Magret de canard au miel et vinaigre balsamique

Imagen: google images.

Nota: Esta entrada y las próximas 3, fueron escritas en mi cuaderno de viaje a Londres y ahora son transcritas.

Beata antes de irse me dijo que había dejado un magret de canard en la nevera, que era muy bueno y que no dejara de cocinarlo. Yo se lo agradecí y le dije que lo cocinaría. Por supuesto, mientras ella hablaba (y yo le daba las gracias), me preguntaba “¿y qué es un magret? y cómo se cocina pato? y qué voy a hacer ahora porque yo no como eso?…
El magret estaba en la nevera y yo no tenía ningunas intenciones de cocinarlo. Pero, con la brejetería que me caracteriza se me ocurrió la brillante idea de invitar a un amigo francés a comer en mi casa. Para ser más exactos, él me llamó para ver si podía visitarme y yo salí con “sí vale, si hasta podemos cenar”. Al colgar, abrí la nevera con la tonta ilusión de que aún quedaba pollo por cocinar, o una salsa para pastas de esas que facilitan la vida con un slogan “abre y calienta”. Pero no, en vez de eso, había un magret de canard con un letrerito imaginario que decía “llegó mi hora”.
Ya el supermercado había cerrado, así que no tenía otra opción que buscar (o mejor dicho) crear raíces francesas que me ayudaran a cocinar eso. La respuesta: internet. Internet crea todas las raíces y “grados de separación” que necesites. Coloqué en google “magret de canard” y al darle chercher (porque hasta mi google es francés) salieron miles de entradas. Ese es el problema de internet: crea tantas raíces que no sabes cual tomar.
Abrí varias al azar. Todas las recetas requerían de una serie de ingredientes que no estaban en mi haber. ¡Ah!, porque además, mi stock de ingredientes era bastante limitado. Busqué por un par de minutos (no había tiempo para entrar en búsquedas profundas), hasta que encontré una que decía “magret de canard au miel et vinaigre balsamique”. Al menos los ingredientes del título los tengo, pensé. La página web tenía mucho rosado, lo cual me generaba cierta desconfianza pero, vamos, me encontraba frente a algo completamente desconocido para mí así que debía dejar a un lado tanta necedad.
La receta indicaba que era dos estrellitas (de 5) de dificultad y que el tiempo de preparación era de 10 minutos. Todo apuntaba a que había encontrado la receta más pertinente para el momento. Así que sin perder más tiempo, comencé a seguir las instrucciones (muy desconfiada, repito, como buena nieta de Aída Beatriz) al ritmo de Gal Costa.
Hacer pequeñas cruces en el lado con piel, polvorear con pimienta (el mágico e indispensable ingrediente en la cocina francesa), sal, dejar cocinar en su aceite, voltear, sofreir ajos, retirar, cocinar la miel y el vinagre balsámico por 5 min hasta espesar…. Hice todo pero algo me decía que aún le falta cocción así que lo dejé un ratito más. Hasta el momento no había manera de saber cómo iba. Ni que tan cocinado había quedado (igual yo no sabía el “punto perfecto” de cocción). Al terminar (con 5 minutos de retraso por inventar el “ratito más”), la cocina era como el plato de comida de un niño de 5 años: un reguero, y el apartamento, un sólo humo gigante.
Justo cuando me disponía a limpiar, sonó el timbre (maldije el “ratito más”). Había llegado y yo parecía María, la asistenta de Dino (o de cualquier chef de los de antes, que tenía asistentas -ahora son multitasking-). Me arreglé en 2 minutos, puse la mesa en 3 y en 5 ya él estaba tocando el timbre.
Le abrí y le dije que había cocinado magret de canard. Me dijo que a él le encantaba (me jodí, le encanta, es decir, es exigente con el plato, pensé). Serví pensando en que extrañaba freír una tajada o hacer una arepa pero rogando que el pato estuviera comestible. La salsa tenía buena consistencia, al menos.
Él probó el primer bocado y dijo “Oh là-là, ¿de verdad lo has hecho tú?”. Le dije que sí (no me sentí ofendida porque yo tampoco creía que lo había hecho yo) y me dijo “c’est très bon, vraiment”. Podría pensar que lo dijo para no hacerme sentir mal pero yo también estaba sorprendida de lo bien que sabía así que le creí y le dije, muy sincera “menos mal, mira que mi única referencia de pato es el pato laqueado de los chinos y que, como en mi casa no se come pato, siempre pedimos que sea pollo”. Se rió (creo que no entendió lo del pato-pollo laqueado) y dijo “merci beaucoup”. Yo le dije “de rien” y por adentro lo que decía era “merci beaucoup, Chef Gusteau, ya te prenderé la velita”. Por supuesto, me sentí Ratatouille.

Eucalipto morado



– Yo quisiera ser un eucalipto morado.
– Bueno, tendremos que hablar con tus padres a ver cómo podremos convertirte en uno.
– Lo he pensado y creo que me siento como un eucalipto morado.
– ¿Te sientes o eres?
– Me siento.
– Ah, entonces aún no eres.

Esta fue la conversación que mantuvimos Diego y yo, luego de salir de Le marché des Enfants Rouges –uno de los mercados más viejos de París- y yo haber visto un eucalipto morado. Diego, muy entusiasta -y buen guía de viaje- me había hablado días atrás de un mercado que otrora era el lugar donde los obreros comían por muy poco dinero. Me contaba que era pintoresco, que uno comía respirando la comida del otro (y escuchando su estómago hambriento), y que incluso, podías comer unos postres muy sabrosos. Toda esta descripción me compró. Le dije “vamos, vamos”. Así que hace un par de sábados, fuimos.
El camino estuvo lleno de vitrinas apagadas porque todo estaba cerrado. Pero al llegar, nos recibió -a pesar del ambiente nostálgico de las gotas de lluvia- un lugar muy especial. Comida italiana, árabe, francesa, quesos, carnes, frutas, verduras, y flores. Nosotros nos fuimos por la comida italiana. Por 12 euros comí: una lasaña con carne, una copa de vino tinto, ensalada y el mejor final: un
tiramisú. Dado que ya no era la hora típica para ir a comer un sábado, los mesones -que puedo imaginar abarrotados de gente en hora pico- estaban vacíos y solos para nosotros. Así que disfrutamos de la privacidad para brindar por aquellos que no nos podían acompañar por estar en Bogotá haciendo diligencias para el proyecto que tristemente muchos tenemos: “salir de Venezuela”, o en Caracas cuidando a su recién nacida bebé, o en Australia, salvando lo que el agua no se llevó luego de descubrir que irse tan lejos tampoco es muy buena idea. En fin, brindamos por los amigos.
De salida, ya llenos y contentos, estaba una venta de flores (aquí, así como en Buenos Aires, hay muchas ventas de flores). No tenían mucha variedad pero recostado al portón de la salida, estaba el señor eucalipto morado. “Diego, Diego, un eucalipto morado, ¿lo habías visto antes?”. Mi emoción no era proporcional al descubrimiento (es decir, a sus ojos yo estaba muy eufórica por un simple eucalipto morado). Pero mi sentimiento era pura alegría de descubrir lo ignorado hasta el momento.
Al llegar a la casa
googlée “eucalipto” y descubrí que su nombre viene de una palabra griega que significa “bien cubierto”, haciendo referencia a la yema de sus flores. De pronto, mientras leía en wikipedia, empecé a sentir como si me hablaban del personaje principal de una novela cuya descripción empezaría así: Presenta flores blancas y solitarias con el cáliz y la corona unidos por una especie de tapadera que cubre los estambres y el pistilo (de esta peculiaridad procede su nombre, eu-kalypto en griego significa «bien cubierto») la cual, al abrirse, libera multitud de estambres de color amarillo. Los frutos son grandes cápsulas de color casi negro con una tapa gris azulada que contiene gran cantidad de semillas (obtenido de: http://pt.wikipedia.org/wiki/Eucalipto).
Pensé en todos los eucaliptos morados que conozco, en todas las personas en mi vida que al abrirse al mundo liberan esa multitud de estambres de colores. Pensé en mi familia y mis amigos. Y de pronto, me sentí como un eucalipto morado, rodeada de muchos más. Y fue así como esa tarde, la felicidad vino en forma de pétalo.

París sabe, París huele, París se siente



París sabe, París huele, París se siente amor de los enamorados. Lo pensé incluso antes de llegar. Estaba en el avión y como aterrizaríamos en el aeropuerto de Orly, desde mi pequeña ventana, pude ver a la Torre Eiffel. Ahí lo supe. Ahí supe que esta ciudad guardaba en sus engranajes, en su segundero y en su misteriosa quietud, una pasión desbordante.

Luego, en tierra, y ya caminando por las aceras he podido ver pequeñas estatuas de dos personas, inmovilizadas, entrelazadas, atemporales. Son los amantes de París. Los sin rostros porque no los conozco, pero todos con el mismo rostro.

Y se besan en las plazas, en las esquinas -sin importar obstaculizar al transeúnte que va tarde a su encuentro-, se besan en los bancos, en los aeropuertos, en las paradas del autobús, en las estaciones del metro. Se besan, se besan, se besan.

Y se abrazan, como si no se volvieran a ver. Y el amor se expande y ves a la madre con el hijo, o al padre, o a los dos padres con los dos hijos. Y ves a la niña con cuatro dientes apenas, que le dice a su madre “bisou, bisou” y a la madre que la besa y a ella que sonríe.

Sí, París. París es una ciudad que está viva. La puedes ver dormida si vas de noche a Montmartre. La puedes ver distante, la puedes ver neblina, la puedes ver frío. Pero en ella suceden las miradas del encuentro.

Paisaje Asesinado

Iglesia Saint-Germain l’Auxerrois y escultura Hautes Herbes
de Beatrice Guichard.


Paisaje Asesinado



Suspirad cascadas de las aves.
Callad viandas vegetales de los vencidos.
Callad corteza cerebral de los difuntos.
Hundidme.
Yo retornaré, lengua madre de mi especie.
Yo retornaré, piedra de los insectos.
Yo arrastro mis panteras sollozantes al borde
de un crepúsculo de nieve.

Ceñidme pulso de la tempestad
Apagadme antorcha
de los grillos inocentes.
Bajaos del árbol putrefacto del paraíso, dádivas y duraznos.
No llegues a la sombra del muro, no llegues a mi puerta.
Golpeando puertas inútiles no llegues a mi puerta.
Aquí descansan los cisnes, los ángeles, los mendigos.
En una palabra: despojos.
En un pañuelo: lágrimas.

Hombre fútil y fugaz
Mientras los pianos arrancan al mar sus trágicos cuervos que
rondan la colina
La última estrella
Gira
Sobre los goznes pluviales de tus sienes.


Juan Sánchez Peláez. Elena y los elementos.

Crónica de una llamada al japonés

A Diego Marcano.



Ahora puedo decir que pedir comida japonesa por teléfono, definitivamente, no es buena idea. Estaba en casa, con hambre, luego de un día largo en la universidad y sobre la mesa reposaba un folleto -con fotos muy provocativas- de un restaurant japonés de la zona. Me dije, “¿por qué no?”. Tomé el teléfono, marqué el número que indicaban para pedidos a domicilio y me atendió una mujer autóctona de algún país asiático. Pensé “aún estás a tiempo de colgar, cuelga, cuelga, pero el antojo pudo más”. Como saben, de este lado del cable, estaba yo, autóctona de un país tropical. Le pedí tres platos (dictándole el código de cada uno) y cuando llegamos al momento de dar la dirección, las palabras de mi mamá “eso te pasa por brejetera” se escucharon por todo el apartamento y hasta en Japón. Respiré profundo y le dije: Cinq (5) allée… (suena algo así como sanc alé), entonces ella me dice “¿son allée?” (¿100 allée?) y yo le dije “sanc” (cinq, 5). Y ella dice “oh, oh, oui, oui”. Al colgar, yo no tenía idea qué había escrito esa mujer pero tenía un mal presentimiento.
Me senté a tomar algo a la espera de mi rico-por-fotos sushi. Sonó el teléfono e hice el procedimiento típico: ver el número para decidir si atender o no. El número era 012345678. No era la primera vez que llamaba y no era la primera vez que no le atendía. Ese número lo tengo catalogado como de “dudosa procedencia / mejor no atender” así que una vez más, lo ignoré llena de curiosidad. Pasada la llamada sospechosa, volvió a sonar el teléfono. Atendí pensando que podía ser la mujer del restaurant pero me topé con una voz al borde del abismo. Dije: “Allo¿?”, y respondieron: “sí, señora, soy el señor de la comida japonesa. Yo no encuentro la calle son (cent, 100) allée. Desesperado, agregó: Il y a un, deux, trois, quatre, cinq allé mais pas madame, pas, de son (cent, 100). Le repliqué (ya nerviosa) que no era son (cent, 100) sino S A N C (cinq, 5). Entonces él preguntó: “¿son (cent, 100) allée? Impossible, madame, impossible”. Le volví a decir -ya sin mucha paciencia- “sanc (cinq, 5)”. Y me responde “Oh, Oh, CINQ, CINQ, voilá, voilá”, seguido de “esa mujer casi me vuelve loco… una vez más” (la verdad es que en su voz podía sentir algo de estrés).
La comida llegó en una bolsa de papel marrón, llena de las angustias de un repartidor que casi no pudo realizar su trabajo. Y mi hambre llegó en español para comerse un sushi francés. Mientras comía, me reía pensando en la serie de inconvenientes que se pueden crear por pequeños detalles en la pronunciación de una palabra.
El sushi, por cierto, estaba muy bueno.

Hay errores que es mejor no corregirlos



Muchos dicen que soy despistada. Yo no lo creo así. Entonces me responden que soy tan despistada que ni siquiera me doy cuenta de que lo soy. Si ese fuera el caso, definitivamente sería uno de esos que catalogan “sin remedio” o “caso perdido”. Lo que sí es cierto es que muchas veces se me olvidan los nombres. De cantantes, de películas, de directores, de escritores, de títulos de libros-cuadros-discos, pero lo más grave: de personas que conozco.
Hace tiempo, en la Semana Equinoccial -organizada por la Editorial Equinoccio- se me acercó un chico a quien yo había conocido pocos meses atrás y que con mucha frecuencia, hacia algún comentario sobre mi muro en Facebook, así que su nombre siempre lo leía. Me saludó, me extendió un libro que tenía entre manos y con una sonrisa me dijo “¿por favor, me lo dedicas?”. Yo, supongo que con sonrisa congelada, le dije “claro”. La verdad, es que detrás de ese calmado “claro” mi cabeza gritaba “¿cuál es su nombre e e e e e e e?”. Entré en pánico. El libro estaba al frente, el bolígrafo también (intenté decir “déjame buscar un bolígrafo, ya vengo”, pero él ya lo tenía todo preparado) y su nombre no aparecía. Entonces, en vez de buscar una salida rápida como no poner su nombre en la dedicatoria (es algo que pensé luego), hice lo siguiente: “Discúlpame, de verdad, pero…. He olvidado por completo tu nombre”. A lo que su indignación y decepción respondieron, “Camila, cómo se te va a olvidar… Rafael”. Le pedí disculpas, firmé su libro y le sonreí, disimulando la terrible pena.
El otro día, paseando por Madeleine, entré a un pasaje y lo primero que vi fue un 9 tachado, y un 8 escrito con un marcador cualquiera. Sentí como si la nueva ciudad corregía a la vieja. No importó la estética, ni la naturaleza ingenua del error, sino corregir el mismo. Me acordé de lo que me había pasado (que se ha repetido como 2 veces más) y luego recordé a una amiga diciéndome: Camila, hay errores que es mejor no corregirlos.
Quizás tiene razón, pero la verdad, es que a mi me fascina ese 9 tachado.

Amongst the nerves of the world

C R W Nevinson.
Amongst the nerves of the world (1930)

La clase, Cities of Modernity through film, photo and texts. La profesora, una mujer muy apasionada por las artes y por la vida en general. Para ser francesa, su acento en inglés es muy bueno pero no puedo asegurar la certeza de lo que digo porque tal vez -dado lo interesante de la clase-, bloqueo los posibles vestigios del francés que quedan en su lengua.
Al llegar a clases, me senté en uno de los primeros puestos pero como los salones están organizados en media luna (o algo parecido) no sentía la intimidad de “estar de primera”; esta clasificación es incompatible con la geometría del espacio. Saqué mi cuaderno italiano de hojas 100% recicladas, que compré en St. Michel en una oferta de 3 por 1,75 euros y mi pluma fuente. Los que me rodeaban no hicieron lo mismo. En vez, sacaron todos una laptop con sus cables (todo muy organizado y mecanizado) y casi con una sincronía inédita para mí, los enchufaron a grandes regletas que estaban a la espera. Lo que vino después fue el concierto que anunciaba el fin de la educación a la antigua.
Las aproximadamente cuarentiocho manos que estaban en el salón (sin contar las mías), y los doscientos cuarenta dedos, tecleaban con una desesperación inaudita. En el aire había una sensación de concentración máxima, de tecnicismo, de futuro, de modernidad, de LOS SUPERSÓNICOS. La profesora hablaba pero yo tenía la sensación de que el concierto de teclados iba acrecentando su volumen (creo que eso no pasaba pero la desesperación de todo el asunto me hacía sentir cada tecla en mi oído). Al fondo se escuchaba su voz y ella, viendo un cuadro de C R W Nevinson de 1930 (proyectado en una pantalla al alcance de todas nuestras vistas), hablaba de como la tecnología se ha ido metiendo en nuestro cuerpo, del olvido de nuestra condición humana, de la cotidianidad sin pausa, (aquí la profesora se empezó a poner algo new age y el acento francés volvió) y de como todos nos hemos convertido en grandes robots.
Yo, con la tinta deslizándose en el papel, tomaba apuntes de todo esto y veía lo absurdo de la situación. El crujir de las computadoras me hacían sentir que estaba Amongst the nerves of the world (título de la obra), de este nuevo mundo. Vino a mí la nostalgia de una época que no fue mía -o que lo ha sido gracias a esa memoria colectiva de la que cada uno formamos parte- y por unos minutos me abstraje de la realidad pensando en la historia de la humanidad y las primeras escrituras. En eso, mis ojos vislumbraron dos pantallas con tonalidades azules y blancas: FACEBOOK. Dos chicas de la clase decidieron revisar los acontecimientos de su vida virtual. Pensé “es un mal mundial, pero al menos son sólo dos”. La clase siguiente me dio a conocer que no eran dos, sino la mayoría de los estudiantes y que no sólo revisan Facebook sino que organizan viajes y compran pasajes mientras un profesor de sesentiocho años habla de lo magnífico de la literatura y la escritura. Yo estaba indignada. No lo podía creer. Y ahí fue cuando dije “mi hermana Jimena tiene razón: yo soy un bicho raro”. Y me sentí la persona con más suerte del mundo por ser junto a mis amigos -ahora lejos-, una criatura más de Remedios Varo.