De Brooklyn a París


Estando en Caracas siempre me gustaba leer periódicos de otras partes del mundo. Ya que Internet me lo permitía, era una manera de saber qué pasaba a nivel cultural en otras regiones (y al mismo tiempo me servía para confirmar la triste ausencia de nuestros museos e instituciones culturales). Hace algunos meses, leyendo Le Monde (también lo hacía para “practicar el idioma”), me encontré con una noticia que me hizo muy feliz: en París acababa de estrenarse una exposición con casi toda la obra de Jean-Michel Basquiat. Me dije: “cuando vaya a París, tengo que ir”. Llegué el 15 de enero, y con tanta ciudad en la cabeza no le había dado prioridad al asunto que me había prometido. Así que el miércoles pasado, me di a la tarea de averiguar hasta cuando estaría la exposición. Hasta el 30 de enero, era la respuesta. El día estaba lluvioso y muy triste (y frío) como para salir, pero no me importó. Me vestí, paraguas en mano, y salí a la búsqueda del brooklyniano.
Tardé un poco más de lo que cualquier persona, con ubicación en el espacio geográfico, hubiera tardado. Pero llegué y me encontré con una larga cola bajo la llovizna. La hice, compré mi ticket (mitad de la tarifa porque tengo menos de 26, lo cual quiere decir – para los franceses – que aún soy “joven”) y me sumergí en el gentío a ver la exposición.
Lastimosamente (por el asunto de no estar acostumbrada a eso), cuando dejé mi chaqueta, cartera y pertenencias, dejé también mi pluma y mi cuaderno así que no pude hacer anotaciones mientras caminaba. Pero no importó, disfruté cada trazo -tanto de sus pinturas como de sus dibujos-. Y disfruté aún más la cantidad de padres con sus hijos leyéndoles la información que se encontraba en cada sección de la exposición y dándoles un cuadernito para que dibujaran mientras veían. Hermoso, ¿verdad?
Pensé en los espacios que se han perdido en Caracas, y sobre todo en los museos. Pensé también en eso que uno escucha “bueno, al menos ellos son niños y no sienten tanto lo que pasa”. Creo que eso es mentira. Sí lo sienten y sí lo sufren. La experiencia de ir a un museo, de ver arte e interpretarla como queramos cuando somos niños, no es reemplazable con nada.
De Brooklyn a París, como hizo él estando vivo. El mismo trazo de aquella vez pero diferentes los espectadores. Yo, una más, atrapada entre los delirios ancestrales de Jean-Michel. Su obsesión irresoluta de querer comprender el enigma de la humanidad. Y la tela, siempre ella, siendo respuesta a una angustia insaciable.
El catálogo era muy costoso para mi presupuesto, así que me compré tres postales de un euro cada una, pruebas de que el encuentro sí se dio. Lo demás, queda en el reservorio de la memoria, lugar a veces oscuro pero lugar de uno.

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