Amongst the nerves of the world

C R W Nevinson.
Amongst the nerves of the world (1930)

La clase, Cities of Modernity through film, photo and texts. La profesora, una mujer muy apasionada por las artes y por la vida en general. Para ser francesa, su acento en inglés es muy bueno pero no puedo asegurar la certeza de lo que digo porque tal vez -dado lo interesante de la clase-, bloqueo los posibles vestigios del francés que quedan en su lengua.
Al llegar a clases, me senté en uno de los primeros puestos pero como los salones están organizados en media luna (o algo parecido) no sentía la intimidad de “estar de primera”; esta clasificación es incompatible con la geometría del espacio. Saqué mi cuaderno italiano de hojas 100% recicladas, que compré en St. Michel en una oferta de 3 por 1,75 euros y mi pluma fuente. Los que me rodeaban no hicieron lo mismo. En vez, sacaron todos una laptop con sus cables (todo muy organizado y mecanizado) y casi con una sincronía inédita para mí, los enchufaron a grandes regletas que estaban a la espera. Lo que vino después fue el concierto que anunciaba el fin de la educación a la antigua.
Las aproximadamente cuarentiocho manos que estaban en el salón (sin contar las mías), y los doscientos cuarenta dedos, tecleaban con una desesperación inaudita. En el aire había una sensación de concentración máxima, de tecnicismo, de futuro, de modernidad, de LOS SUPERSÓNICOS. La profesora hablaba pero yo tenía la sensación de que el concierto de teclados iba acrecentando su volumen (creo que eso no pasaba pero la desesperación de todo el asunto me hacía sentir cada tecla en mi oído). Al fondo se escuchaba su voz y ella, viendo un cuadro de C R W Nevinson de 1930 (proyectado en una pantalla al alcance de todas nuestras vistas), hablaba de como la tecnología se ha ido metiendo en nuestro cuerpo, del olvido de nuestra condición humana, de la cotidianidad sin pausa, (aquí la profesora se empezó a poner algo new age y el acento francés volvió) y de como todos nos hemos convertido en grandes robots.
Yo, con la tinta deslizándose en el papel, tomaba apuntes de todo esto y veía lo absurdo de la situación. El crujir de las computadoras me hacían sentir que estaba Amongst the nerves of the world (título de la obra), de este nuevo mundo. Vino a mí la nostalgia de una época que no fue mía -o que lo ha sido gracias a esa memoria colectiva de la que cada uno formamos parte- y por unos minutos me abstraje de la realidad pensando en la historia de la humanidad y las primeras escrituras. En eso, mis ojos vislumbraron dos pantallas con tonalidades azules y blancas: FACEBOOK. Dos chicas de la clase decidieron revisar los acontecimientos de su vida virtual. Pensé “es un mal mundial, pero al menos son sólo dos”. La clase siguiente me dio a conocer que no eran dos, sino la mayoría de los estudiantes y que no sólo revisan Facebook sino que organizan viajes y compran pasajes mientras un profesor de sesentiocho años habla de lo magnífico de la literatura y la escritura. Yo estaba indignada. No lo podía creer. Y ahí fue cuando dije “mi hermana Jimena tiene razón: yo soy un bicho raro”. Y me sentí la persona con más suerte del mundo por ser junto a mis amigos -ahora lejos-, una criatura más de Remedios Varo.

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