La toma de los zorros

Foto: Laurent Geslin.
Tomado de:
Aquella tarde, Juliana me dijo que por las noches, los zorros tomaban Londres. Que salían de sus guaridas y andaban por todos los parques buscando comida. Me dijo, también, que hacían unos ruidos muy raros y que ella los había visto en una de esas madrugadas que no duermes porque el deber académico llama al insomnio. Yo no lo podía creer, ¿zorros? ¿zorros color zorro con orejitas negras?, le preguntaba.
Yo estaba impresionada con todo el asunto. En Londres no hay perros “callejeros” sino zorros, ¡que cosa más rara! Recordé que en NYC hay muchos mapaches, y que son un real problema (de hecho, cuando estuve allá, una de las noticias del periódico local de Brooklyn era que los mapaches estaban destrozando todas las bolsas y entrando a los jardines de las casas). También está el caso de las ardillas, o las ratas. Pero… ¿Zorros? Aunque si lo pienso mejor, estamos hablando de Londres, una ciudad que encontré tremendamente misteriosa, bizarre, escondida en sus callejones…
Ya era tarde así que me fui a dormir, con las fuertes ganas de querer ver a los zorros. Quería verlos porque en parte sabía que de eso dependía mi completa credulidad al respecto. Pero sé que estaría difícil dado que mi estadía sería corta. Además, Juli me había dicho que en todo el tiempo que tiene en Londres (y con todas las madrugadas despierta) sólo los ha visto tres veces (y eso gracias a que desde su cuarto y la sala se ve un pequeño parque, ¿o una plaza?).
A las 4 am me despertó un sonido rarísimo. Me levanté rápido por la emoción de que pudieran ser los zorros. Busqué mis lentes (porque sin ellos no hay criatura real -o divina- que pueda ver -ni de noche ni de día-) y dirigí la mirada al parque (¿o a la plaza?). Ahí estaban, con su color zorro y orejitas negras de zorros: dos ejemplares. Uno era más grande que el otro pero ambos compartían los rasgos típicos de este animal. Estaban emitiendo estos sonidos mientras corrían al rededor de un carro. Uno perseguía al otro pero nunca lo alcanzaba. Presencié todo el ritual zorrístico por 10 minutos y me acosté pensando en cómo ellos se han adaptado a vivir en un ambiente completamente antinatura en el que los carros son sus juguetes y las bolsas su venganza con los humanos… Creo que a los humanos nos hacen falta más situaciones como estas para que recordemos la cohabitación que implica el Planeta, pensé. Pero estaba cansada, así que me despedí de ellos y les deseé que encontraran algo sabroso y no los restos de un fish and chips, porque a pesar de también ser “sujetos de la Reina” (es decir, de también ser ingleses), estoy segura que su paladar es más refinado (y que no practican el canibalismo, porque quien sabe si por Londres no sirven fox-fish).

Nota:
En teoría esta entrada terminaba con el punto final anterior. Pero me dispuse a buscar imágenes de zorros (porque no pude tomarles fotos) y me topé con una página web que se llama Foxolutions y cuyo slogan es “The humane approach to urban fox control” (aquí el link: http://www.foxolutions.co.uk/ ). Fox repellents, fox deterrents proofing, fouling clearance. Claro, tiene mucho sentido eliminar a los zorros simplemente porque nos rompen las bolsas de la basura que nosotros, trogloditas, producimos. Recordé la toma de los animales en el edificio de El Portero, de Reinaldo Arenas y una cita de un autor que estoy leyendo, Richard Sennett, que dice “today, order means lack of contact”. No entiendo esta necesidad del hombre de depurar, limpiar, eliminar, destruir. ¿Qué habrán querido decir con “humane approach”?. Es decir, ¿que es muy humano erradicar a los zorros? o ¿que lo hacen de una manera menos “agresiva”? Algo así como un gas, o una inyección. Rápido y sin dolor. Me da miedo como humano puede ser sinónimo de insensible. Como día a día reprimimos los sentimientos porque “hay que tener control”. Como últimamente, ser sentimental es algo “mal visto”. Riamos, lloremos, gritemos, brinquemos, hablemos, bailemos. Los robots ya están naciendo: sean máquinas, o niños que crean con el propósito de salvar a la hermana (o hermano) que sí está vivo, así que… ¿para qué convertirnos nosotros en uno?

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