De vuelta a las tinieblas o crónica de la independencia de una puerta

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Que la nevera se dañe puede ser un evento realmente trágico. Lo sé luego de haberlo vivido. No se trata solamente del hecho de “no tener nevera” y por ende, la incertidumbre de dónde guardar los alimentos y comida sino de las consecuencias técnicas que se puedan generar.

Todo comenzó cuando entramos a la casa y yo sentí un olor muy fuerte. “Pareciera que un queso se quedó fuera de la nevera”. Mi madre que estaba aquí de vacaciones dijo “sí, que buen olfato tienes, habíamos dejado el Camembert fuera”. Entonces, como buena madre, procedió a “poner todo en su lugar”. Yo estaba en mi cuarto, probablemente en Facebook o alimentando el vicio de cualquier red social, cuando mi madre me llama para decirme que ella creía que la puerta de la nevera estaba algo “descuadrada”. Y este fue el comienzo de la tragedia.

Me coloqué en frente de la nevera y dije “sí, qué extraño, ¿qué será lo que pasa?”. La abrí para ver si era la gaveta de los vegetales mal cerrada o algún envase que sobresaliera pero antes de que me diera tiempo de hacer esta inspección de rutina, la puerta produjo un ruido de esos que uno sabe el tipo de eventos que están por sucederse. La puerta no sólo estaba algo “descuadrada” como mi madre había dicho sino que comenzó a experimentar un proceso de desprendimiento del resto de la nevera, algo así como un desmembramiento. “Creo que es mejor dejarla así, mami; llamaré a Dominique y Natasha”.

Una hora después llegó el escuadrón de rescate. Al verla (a la nevera, claro), proclamaron al unísono “Oh làlà“. Ahí lo supe: la habíamos perdido.

Dominique intentó devolverle a la nevera su puerta porque aún se veía como algo realizable. Como cuando se disloca un hombro y con mucho esfuerzo alguien hace los movimientos adecuados para que regrese a su lugar. En este caso, por más esfuerzo de Dominique, Natasha, mi mamá y yo (detalle importante: la puerta era muy pesada ya que además de ser puerta de nevera, era también, un espejo), la ruptura que hace una hora comenzó a darse, tuvo hecho. La puerta se desprendió por completo guindando, literalmente, de un pequeño cable. Muerta, sin signos de vida. El panel de funciones digitales quedó sin luz. Dentro del cadáver estaba todo el mercado de “exquisiteses francesas” que mi mamá y yo habíamos hecho para su degustación. Incluyendo, la champagne rosada para su cumpleaños.

Los cuatro nos miramos las caras pero como para mi mamá eso no era suficiente, comenzó a hablarles (en español, claro está). La barrera idiomática que había entre ellos dos y ella la obligó a proceder a la gesticulación (cosa que se le da fabulosamente). El que entendieran las primeras cosas sencillas que dijo, le dio el coraje necesario para iniciar un monólogo sobre las posibles razones que pudieron causar la ruptura. Ellos, no se quedaron atrás. Yo, la verdad, sólo pensaba en mi mercado. Lo que siguió fue un proceso de “selección”. Que botar (habían cosas muy viejas allí adentro), que dejar en el balcón (aún había fresco en la ciudad) y que podían ellos llevarse a su nevera parisina (y por ende, discreta en tamaño). Al finalizar, Dominique decidió bajar el coloquialmente llamado breique porque si bien los comandos estaban muertos y la puerta ganado su independencia (algo inútil esta última), la luz del freezer aún prendía.

Nos despedimos las dos muy agradecidas por la ayuda pero con el mal sabor de todo lo que había pasado. Como buena tragedia, ahí no terminó. Hubo un giro, de esos que son necesarios para que la trama tenga gustico.

Decidimos conectarnos para contarle al mundo lo que nos había pasado pero voilà, no había internet. “Mejor los llamamos, mami, hay llamadas ilimitadas a Venezuela”. Voilà, sin teléfono también. Para ahogar nuestras penas le sugerí ver las noticias donde hay penas más reales (o de mayor envergadura) pero…. la televisión tampoco prendía. Extrañamente (o quizás deba decir lógicamente) el breique de la nevera, teléfono y televisión era el mismo. Pero eso no es todo: era también el mismo para el cuarto. Y así, gracias a una puerta que buscaba una independiencia que consiguió, volvimos al siglo de las tinieblas.

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