Photo Synthèse Elysées y el arte del oficio

El oficio. El oficio es algo que se ha olvidado, o perdido. Mi generación no es generación del arte del oficio, es generación del wikileaks (como dijo un profesor muy viejito ayer en una clase). Pero con la suerte de que aún podemos ver a alguien que sí practique su oficio y cuando esto sucede, yo, en lo personal, quedo maravillada.
Así me pasó cuando llegué sin referencia alguna y guiada por mi brújula rota a Photo Synthèse Elysées.
Flaviana (la novia de un amigo) y yo salimos el domingo pasado con la ilusión de ir de compras. Como yo aún espero mis euros de Cadivi, no se me está permitido ese tipo de frivolidades por lo que mi rol era de “la amiga que acompaña a la otra amiga”. No importa, es algo que también disfruto. Antes de salir, le dije “vamos a ir a una tienda donde tomen fotos porque necesito una para la Carte de Long Séjour“. Ella me respondió con un ok y una sonrisa. Seguido a esto, vino mi búsqueda por Internet de lugares a los que podríamos ir. Los anoté y emprendimos la marcha.
Nos bajamos en la estación Opéra y al llegar a la grandes puertas de la tienda, a la cual queríamos entrar nos encontramos con una fuerte resistencia. Nos miramos y ella dijo “debe ser que esta entrada está cerrada”. Caminamos a la otra entrada y pasó lo mismo. “Está… ¿cerrado?” dije yo, con cierta duda. Nos pareció muy raro pero decidimos caminar, y caminar, y caminar en búsqueda de otra tienda similar que estuviera abierta. Mientras, por supuesto, se daba una conversación muy simpática y nos percatábamos de que TODO estaba cerrado. Nos intercambiábamos la decisión en cada intersección: ¿derecha o izquierda? Y así, gracias a esa “fórmula” llegamos a Les Champs Elysées. No era el mejor día porque los turistas de verdad -esos que vienen en manadas– invadían, incluso, mi espacio vital. Yo los ignoré -en la medida de lo posible- porque ese era mi primer encuentro con esa gran avenida.
Todas las grandes tiendas de grandes diseñadores estaban abiertas. Y las demás, también. Es decir, la ciudad sólo estaba despierta en esa avenida y con un propósito: los turistas.
Teníamos mucha hambre porque ya eran las 4 de la tarde o más y no habíamos comido nada. Así que entramos a un “passage” (recuerdo que en Sabana Grande hay varios, ahora son muy feos, pero solían ser hermosos). Al final había una tiendita, con un toldo muy francés. Le dije para ir porque podía ser un café pero, para nuestra sorpresa, era una tienda de fotografía. Fue justo en ese momento que recordé que debía tomarme una foto. Al entrar, las dos nos encontramos con un viejito, de ojos azules y con boina, que atendía la tienda. Le dije que necesitaba una foto de 3×4 cm, él me preguntó que para qué era y le expliqué que era para la Carte de Long Séjour, entonces él procedió a corregirme que no es 3×4 sino 3,4×4 (estaba en lo correcto, en el papel que yo tenía con las requisitos decía 3,4). Al tomarme la foto, procedió a cortarlas con una delicadeza y un pulso impresionante (nada de exactos, ni guillotinas). Utilizó un pequeño artefacto especial para cortar fotos tipo carnet, que yo nunca había visto en mi vida. Luego, colocó las fotos en un estuchito de gamuza vinotinto. Con paciencia y dedicación, pegó dos calcomanías, doradas, con el nombre y la dirección de la tienda: una afuera y otra adentro. Mientras todo esto sucedía, Flaviana y yo nos mirábamos (y lo mirábamos) y murmurábamos “que bello”. El señor me dice que son 8 euros y yo le doy 10. Al darme el vuelto, contó en español, las monedas en mi mano. Y al irnos nos dijo “Gracias… Adiós”.
Las dos estábamos tan conmovidas que se nos olvidó el hambre (por un momento) y empezamos a hablar del oficio y de como ese señor representaba toda una generación de personas que se dedicaron a algo en específico pero el frío se hizo insostenible y el hambre regresó en forma de truenos en el estómago así que emprendimos el camino a un café en St. Michel. Ya refugiadas, con calor en el estómago y muchos extraños alrededor, la conversación siguió hasta acabar en la escritura como oficio. Y ahí, expresando mis angustias de haber estudiado una carrera multidisciplinaria y no saber a donde seguir, y respondiéndole a Flaviana una serie de preguntas en relación a mi poesía, me di cuenta de mi oficio. Eso, por supuesto, me aterró pero trajo a mí una gran calma; como la de los ojos azules y las manos que traen años, que cortaron mi primera foto carnet de París.

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