La voz de Cécile


22.03.2011

El jueves por la mañana me desperté con el deseo de escuchar música en vivo. Así que me dispuse a buscar eventos por Internet para ir en la noche. La cosa no estaba fácil. No quería ir a cualquiera sin tener referencias y tampoco quería pagar mucho. No conseguía nada. El típico problema de estos tiempos: mientras más opciones tienes, menos consigues. Paradoja. Por otra parte, ir sola no era algo que me animara en exceso.
Los amigos que no están en la distancia son pocos, así que la decisión de escribirle a alguno se toma rápido. Le escribí a Carlos. Le dije que tenía ganas de salir y que no tenía a donde. Él, a modo de respuesta (y a través de un método muy práctico – que supongo se lo han transferido los americanos luego de años viviendo en ese país-) me envió una invitación a un evento a través de Facebook. Era un concierto que daría una tal Cécile. Yo, sin pensarlo mucho, cliquée sobre “I’m attending”. No había terminado de participarle a mi mundo virtual que estaría en ese lugar a esa hora cuando Carlos brincó convertido en cuadrito, contándome que la cantante era una antigua amiga del colegio. Quedamos en vernos al frente del Bar-Restaurant.
Llegué 10 minutos tarde porque hubo un “accidente con un pasajero” (esta es la manera como los franceses comunican en el metro que alguien se suicidió lanzándose a los rieles). Cuando salí de la estación del
RER – Luxembourg, no tuve que caminar sino 10 pasos para encontrarme con Carlos, quien estaba (como habíamos acordado) al frente del Petit Journal. En ese momento me acordé de Diego, quien me había recomendado ese lugar pero que yo no había podido reconocer sólo por el nombre. Cada vez me vuelvo una mujer más visual. Al llegar le comuniqué al mesonero que había hecho una reservación, a nombre de Camille. Bajamos por unas escaleras algo inestables y llegamos a una mesa prácticamente adherida a la mesa del al lado. Sobre ella -así como en todas las mesas del lugar- había un pequeño papel. Este decía Camille.
El lugar era muy pequeño aunque el adjetivo que mejor le conviene es ‘compacto’. Los precios, representativos e indirectamente proporcional al tamaño de la mesa. Pero no importaba, había encontrado un lugar, que sin saberlo, me habían recomendado, estaba con un amigo y cantaría una chica muy simpática llamada Cécile. Hablamos un rato con ella antes de sentarnos definitivamente. Digo ‘definitivamente’ porque una vez que uno se sienta, es complicado salir.
Unos minutos después de anidarnos, llegaron nuestros vecinos de mesa, con los que compartiríamos el aire más cercano. Un hombre francés y una dama asiática. A primera vista no podía identificar si eran pareja o no. A ella la tenía a mi diagonal y a él, a mi lado.
El hombre era un señor bastante corpulento como muchos franceses luego de cierta edad (mi teoría es que el pan que comen a lo largo de toda su vida les pasa factura). Era de ojos azules, nariz prominente y tendría unos 56 años (o quizás menos pero con vida traducida en arrugas).
Ella era una mujer muy elegante y sencilla a la vez. Mi abuela diría que era ‘muy derechita’, como una
geisha. De cabello por los cachetes y flequillo. Hablaba muy bien francés pero con un acento muy pronunciado. Sin embargo, deseé hablar tan bien como ella. Al pasar el tiempo y la conversación tomar cuerpo, nos enteramos que ella era japonesa. Claro, esa postura, esa sonrisa sutil, esa timidez, cómo no lo vi antes? Él le ofrecía más vino (según mi registro, ella sólo se había tomado una copa) y ella con un gesto muy sútil, casi como una sonrisa tímida, le decía “no, merci, j’ai bu trop beaucoup”.
En esa mesa se situaban dos culturas, dos partes del mundo. Occidente y Oriente. Ella, controlada, ‘comedida’. Él, a lo romano. Ese evento se había convertido en nuestro tema de conversación. Especulábamos si estaban en una cita o si eran sólo amigos. Entre los dos escribíamos una novela miamera pero, sin permiso y sin aviso, la voz de Cécile nos salvó de nuestro ejercicio. El jazz tomó el lugar mientras yo iba por el plato principal.
Su voz joven, virgen y fresca, revivía las canciones de Duke Ellington y Ella Fitzgerald. El lugar se llenaba de los ecos del jaz mientras mi torrente sanguíneo se llanaba de vino y la boca de Carlos se
Crème Brûlée.

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