “Mejor los llamamos, mami, hay llamadas ilimitadas a Venezuela”. Voilà, sin teléfono también. Para ahogar nuestras penas le sugerí ver las noticias donde hay penas más reales (o de mayor envergadura) pero…. la televisión tampoco prendía. Extrañamente (o quizás deba decir lógicamente) el breique de la nevera, teléfono y televisión era el mismo. Pero eso no es todo: era también el mismo para el cuarto. Y así, gracias a una puerta que buscaba una independiencia que consiguió, volvimos al siglo de las tinieblas.