Registros londinenses IV

5

Media boca en el cigarro y la
otra mitad ahogada en licor barato
Los dedos sumergidos en los bolsillos
adivinan el saldo de la noche
No fue buena

Levanta la mirada
Ojos de piedra
Rasga el muro la seda de su falda
El cemento sostiene
los cómplices del delito

Medio cigarro y un trago
eso queda
La ciudad se despierta
vestida
con los trazos anónimos
de la noche.
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Registros londinenses III


4


De quiénes las manos
que olvidamos
De quiénes las manos
que dejamos guindadas en
el camino
De quién la mano del guante
o el guante de la mano

De quién el trazo
la huella
el sucio que se pega




De quién este juego
de niño de 5 años

De quién esta búsqueda de formas
este lenguaje de calle
esta intervención

De quién la discontinuidad
que se crea.

Casa, una palabra que siempre gana lugares


El regreso tuvo ventana y un chico que no sabía si era suizo (porque ahí se crió) o escocés porque ahí nació toda su familia y él también. Creo que era un chico bastante confundido porque cuando me preguntó de dónde venía y le dije “Venezuela”, me respondió “¡Ah! Allá hablan portugués, ¿no?” “No, se habla español”, o al menos eso creo yo. No me molestó realmente, no tenía que saber que idioma se habla en Venezuela, yo no sabía que país estaba al lado de Escocia. Sin embargo, sí me impresionó mucho su reacción cuando le pregunté de donde era; me respondió “I don’t know” y luego, como si yo hubiera mostrado interés (a lo mejor mis ojos sí) comenzó a contarme su crisis de identidad. Me he dado cuenta que en Europa hay un fuerte interés (incluso desesperación) por defender la identidad. Al menos en Francia lo hay. Si prendes la televisión, siempre puedes encontrar a algún “especialista” hablando de cómo los franceses poco a poco han perdido su identidad. Es por esto que discursos de extrema derecha que se basan en ofrecer soluciones al supuesto problema de identidad, están teniendo éxito. Pero en esta oportunidad no hablaré de política sino del sentimiento de “hogar” que sentí cuando el tren arribó a Paris du Nord.
Estaba ansiosa por llegar a “mi casa” y a “mi cuarto”. Pero a medida que llegaba, el hogar dejó de ser algo físico, un cuarto o una cama, sino un sentimiento que no tiene identidad ni nacionalidad. En ese momento, sí, eran parisinos, la cama, la almohada y los brazos que me recibieron. Pero el hogar es familia, memorias, realidades a distancia.
Y si el hogar fuera el paso que sigue mi paso, la sombra que reverbera, la nube que cambia de forma, la ausencia que siempre es presente, si fuera todo y nada. Si fuera yo misma, ¿a dónde iría cuando me cansara? Pero uno no se cansa del hogar, uno busca más hogares, para terminar en el hogar del cuerpo, de uno mismo, de la concentración de todos los demás.
Miro la nube y veo el doble espejo de su luz, rayo sin dirección, el prisma de mi ojo. Él no sabe de la nube, sabe de los pétalos caídos, de las pérdidas del polen. Sabe del cauce que ha quedado seco, y sabe nadar en el mar sin corales. El mar sin corales se viste para recibir la tristeza de sus pies. Y él se lava los pies y limpia los años de pérdidas, los años de la angustia incesante del tiempo, pero el tiempo nunca para y la angustia siempre vuelve. Como vuelve la naturaleza a recordarnos que somos silencios. Que ella es la que habla y que nosotros hemos dejado de escuchar sus ecos.
Al llegar, la luz brillaba como nunca. O quizás sólo brillaba pero la escala de brillo en Londres es muy baja así que la diferencia era abismal. Cielo azul y sol. Saqué la cabeza por la ventana del carro y dije “Bonjooooooooour”. Había llegado a casa.

Registros londinenses II



3

Hay un tiempo en la ausencia

un tiempo en el paso
que no diste
un tiempo en el café
que quedó frío en la taza
Hay un tiempo colgado
de la manilla de la puerta
suspendido entre dos abrigos
que olvidaste al ir de viaje




Hay un tiempo en el
parque de la infancia
otro
dibujado en las líneas
de las manos
Hay un tiempo fragmentado
por la discontinuidad
de los espacios
Hay un tiempo
sentado en el banco
de tu jardín.

La protesta es efímera, como la pluma


Hago una interrupción a la cronología de mis entradas para escribir sobre un acontecimiento actual. Escrito el 22 de marzo de 2011.

Cuando todos los días se caminan las mismas calles hay una relación que se crea con el pavimento, con las paredes de los edificios que bordeas.
Cuando todos los días se caminan las mismas calles hay un aire repetido, que no molesta pero que se sabe. Es por eso que cuando algo pasa, cuando algo cambia, cuando de pronto a lo que siempre está igual se le agrega un elemento (o varios elementos) uno lo puede saber antes de cruzar la esquina. Y eso fue lo que me pasó ayer mientras caminaba por el Boulevard Saint-Germain para llegar a la estación Rue du Bac, la misma que tomo todos los días para regresar a casa luego de una jornada de estudios. Antes de cruzar la esquina, ya me preguntaba qué pasaba. No tuve que esperar mucho para tener la respuesta: miles de plumas blancas cubrían las aceras. Como si hubiera nevado plumas, o como si hubieran matado a millones de gallos y gallinas (esto último no lo pensé porque no había sangre y porque no jugué suficientes videojuegos como para quedar así de “afectada”).
Toda la gente que llegaba miraba el suelo con cara de sorpresa. Otros se tomaban fotos mientras sacudían las plumas con los pies (dándole así un toque playboysiano). Habían policías por todas partes pero no había sensación de caos; sólo de sorpresa. Tomé algunas fotos (es decir, era de los que les tomaban fotos a los que tomaban fotos) y luego crucé la calle para comprarle al mismo árabe de siempre 4 cambures y 2 aguacates bebés. Los vende en la acera, al lado de un kiosko y al frente de las escaleras del metro. Lo cual me queda de “pasada”, y ya he comprobado que son muy buenos (ambos), más baratos y además, el hombre es agradable.
Al voltearme para bajar las escaleras vi una serie de zapatos de escalar guindando del famoso letrero de “METRO” de París. Los acompañaban una serie de panfletos sobre lo difícil que es trabajar en el mundo “ecológico” y como no les pagan bien a los biólogos ni ecologistas.
Nada de animales asesinados, ni lluvia de plumas. Eso había sido una protesta (como las muchas que hay aquí) de todos los que trabajan en pro del ambiente. Los franceses tienen un fuerte sentido del reclamo (incluso, a veces, exagerado). Pero en este caso, fue un fuerte sentido de la creatividad (me parece a mí).
Me fui pensando que los zapatos ayudarían a algún sans-abri (mendigo) y que las plumas al día siguiente ya no estarían. Las protestas son efímeras, al menos para los ojos de muchos, o al menos para los ojos que están rojos de poder.
Pensé en los estudiantes que protestan en la huelga de hambre en Caracas y como sus vidas no valen nada para el gobierno (¿valen para nosotros?). Me invadió un sentimiento de tristeza.
Hoy, al despertarme, encontré la noticia de las bocas cocidas. Me enteré al leer un comentario en Facebook de mi amiga Paola: “se cosen la boca con la valentía que otros hemos perdido”. Seré honesta: si eso es valentía pues no la he tenido nunca, ni la tendré. Mi boca no la coso por ningún gobierno. Soy demasiado egoísta para dar mi vida por un país. ¿Es eso lo que ellos harán? ¿Será que ellos están dando sus vidas por un ideal o una ideología y yo no lo sé? ¿Son estos los héroes del presente? ¿Por qué lo harán? ¿Qué haremos los demás si estos jóvenes sí dan sus vidas? ¿Nos quedaremos tranquilos? ¿Qué podríamos hacer? ¿Qué hicimos cuando Brito murió? ¿Qué pudimos haber hecho? Son muchas las preguntas que me hago y que me gustaría hacerles. Son muchas las preguntas que quisiera que un periodista les hiciera. Pero en estos tiempos, en los que hay dos posiciones (en los que tiene que haber dos posiciones), en los que todo está politizado, en los que vivimos en un sistema autoritario, lastimosamente casi es un crimen cuestionar cualquier protesta en contra de Chavez.
La protesta es efímera, como la pluma. Es ligera, sí. Pero muchas plumas juntas llamaron la atención de todos los transeúntes. Muchas plumas juntas hacen almohadas y muchas almohadas llenan espacios. ¿Por qué no se unen las plumas en Venezuela? ¿Por qué todos los sectores que protestan andan “por su lado”? ¿Por qué no hacemos de lo efímero, algo perdurable?
De nuevo, lo dice alguien que escribe desde su ordenador, en una ciudad extranjera en la que las noticias de su país no son transmitidas. Como si los venezolanos (los que se cosen las bocas, los que mueren arrollados mientras manifiestan, los que mueren por semana, los que no consiguen trabajo, los que ganan premios, los que son artistas) no existiéramos y como si el único que existiera verdaderamente fuera el comandante. Pero la reflexión es mi pluma, y esa sí la lanzo. Igual de efímera, es cierto, pero la cadena de reflexiones nos puede llevar a algún lado, ¿no? Quizás soy muy ingenua creyendo en el debate y no creyendo en la flagelación del cuerpo. No lo sé pero no todos nacimos para cosernos las bocas, querida amiga.

Registros londinenses I


1


Deja el tallo

antes de cruzar la calle
Deja el tallo
que la carne se oxide
Deja el tallo
antes de seguir el camino
Deja el tallo
que otro lo muerda
o lo fotografíe
Deja el tallo
que sea registro
de la manzana
o
registro de tus horas de hambre.



2

Y luego del tallo
puedes dejarlo todo
la hamburguesa masticada
la bolsa de papel
el jugo artificial
sabor a algún berry
el sushi descompuesto
Deja también dicho
que no te gustan las papeleras
que para qué usar papeleras
que las bolsas tardan tanto tiempo
en descomponerse que tú estarás muerto
para ese entonces
y que en la ciudad alguien almorzará
con los restos de tu hambre.

Ciao, Camdem Town!


Tienes que ir a Camdem Town, es uno de mis lugares preferidos, decía la voz de Alejandro. Además, ¡hay arepas! La verdad es que la idea de la arepita no me molestaba; no soy de los que eligen eso como desayuno, almuerzo y cena (ni los que se llevan paquetes en la maleta) pero sí le reconozco su encanto y más aún cuando estás lejos de casa y lo estarás por un tiempo considerable.
Armé el kit de sobrevivencia: Crema para las manos, libreta, pluma, cámara, agenda con números. Nada de mapas (no compré), ni celulares (no servía) y tomé el tube. Esta vez la experiencia en el underground fue igual de claustrofóbica pero menos chocante. Al menos, no hubo nadie que me diera calurosas y antipáticas bienvenidas y la estación quedaba justo en la calle principal.
Cuando volví a la tierra, y vi la calle, dije ah, pero si es como un mercado del cementerio pero en Londres. Curioso, sí. El caso es que hay miles de tienditas y stands de buhoneros (como los que habían en Sabana Grande antes de que los quitaran, o como los mercados de buhoneros que inventaron luego), o dicho de una manera más sutil, de comerciantes informales. Eso sí, la oferta de productos varía: no encuentras a quien te haga una manicure o te coloque brakets en la boca pero sí hay quien te pueda hacer un tatuaje o abrirte un piercing. También puedes conseguir tintes para el cabello, sombreros con formas de animales, pelucas, botas, látigos, vestidos, carteras, zapatos, ropa para danza árabe, disfraces, souvenirs que digan “mind the gap” con el loguito del metro… Todo lo que puedas imaginar y de todas partes del mundo. Cosas muy bonitas y cosas no tan bonitas pero sí interesantes.
Creo que hay una palabra que describe al lugar: kinky. Sí, Camdem Town es kinky.
Como todo lo que te rodea cuando estás allí te invita a gastar dinero, y el capitalista que llevamos dentro siempre despierta, decidí irme antes de dejar todo mi presupuesto en ese lugar. Antes, necesitaba un café. Así que entré a un lugar llamado Terra Nera. Era muy pequeño, y las sillas y mesas estaban afuera pero como el día estaba terriblemente frío yo me quedé en el diminuto espacio techado. Atendían dos italianos. Uno, parecía un rockstar y el otro era Johnny Depp (el Johnny de la Ventana Secreta). El rockstar se fue a hacer delivery y nos quedamos Johnny y yo. Italian, eh? – Yes, italian but in fact, I’m not just italian. I’m something more. I’m sicilian. And you? – Venezuelian. – Oh, great. I can understand spanish but I don’t talk at all.
Así que nos pusimos hablar en inglés para que todo fuera más sencillo. Él había estudiado filosofía y cine en Italia y estaba en Londres porque, al parecer, si quieres llegar a algún lado – diferente a los televisores de tu familia – en el mundo cinematográfico, debes ir a Londres. El café estaba realmente bueno (aunque como lo pedí sin caramelo y sin azúcar él decía que era a boring cafe… Pero yo sé que lo decía para ser “más simpaticón”). La conversación estaba entretenida, pero yo debía seguir mi camino hacia el Tate Modern Museum. Así que me despedí. Cuando iba a media cuadra, dije: con lo feo que está el día, ¿qué importa si me tomo un café más y sigo la conversación? Así que volví. Esta vez pedí un café con caramelo, but not too much, please. Seguimos hablando hasta que el café se acabo y su cigarro murió en el frío. Me dijo que en la noche saldría con sus amigos por Camdem Town, que si quería ir con él, apareciera a las 7 pm en la tienda. Siciliano, claro. Para guardar un poco de misterio le dije “bye, maybe hasta esta noche”. Yo sabía que no iría pero todo parecía una película así que seguí el guión. Ya saliendo me dijo – I’m Claudio and you? – Camila. – Oh, Camilla! Ciao, bella!
No conseguí las arepas, ni tampoco el apellido de Claudio. Así que si un día se vuelve famoso, no lo sabré. Conseguí el nuevo color de mi cabello y un lugar ecléctico, que guarda en sus muros algo que fue y que ya no es pero que lucha por sobrevivir. Sentí a Camdem Town como un fantasma. Así lo sentí, y así lo vi: