Dos cisnes o 22

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Recuerdo muy bien cómo aprendí a hacer el número 2.
Mi bisabuela, Amanda, me explicó que el número 2 era como un cisne (o quizás dijo pato, para que yo entendiera con mayor facilidad). Recuerdo que mientras ella lo iba escribiendo, decía ‘primero la cabeza y el cuello y luego el cuerpo, que como está en el agua tiene ondas’. Lo que más me gustaba de su 2 eran esas ‘ondas’ tan de abuelita que ella intentaba enseñarme pero que nunca me quedaban igual. Luego de la explicación primera, hacía una serie para que yo la repitiera. Era una plana pero nunca la vi de esa manera. Todo lo contrario, yo la pedía. Así cómo le pedía que me dibujara flores. Ella hacía el contorno y yo las coloreaba con mis marcadores de olores.
Hoy, pensando en el número 22 porque es mi nueva edad, este recuerdo fue lo primero que vino a mi mente.
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Hablándole a Rodin


Mains d’amants, Musée de Rodin, Paris. 2011


Hay una línea divisoria entre

las dos almas que unen los cuerpos
Un suspiro convertido en fisura de la luz,
quiebre de lo permanente.
Hay una delicadeza en el mármol blanco que desnuda
la mano de los amantes

Invisible el que crea
el fuego de la piedra.


Jeunes Filles aux deux roses, Musée Rodin, Paris. 2011.


La ventana abre el reflejo
que cruza al árbol
Su cara se duplica en
l lente de la cámara
y mi cara se transforma
en mármol rosado
para estar al lado de las otras.

Colección de rostros
vidas y nombres inmutables
al tiempo del amante.

Jeune fille au chapeau fleuri, Musée Rodin, Paris. 2011

Las libretas

Genève, Suisse. 2011

Desde que soy pequeña tengo una obsesión por las libretas. Grandes, pequeñas, a rayas, sin rayas, con tapa dura, engrapadas, con espiral, cocidas, en cajitas, tipo acordeón…. He logrado tener una gran cantidad: ya sea que de que pequeña me las regalaban para ‘colorear’, o que de grande las comencé a comprar o que desde que los otros saben que me gustan, es el regalo fijo. A mí no me importa, nunca son suficientes.
Al principio me daba lástima usarlas. Digo, cuando tenía 8 años. Así como me daba lástima que se me acabara la caja de Ferrero Roche que mi tía Tamara siempre me regalaba en mis cumpleaños; los guardaba tanto y tan escondidos (en una gaveta dentro de mi closet, al fondo, debajo de la ropa) que cuando decidía comer uno, ya no estaban crocantes y toda la magia se había ido. Con las libretas era parecido: cuando decidía utilizar una que me habían dado hace tiempo (una especial: esas traídas de otras partes), la liga estaba vencida y no había manera de cerrarla.

La manía de guardar y no usar se acabó. Libreta que me regalan, libreta que comienzo. Chocolate que me regalan, chocolate que me como, o comparto. Pero el nuevo hábito ‘usar y guardar’ trajo otro problema: tengo tantas libretas comenzadas que no sé donde escribí qué o dónde escribir qué. He intentado corregir esta ‘falla en el sistema’ pero se me hace difícil: hay una imposibilidad irresoluble en llevar un diario, un cuaderno de viaje y una libreta pequeña al mismo tiempo. El diario y el cuaderno de viaje son muy grandes para cargarlos siempre conmigo, entonces queda la libreta pequeña (que no siempre es la misma, por supuesto).

¿Qué sucede? Escribo todo en la libreta pequeña y luego no queda nada para el diario o para el cuaderno de viaje. Al mismo tiempo, como la libreta es pequeña, se acaba rápido. Entonces compro otra (o tomo una de mi colección), en la que continúo lo que empecé en la anterior y así tengo una antología de libretas pequeñas llenas y un diario y cuaderno de viaje vacíos.

Me pregunto: ¿cómo hacen los escritores de verdad? Los reales, digo. ¿Tienen un solo cuaderno que lo llevan consigo aunque esté muy pensado? [aquí iba ‘pesado’, y me di cuenta del error al corregir la entrada antes de publicarla pero…. ¿será qué es eso? Que como está muy ‘pensado’ me da miedo cargarlo conmigo?] O es que se olvidan de eso de ‘diario’ y ‘cuaderno de viaje’ y sólo andan con pequeñas libretas que quepan en los bolsillos? ¿O es que en la libreta escriben el borrador de lo que luego escribirán en el diario? Entonces el diario no es ‘genuino’ sino una versión más elaborada de la libreta de anotaciones rápidas?

No tengo las respuestas y no creo que existan. Lo que sí sé es que ser escritor es algo mucho más complejo de lo que se piensa (yo ni siquiera sé qué es eso). Lo importante es que haya superficie donde soltar la idea, la palabra asida, el verso intruso (pero bienvenido). La metáfora llega rápida, ágil, incluso a veces guindando de la cuerda. Nos pide que corramos, que saltemos para alcanzarla. Pero otras veces nos pide reposo, silencio de grillos y un jardín donde podamos ser malabaristas de la memoria.

Minuit à Paris



Soy fan de Woody Allen desde que hace 4 años fui con Adalber al ciclo de este director en el CELARG. Soy una fanática crítica, si eso puede existir. O al menos, hago un esfuerzo. Por ejemplo, sé que Annie Hall es mejor que Match Point y que quizás es mejor el Woody Allen de hace años que el de ahora. También soy una fanática algo extraña porque prefiero Annie Hall o Manhattan. O como decirlo, Manhattan no es mi película preferida.

Un día Diego me dijo que yo parecía un personaje de una película de Woody. Luego rectificó y dijo “no, de hecho pareces al propio Woody en sus películas”. Yo no sabía cómo reaccionar porque si bien soy fan, no me siento así de paranoica ni creo que haga suficientes chistes que incluyan a los judíos o a los psicoanalistas (de hecho, no los hago) como para ser comparada con él. Además, yo no salgo con mi hijastra. Es más, ¡yo no tengo hijastra! Cuando le di todas estas razones que explicaban porqué no me parecía a él, él sólo respondió “ves, a eso me refería”. Insisto, Diego, yo no me parezco Woody.El caso es que como buena fanática, fui a ver Minuit à Paris. La vi estando en París lo cual hizo de la experiencia algo aún más emocionante porque me dediqué a ver si los lugares que salían ya yo los conocía.Casi todos, sí, menos el mercado de pulgas y la casa de Monet, fue el balance.
La película me gustó. Me hizo reir y me hizo reflexionar. Creo que tiene mucho de la Rosa Púrpura del Cairo, algo que había dejado de estar en sus últimas películas. Ese juego realidad/fantasia tan propio de Woody.

A través de un buen sentido del humor – e incluso de escenas algo tontas y personajes nada profundos- hay una reflexión sobre ese vicio que tenemos los humanos de siempre anhelar las eras o las épocas que no vivimos. Siempre es mejor el pasado, o eso creemos o pensamos a veces. A través de la fantasía nos muestra lo absurdo que podemos llegar a ser y sobre todo, lo inconformes. Escondernos en un pasado que vive su tiempo, o que vivió su tiempo, nos cierra los ojos del presente que, por más caótico -y últimamente, ‘showsero’- que sea, es real. Es el que vivimos.

Me divertí mucho con la manera como deja entrever detalles típicos y curiosos de los franceses. Por ejemplo, el hecho de que lleven a los perros a todos lados, incluyendo los “grandes” restaurantes… Que cosa más inexplicablefue lo que pensé la primera vez que lo vi. Después de cuatro meses, lo sigo pensando.
Si bien Woody no actúa en la película casi lo puedes ver a través de Owen Wilson. Es más, Owen Wilson es Woody La manera de hablar, de caminar, la paranoia, el miedo a todo, lo asocial. Woody logró estar en escena sin estar y a través de un actor hollywoodense nada extraordinario. O quizás por eso lo buscó. Siempre he sentido que no importa que papel haga Woody o que película sea, el único personaje que ha desarrollado a lo largo de toda su carrera cinematográfica ha sido él mismo.
No sé que fue lo mejor de la película o lo que más recordaré (es decir, lo que más me gustó), lo que sí sé es que salir y encontrarme con la misma ciudad, con las mismas aceras y con el mismo cielo sólo que sin nubes y sin lluvia, fue algo propio del mismo juego de realidad/fantasia. Sentí que salir del cine era parte de la misma película. Una extensión. Como los cortes que algunas veces colocan al final junto a los créditos.
Lo confieso: quería que apareciera la carroza y con ella, el París de los años 20.

Ventanas

Dibujaba ventanas.
En todas partes.
Roberto Juarroz.

Ventana

que abre la vista

al cielo dividido

en los dos abismos

que siempre

somos.





Ciérrala

Cierra con ella

la sombra de nuestras

bocas

Las palabras que nos

regalamos

no están para los otros.









Cerrar una ventana

es aún más difícil que una puerta

Es cerrar el ojo al mundo

A la luz que entra

A la brisa que nos tumba





Cerrar una ventana

a veces

es necesario

pero casi siempre

es trabajo de duendes.









¿Y por qué cerrarla?

Dejarla abierta

Que vean las letras

escritas en nuestras pieles

Que vean los años que nos

pasan

Que escuchen nuestras risas





La intimidad puede ser

también

el pestillo que olvidemos

pasar.







Siempre hay

una ventana

que guarda una flor

para el que mira.





Los árboles que somos


Ala la estrella el silencio
de las dos bocas
El camino nos lleva a la
respiración curvilínea
de los árboles


Cada tallo una palabra
y los haces de luz, los acentos
Hablamos los espacios que
a lo lejos,
la oveja cuenta


Tiembla la columna verde
de la Tierra.


Lésignac, el lugar donde las hadas aún existen

Cuando lo conocí me comentó que su padre tenía una casa en el campo, que sus abuelos vivían allá y que su madre había nacido allá. También me dijo que un día podríamos ir. Yo le respondí que sería muy bonito. Sin embargo, sentí que había sido uno de esos “podríamos” que se quedan eternamente en el condicional y que mi respuesta, una reacción espontánea que no se generaba necesariamente de la esperanza de que eso se cumpliera. Me había equivocado. Hay veces, como esta, en las que me fascina equivocarme.
Un lunes me dijo que podríamos ir el fin de semana siguiente. Yo le respondí que para mí estaba bien pero seguía sin creer que iríamos. El miércoles me dijo que sí, que iríamos y que conocería a sus abuelos. Yo estaba muy emocionada porque iría a la campagne française.
El viernes temprano preparé todas mis cosas. Mi vestuario eran puros vestidos. Quizás podría camuflajearme entre las flores y el bosque y no volver a la ciudad, pensé. Salimos tarde, ya la luna estaba en escena o faltaba poco para ello. A medida que nos adentrábamos en la autopista, las estrellas se veían más y más. Los molinos eran sombras que giraban, luces rojas en sus puntas para advertir a los aviones. Giraban como gira la magia. Y nosotros acelerábamos con la fuerza que puede dar el cansancio y la ilusión de llegar. La ansiedad por la llegada puede contra el insomnio y el hambre. Sin embargo, hicimos tres paradas. Sus ojos ya no resistían a la falta de sueño y a los faroles de los carros, que se presentan muchas veces como grandes enemigos del conductor.
Para llegar al pueblo pasamos por otros pueblitos. Era la 1:30 am, hora en la que sólo andan por las calles los fantasmas del día y el silencio de la piedra medieval. Me dijo que me iba a mostrar algo y seguidamente siguió conduciendo por callejuelas que cada vez se hacían más pequeñas. Al final, llegamos a un castillo. UN CASTILLO. De noche, un castillo es un lugar de luciérnagas y misterios. Sonreí y le di las gracias. Él me dijo que volveríamos al día siguiente.
Seguimos, y al girar, contorneando una Iglesia, se paró. “Esta es la casa”. Yo no lo podía creer. Una real casa de campo. Abrió la cerca roja, estacionamos en frente del ‘establo’, o de lo que fue un establo, y entramos a este espacio de películas que hasta incluía una cabeza de jabalí guindada en la pared de la sala. Prendió la chimenea con una serie de herramientas que yo sólo había visto en cuentos o series.
Mientras él luchaba con el fuego, yo me acosté en el sofá que me daba vista al cielo negro-azul y aire de madera. A través de la ventana, había una luna sonrisa gato de Alicia y unas estrellas vivas. Me dormí. Al despertarme, recordé que había soñado que fui al lugar donde las hadas aún existen.