Lésignac, el lugar donde las hadas aún existen

Cuando lo conocí me comentó que su padre tenía una casa en el campo, que sus abuelos vivían allá y que su madre había nacido allá. También me dijo que un día podríamos ir. Yo le respondí que sería muy bonito. Sin embargo, sentí que había sido uno de esos “podríamos” que se quedan eternamente en el condicional y que mi respuesta, una reacción espontánea que no se generaba necesariamente de la esperanza de que eso se cumpliera. Me había equivocado. Hay veces, como esta, en las que me fascina equivocarme.
Un lunes me dijo que podríamos ir el fin de semana siguiente. Yo le respondí que para mí estaba bien pero seguía sin creer que iríamos. El miércoles me dijo que sí, que iríamos y que conocería a sus abuelos. Yo estaba muy emocionada porque iría a la campagne française.
El viernes temprano preparé todas mis cosas. Mi vestuario eran puros vestidos. Quizás podría camuflajearme entre las flores y el bosque y no volver a la ciudad, pensé. Salimos tarde, ya la luna estaba en escena o faltaba poco para ello. A medida que nos adentrábamos en la autopista, las estrellas se veían más y más. Los molinos eran sombras que giraban, luces rojas en sus puntas para advertir a los aviones. Giraban como gira la magia. Y nosotros acelerábamos con la fuerza que puede dar el cansancio y la ilusión de llegar. La ansiedad por la llegada puede contra el insomnio y el hambre. Sin embargo, hicimos tres paradas. Sus ojos ya no resistían a la falta de sueño y a los faroles de los carros, que se presentan muchas veces como grandes enemigos del conductor.
Para llegar al pueblo pasamos por otros pueblitos. Era la 1:30 am, hora en la que sólo andan por las calles los fantasmas del día y el silencio de la piedra medieval. Me dijo que me iba a mostrar algo y seguidamente siguió conduciendo por callejuelas que cada vez se hacían más pequeñas. Al final, llegamos a un castillo. UN CASTILLO. De noche, un castillo es un lugar de luciérnagas y misterios. Sonreí y le di las gracias. Él me dijo que volveríamos al día siguiente.
Seguimos, y al girar, contorneando una Iglesia, se paró. “Esta es la casa”. Yo no lo podía creer. Una real casa de campo. Abrió la cerca roja, estacionamos en frente del ‘establo’, o de lo que fue un establo, y entramos a este espacio de películas que hasta incluía una cabeza de jabalí guindada en la pared de la sala. Prendió la chimenea con una serie de herramientas que yo sólo había visto en cuentos o series.
Mientras él luchaba con el fuego, yo me acosté en el sofá que me daba vista al cielo negro-azul y aire de madera. A través de la ventana, había una luna sonrisa gato de Alicia y unas estrellas vivas. Me dormí. Al despertarme, recordé que había soñado que fui al lugar donde las hadas aún existen.

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