Casa, una palabra que siempre gana lugares


El regreso tuvo ventana y un chico que no sabía si era suizo (porque ahí se crió) o escocés porque ahí nació toda su familia y él también. Creo que era un chico bastante confundido porque cuando me preguntó de dónde venía y le dije “Venezuela”, me respondió “¡Ah! Allá hablan portugués, ¿no?” “No, se habla español”, o al menos eso creo yo. No me molestó realmente, no tenía que saber que idioma se habla en Venezuela, yo no sabía que país estaba al lado de Escocia. Sin embargo, sí me impresionó mucho su reacción cuando le pregunté de donde era; me respondió “I don’t know” y luego, como si yo hubiera mostrado interés (a lo mejor mis ojos sí) comenzó a contarme su crisis de identidad. Me he dado cuenta que en Europa hay un fuerte interés (incluso desesperación) por defender la identidad. Al menos en Francia lo hay. Si prendes la televisión, siempre puedes encontrar a algún “especialista” hablando de cómo los franceses poco a poco han perdido su identidad. Es por esto que discursos de extrema derecha que se basan en ofrecer soluciones al supuesto problema de identidad, están teniendo éxito. Pero en esta oportunidad no hablaré de política sino del sentimiento de “hogar” que sentí cuando el tren arribó a Paris du Nord.
Estaba ansiosa por llegar a “mi casa” y a “mi cuarto”. Pero a medida que llegaba, el hogar dejó de ser algo físico, un cuarto o una cama, sino un sentimiento que no tiene identidad ni nacionalidad. En ese momento, sí, eran parisinos, la cama, la almohada y los brazos que me recibieron. Pero el hogar es familia, memorias, realidades a distancia.
Y si el hogar fuera el paso que sigue mi paso, la sombra que reverbera, la nube que cambia de forma, la ausencia que siempre es presente, si fuera todo y nada. Si fuera yo misma, ¿a dónde iría cuando me cansara? Pero uno no se cansa del hogar, uno busca más hogares, para terminar en el hogar del cuerpo, de uno mismo, de la concentración de todos los demás.
Miro la nube y veo el doble espejo de su luz, rayo sin dirección, el prisma de mi ojo. Él no sabe de la nube, sabe de los pétalos caídos, de las pérdidas del polen. Sabe del cauce que ha quedado seco, y sabe nadar en el mar sin corales. El mar sin corales se viste para recibir la tristeza de sus pies. Y él se lava los pies y limpia los años de pérdidas, los años de la angustia incesante del tiempo, pero el tiempo nunca para y la angustia siempre vuelve. Como vuelve la naturaleza a recordarnos que somos silencios. Que ella es la que habla y que nosotros hemos dejado de escuchar sus ecos.
Al llegar, la luz brillaba como nunca. O quizás sólo brillaba pero la escala de brillo en Londres es muy baja así que la diferencia era abismal. Cielo azul y sol. Saqué la cabeza por la ventana del carro y dije “Bonjooooooooour”. Había llegado a casa.

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