París sabe, París huele, París se siente



París sabe, París huele, París se siente amor de los enamorados. Lo pensé incluso antes de llegar. Estaba en el avión y como aterrizaríamos en el aeropuerto de Orly, desde mi pequeña ventana, pude ver a la Torre Eiffel. Ahí lo supe. Ahí supe que esta ciudad guardaba en sus engranajes, en su segundero y en su misteriosa quietud, una pasión desbordante.

Luego, en tierra, y ya caminando por las aceras he podido ver pequeñas estatuas de dos personas, inmovilizadas, entrelazadas, atemporales. Son los amantes de París. Los sin rostros porque no los conozco, pero todos con el mismo rostro.

Y se besan en las plazas, en las esquinas -sin importar obstaculizar al transeúnte que va tarde a su encuentro-, se besan en los bancos, en los aeropuertos, en las paradas del autobús, en las estaciones del metro. Se besan, se besan, se besan.

Y se abrazan, como si no se volvieran a ver. Y el amor se expande y ves a la madre con el hijo, o al padre, o a los dos padres con los dos hijos. Y ves a la niña con cuatro dientes apenas, que le dice a su madre “bisou, bisou” y a la madre que la besa y a ella que sonríe.

Sí, París. París es una ciudad que está viva. La puedes ver dormida si vas de noche a Montmartre. La puedes ver distante, la puedes ver neblina, la puedes ver frío. Pero en ella suceden las miradas del encuentro.

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